Capítulo 15. Tengo que castigarte.

2066 Palabras
El lunes por la mañana, la oficina de Habill se sentía como una olla a presión. Bianca había llegado treinta minutos antes de lo habitual, ocultando sus ojeras tras las gafas y manteniendo la cabeza baja. Cada vez que escuchaba la puerta del ascensor, sentía un vuelco en el estómago. Durante todo el fin de semana estuvo recapitulando cada segundo de aquella noche. Fue muy excesivo golpearlo, pero la había tomado por sorpresa, se lamentaba tanto, se sentía tan tonta, y no estaba segura de si debía disculparse o no, tal vez él la despediría al fin. Cuando Tyler entró, el silencio fue demasiado denso. Él no miró a nadie. Caminaba con la barbilla en alto, pero los más observadores notaron que hoy no iba a ser un buen día. Bianca no se atrevió a levantar la vista. Se mantuvo pegada a su computadora, tecleando informes con una eficiencia maníaca. Y afortunadamente, él pareció no prestarle atención. —Buenos días— dijo en un saludo general para todos los presentes. Y luego se encerró en su oficina. Bianca apoyó la espalda contra su silla, cerrando los ojos por un segundo, convencida de que el golpe que le dio, había levantado un muro de hielo definitivo entre los dos. Pero la calma fue una ilusión breve. Cinco minutos exactos después, el intercomunicador sobre su escritorio emitió un pitido que sonó como un disparo en el silencio de la oficina. —López, a mi despacho. Ahora —la voz de Tyler, desprovista de cualquier matiz emocional pero cargada de una autoridad cortante, la hizo saltar en su asiento. De repente, sus manos empezaron a sudar y sintió un hormigueo eléctrico recorriéndole las puntas de los dedos. Se ajustó las gafas con un gesto nervioso, dándose cuenta de que su corazón golpeaba sus costillas con una fuerza que amenazaba con delatarla ante cualquiera que la mirara. Se puso de pie con las piernas de gelatina, alisó su falda por pura inercia y caminó hacia la oficina principal sintiendo que cada paso era un avance hacia el borde de un precipicio. ¿Iba a despedirla? ¿Iba a reclamarle la bofetada? El pomo de la puerta se sentía gélido bajo su palma, y antes de girarlo, Bianca tuvo que obligarse a tragar saliva para deshacer el nudo que le impedía respirar. Tyler se sentó tras su escritorio y cruzó las manos, observando a Bianca con una intensidad que la hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio. —¿Cómo está hoy, López?—Preguntó él haciendo que ella se quedara paralizada a medio camino. —Bien….yo… Él le dio un golpe a su escritorio haciendo que ella saltara por el susto. —Excelente, ya que parece que hoy tienes tanta energía acumulada, vamos a aprovecharla. Cancela mi almuerzo con los de logística. Quiero que tú personalmente revises los contratos de la sede de Chicago y encuentres las discrepancias que mi equipo legal pasó por alto. Los quiero en mi escritorio antes de las dos de la tarde, y no me pases ninguna llamada durante las siguientes dos horas. Bianca parpadeó. Era una carga de trabajo inhumana para cuatro horas. —Señor, eso suele tomar un día entero… —Entonces sugiero que dejes de perder el tiempo cuestionándome y empieces ya, pide ayuda si lo necesitas —dijo él con una sonrisa gélida y divertida—. Y tráeme un café. Durante toda la mañana, Tyler la llamó por el intercomunicador por nimiedades: un archivo que él mismo tenía a mano, una duda sobre un correo que ya había leído, o simplemente para verla entrar y salir de la oficina. Disfrutaba ver cómo ella apretaba la mandíbula y mantenía la compostura. Cada vez que Bianca se acercaba a su escritorio, él buscaba una excusa para que ella tuviera que inclinarse o quedarse cerca, forzando esa proximidad que tanto los alteraba. Cerca del mediodía, Tyler ni siquiera levantó la vista del monitor cuando Bianca dejó los informes terminados