Dos días después Volver a casa no significa alivio. Significa vigilancia constante. Después de cuarenta y ocho horas más en el hospital, de médicos entrando y saliendo, de informes clínicos, de declaraciones ante la policía y de noches interminables sentado junto a su cama observando cómo respiraba, Valentina por fin cruza la puerta de la casa. Y yo cruzo detrás de ella, sin apartarme ni un segundo. No pienso hacerlo. Desde el accidente, nada en mí se ha relajado. Nada. Su cuerpo empieza a sanar lentamente —los moretones cambian de color, el dolor cede a ratos—, pero la herida que no se ve es otra cosa. Es miedo. Es rabia. Es esa certeza insoportable de saber que alguien intentó matarnos… y que no fue un error. La policía ha sido clara: el sistema de frenos fue manipulado. El conducto

