Volver al camarote con Valentina entre mis brazos es como regresar a un lugar que ya no pertenece al tiempo, sino a nosotros. A este espacio suspendido donde todo lo demás deja de existir. La cama nos recibe y, en cuestión de segundos, la tengo desnuda sobre mí otra vez… y esta vez es diferente. Esta vez ella manda. Su cuerpo se mueve con una seguridad que me desarma. Se mueve a su ritmo, sin apuro, con una intención clara, deliciosa. Marca el compás y me obliga a seguirla, a rendirme. Mis manos se aferran a su cintura como si ese fuera el único punto estable del mundo, y a veces suben, incapaces de resistirse, hasta sus pechos. Cada reacción suya me empuja más profundo en esta locura compartida. La observo. La forma en que cierra los ojos. Cómo su mandíbula se tensa. Cómo a veces echa

