Al día siguiente: Despertar con Valentina entre mis brazos debería ser suficiente para devolverme la calma. Debería, pero no lo es. Lo primero que percibo no es su calor, ni su respiración acompasada contra mi pecho. Es la rigidez de su cuerpo. Esa tensión mínima, casi imperceptible, que se filtra incluso en el sueño. Antes de que intente apartarse, antes incluso de que abra los ojos del todo, yo ya estoy despierto. Me muevo apenas. La rodeo con más fuerza, por instinto, por reflejo. La acerco a mí como si así pudiera retener algo que siento que se me escapa sin remedio. —Principessa… —murmuro contra su cuello, todavía con la voz cargada de sueño. Deposito besos lentos, conocidos. Los mismos que otras mañanas la hacían rendirse, girarse entre mis brazos, buscarme. Hoy su cuerpo no res

