Al día siguiente: Hay silencios que pesan más que las palabras. El de esta mañana es uno de ellos. Valentina está sentada frente a mí en la mesa del desayuno, sostiene la taza con ambas manos, pero no bebe. Sus hombros están rígidos. Su mirada, perdida en algún punto que no existe. Carla habla de cosas triviales, de la agenda del día, de la empresa… y Valentina asiente sin escuchar de verdad. No está aquí. Y eso me inquieta más que cualquier amenaza explícita. —¿Todo bien, Valen? —pregunta Carla, con ese tono ligero que usa cuando quiere normalizarlo todo. —Sí —responde Valentina, seca. Demasiado. Levanto la vista de inmediato. Ese “sí” no es el de alguien cansado. Es el de alguien que se está conteniendo. —Estás muy extraña, amor —digo con cuidado—. ¿Te sientes bien? Asiente sin

