El mar siempre me dio una sensación de control. Tal vez porque no se deja dominar del todo y, aun así, responde cuando sabes leerlo. Hoy navego sin prisa, dejando que el yate avance suave, mientras el sol cae sobre la cubierta y el viento me despeja la cabeza. La veo desde la cabina y pienso, no por primera vez, que podría quedarme así toda la vida: observándola existir. Valentina está recostada en la proa, el cuerpo abandonado al sol, la piel tibia, los ojos cerrados. El viento le mueve apenas el cabello y hay algo en esa imagen —en su calma, en su confianza absoluta— que me golpea directo en el pecho. No hay guardias cerca. No hay amenazas. No hay pasado ni futuro. Solo ella. Solo nosotros. Reduzco la velocidad del yate hasta detenerlo por completo. El motor se apaga y el silencio de

