Nunca pensé que podía enamorarme más de lo que ya estoy… hasta que la veo intentando sacar en tenis. Dios santo. Está tan concentrada, tan frustrada, tan preciosa golpeando el aire, que por un momento olvido que se supone que debo enseñarle. Y entonces se da cuenta de que me estoy riendo. —¡¿Por qué no me enseñas a sacar en vez de seguir riéndote de mí?! —se queja, dejando caer la raqueta y poniéndose con las manos en la cintura. Ahí está. Mi perdición en forma humana. —Con lo bella que te ves intentándolo… —respondo, negando con la cabeza. La verdad es que estoy disfrutando más de verla que de jugar. Verla vestida de blanco, con ese conjunto deportivo que no deja nada a la imaginación… es una prueba a la que ningún santo sobreviviría. Yo menos. —¿Entonces me enseñarás a sacar? —di

