Llevamos más de dos horas encerrados en la sala de monitoreo, rodeados de pantallas, cables y silencios densos. He perdido la cuenta de cuántas veces hemos detenido el video, retrocedido unos segundos y vuelto a mirar la misma escena con la absurda esperanza de que, esta vez, aparezca algo distinto. No aparece nada. Solo una camioneta blanca, común, demasiado común. Se detiene frente al edificio, descarga los arreglos florales, los deja en recepción. La recepcionista firma. La camioneta se va. Sin rostro visible. Sin placas claras. Sin errores. Perfecto. Limpio. Demasiado. Aprieto la mandíbula mientras observo la pantalla. Odio esto. Odio no tener un enemigo claro. Odio no poder golpear algo concreto, alguien real. Lo invisible siempre es más peligroso. —Llama a la florería —le orden

