Después de que Valentina elige el vestido para la gala —ese que Rodrigo protege como si fuera un secreto de Estado y que, estoy seguro, me va a quitar el aire cuando lo vea— la llevo a recorrer el edificio. No lo hago por compromiso. Lo hago con una especie de orgullo silencioso que no suelo permitirme. Le presento a algunos de los inquilinos más importantes: abogados, arquitectos, consultores. Todos la observan con atención, con respeto… y con ese cálculo profesional que conozco demasiado bien. Ella sonríe, escucha, estrecha manos. Lo hace bien. Demasiado bien para alguien que, hace apenas unos meses, llevaba una vida completamente distinta. Yo, en cambio, estoy más callado de lo habitual. No es distancia. No es frialdad. Es otra cosa. Una mezcla incómoda entre anticipación y nervios q

