Dos días después La habitación permanece en penumbra, iluminada apenas por el parpadeo constante de los monitores. He perdido la noción del tiempo desde hace horas —o quizá días—, pero no me muevo del mismo lugar. La silla junto a su cama se ha convertido en mi trinchera. No me permito alejarme. No otra vez. Valentina yace inmóvil, demasiado quieta para mi gusto. Cada respiración suya es una victoria silenciosa. Cada pitido regular de las máquinas, un recordatorio de que sigue aquí. Sigo hablándole, aunque no sé si puede oírme. Le pido que despierte. Le ruego. Le prometo cosas que nunca antes me atreví a poner en palabras. Cuando sus pestañas tiemblan, mi cuerpo entero se tensa. —Necesito que despiertes, por favor… —susurro, inclinado hacia ella, como si mi voz pudiera alcanzarla al

