Cuando Valentina sube las escaleras rumbo a la habitación de Carla, no la sigo. No porque no me importe. Justamente porque sí. Entro a mi estudio y cierro la puerta detrás de mí con un movimiento lento, medido. El lugar huele a madera, a cuero, a ese silencio que siempre me ayudó a pensar con claridad. Me quito el reloj, lo dejo sobre el escritorio y aflojo apenas los gemelos de la camisa. No es comodidad. Es necesidad de control. Me siento frente al ordenador. Tengo correos sin leer. Reportes pendientes. Dos llamadas perdidas de Milán. Abro un archivo al azar. No leo una sola palabra. Mi mente está arriba. En esa habitación. En una conversación que no escucho y que, aun así, pesa más que cualquier negociación millonaria que haya enfrentado. Trabajo. O lo intento. Reviso contrato

