Una semana después Valentina está mejor. Eso es innegable. Los moretones han desaparecido casi por completo, su caminar vuelve a ser firme y su mirada, aunque aún vigilante, ha recuperado algo de la luz que perdió tras el accidente. Pero yo no estoy mejor. No del todo. Desde aquella noche en la limusina, desde el sonido del metal retorciéndose y su cuerpo desplomándose contra el mío, algo en mí se quedó atrapado en modo de guerra. No hay sospechosos. No hay respuestas. No hay rostro al cual odiar con nombre y apellido. Y esa incertidumbre es peor que cualquier enemigo visible. Por eso no he permitido concesiones. Cinco guardaespaldas. Rutas cambiantes. Accesos restringidos. Cámaras revisadas dos veces al día. Nadie entra, nadie sale, nadie se mueve sin que yo lo sepa. No me importa