sobre el escritorio. El rítmico golpeteo de sus dedos sobre el teclado era lo único que llenaba el despacho, un sonido mecánico y frío, como él. Él tomó la primera carpeta, la hojeó con una velocidad que hacía dudar si realmente estaba leyendo, y luego la cerró con un golpe seco que resonó en toda la habitación. —López, la sección cuatro del anexo B está incompleta. Quiero el desglose de activos antes de que termine la hora —dijo con voz monótona, sin un ápice de emoción. —Está en la página doce, señor Hale —respondió ella, manteniendo la espalda recta. Tyler se detuvo. Lentamente, levantó la mirada. Sus ojos verdes eran dos piezas de jade congelado. No había rastro de la pasión de la gala, ni del fuego contenido de aquel beso. Solo era el hombre que dirigía un imperio y que no toleraba que nadie le llevara la contraria, ni siquiera con la verdad. —Si estuviera donde yo quiero, no te lo estaría preguntando. Búscalo de nuevo y asegúrate de que los márgenes de beneficio sean exactos. No me hagas perder el tiempo con explicaciones. Le lanzó la carpeta de vuelta, haciendo que se deslizara por la superficie de caoba hasta quedar al borde del escritorio. —Y llama a Marcus. Dile que si vuelve a enviarme un informe con errores de redondeo, no se moleste en venir a la reunión de la tarde. Bianca apretó la mandíbula. El Tyler “profesional” era mucho más difícil de manejar que el Tyler “celoso”. Para él, ella volvía a ser simplemente el engranaje de una máquina que debía funcionar sin hacer ruido. —Entendido, señor. ¿Algo más? —No. Retírate. Cerró el tema con un gesto de la mano, despidiéndola como quien despacha a un mensajero. Bianca tomó la carpeta y salió, sintiendo que la indiferencia de Tyler era mucho más asfixiante que cualquier confrontación. Él ya había pasado página; para él, el lunes era solo trabajo, y ella solo era la secretaria que, por ahora, lograba seguirle el ritmo. Bianca quería saber si acaso él estaba enojado, se frotó el tabique nasal y sonrió, que tonterías pensaba, por supuesto que estaba enojado, lo había golpeado por un simple beso, y lo peor es que ella había deseado ese beso. Debía de disculparse, eran casi las siete. Con las manos sudorosas y el corazón golpeándole las costillas, Bianca llamó a la puerta. —Adelante —dijo la voz de Tyler, profunda y monótona. Él ni siquiera se molestó en levantar la vista de su tableta. Estaba recostado en su silla, con la camisa impecable y un rostro perfecto. Parecía el cuadro viviente del control absoluto. —Señor Hale... yo... —Bianca dio un paso al frente, sintiendo que las piernas le temblaban bajo la falda de tubo—. Antes de marcharme, quería hablar sobre lo que pasó el viernes. Lo de... la bofetada. Hubo un silencio eterno. Tyler dejó la tableta sobre el escritorio con una lentitud exasperante y, finalmente, la miró. Sus ojos verdes estaban vacíos de cualquier emoción, lo que a Bianca la asustó aún más. —Le pido una disculpa —logró decir ella, con la voz quebrada por los nervios—. No debí reaccionar así. Yo... estaba alterada y... Tyler soltó un suspiro corto, casi un bostezo, y arqueó una ceja con una mezcla de aburrimiento y condescendencia. —¿La bofetada, López? —preguntó él, como si estuviera tratando de recordar un detalle insignificante de una reunión aburrida—. Ah, sí. Lo había olvidado por completo. Bianca se quedó petrificada. ¿Olvidado? ¿Cómo podía haber olvidado el momento en que ella le cruzó la cara tras aquel beso abrasador? —Señor, yo pensé que usted... —López —la interrumpió él, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus dedos—, no se dé tanta importancia. Recibo ataques de competidores y juntas directivas que intentan hundirme todos los días. Un arrebato emocional de mi secretaria es, sinceramente, lo último en mi lista de preocupaciones. Ni siquiera me dolió, y ahora