Estoy cansado. No del peligro. No de las amenazas. Estoy cansado del misterio. Desde que Salvatore murió, cada respuesta viene acompañada de otra pregunta. Cada llave abre una puerta que conduce a otra cerradura. Cada carta parece pensada para movernos como piezas en un tablero que él diseñó con una precisión casi obsesiva. Y aun así… aquí estoy. En el subsuelo del banco, frente a dos cajas de seguridad más, con la mujer que amo embarazada de nuestro hijo… siguiendo instrucciones escritas por un hombre que ya no está. 2411. 2412. Nos miramos un segundo. —Abramos al mismo tiempo —dice Valentina en voz baja. Asiento. Introduzco la llave en la cerradura de la 2412. El sonido metálico del mecanismo girando resuena en la bóveda silenciosa. A mi lado, esc

