Quince días. Eso fue todo lo que duró nuestra luna de miel y, aun así, siento que el tiempo se nos escapó entre los dedos como arena fina. Regresar a Milán no me resulta sencillo, y no porque no ame esta ciudad, sino porque durante dos semanas mi mundo fue solo ella, el mar, el sol, y la certeza de que nada más importaba. Valentina duerme todavía cuando termino de cerrar una de las maletas. La observo en silencio, con esa calma que solo aparece después de noches largas, intensas, llenas de besos y de un amor que no pide permiso. Pienso —no por primera vez— que jamás me saciaré de ella. Que no importa cuánto la bese, cuánto la toque, cuánto la ame… siempre querré más. Nuestra luna de miel fue todo lo que imaginé y más. Improvisaciones, risas, pasión sin horarios, playas solitarias que gu