que lo recuerdo, si fue en parte mi culpa, debió ser el alcohol. Se reclinó de nuevo, volviendo a tomar su dispositivo como si ella ya no estuviera en la habitación. —Si ya terminó con su drama personal, puede retirarse. Mañana llegue cinco minutos antes; el café de hoy estaba tibio. Eso sí me molestó. Bianca sintió que la sangre se le subía al rostro, pero no por ira, sino por una humillación devastadora. Se sintió pequeña, invisible, como un insecto que él apenas había notado aplastar. Ella se había pasado todo el fin de semana sin dormir, torturándose por el golpe, y para él, el incidente no había tenido más peso que una mota de polvo en su traje de tres mil dólares. Salió del despacho con la cabeza baja, sintiendo que sus disculpas habían sido el error más grande de su vida. Él no estaba enojado; simplemente no le importaba lo suficiente como para estarlo. Fue a su escritorio y metió sus cosas a su bolso mientras sonreía llena de ironía. “Maldito idiota”. Esa noche, después de casi las diez, Nyx lo esperaba en el departamento, cuando él llegó, ella sintió esa punzada en el estómago que casi la hace ordenarle una disculpa inmediata. —Te ves cansado, Tyler —dijo ella, su voz era un susurro aterciopelado que cortaba el aire—. ¿Fue un día malo?. Tyler se detuvo a un paso de ella, respirando el aroma que tanto lo confundía, se quitó el saco y pasó una mano por su hermoso cabello. —Fue un día largo. Demasiadas voces, demasiada gente queriendo algo de mí—Respondió con honestidad. Nyx dio un paso al frente, obligándolo a retroceder hasta que su espalda chocó contra una columna. —¿Cómo te fue en tu evento?, ¿Te divertiste?. Tyler guardó silencio. En su mente cruzó el destello del vestido azul, el aroma a sándalo y, sobre todo, el ardor de la bofetada en su mejilla. Pero no dijo nada. No mencionó a Bianca, ni el beso, ni el desplante. Para él, Bianca era una debilidad que no quería reconocer ante la mujer que lo dominaba. —Fue productivo —respondió él con voz seca—. Solo negocios, Nyx. Nada interesante. Nyx soltó una risa suave, cargada de una ironía que Tyler no alcanzó a comprender. Ella llevó una mano enguantada a la barbilla de él, obligándolo a sostenerle la mirada tras el antifaz. —¿Solo negocios? Qué aburrido eres a veces… —Ella deslizó sus dedos por la mandíbula de Tyler, justo por el lugar donde Bianca lo había golpeado dos días antes—. Pero dime una cosa. En esa “otra vida” tuya, donde eres el gran CEO… ¿hay alguien que te guste? ¿Alguien que haya logrado distraerte de tu preciado trabajo?, me siento algo curiosa por saber. Tyler cerró los ojos, sintiendo el pulso acelerado. La imagen de Bianca López, desafiante y vulnerable a la vez, se volvió nítida. Ya no podía negarlo. El rechazo de su secretaria lo había obsesionado más que cualquier sumisión, y atormentarla fue su mejor regalo. —Sí —confesó él, su voz era apenas un hilo ronco—. Hay alguien. Nyx sintió una punzada que le recorrió el cuerpo, aunque su máscara no dejó ver nada. Lo tenía. Tyler Hale acababa de admitir, ante la mujer que amaba en las sombras, que estaba empezando a caer por la mujer que despreciaba bajo la luz del sol. —¿Ah, sí? —Nyx presionó un poco más su dedo contra sus labios—. Eso me pone celosa. Tyler la tomó de la muñeca, con una urgencia que lo delataba. —Jamás te cambiaría, soy tuyo y solo tuyo, si fuera por mi, te llevaría a casa justo ahora. Ella lo sabía, Tyler la había comprado, pero ella fue clara, solo por las noches. —Discúlpate, por pensar en otra mujer que no sea yo. —Lo siento, por favor perdóname. Bianca sintió una satisfacción que se volvió deseo, lo hizo acercarse a ella y lo besó en un arrebato que no pudo contener, Tyler le correspondió con la misma urgencia. —Tengo que castigarte Tyler. —Si, por favor, hazlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR