Bailar con Valentina entre mis brazos, en medio de este salón colmado de luces, música y miradas ajenas, es una experiencia que no se parece a nada que haya vivido antes. Su mirada —esa mirada que conozco de memoria— se clava en la mía mientras la melodía de Perfect llena el aire. La versión sinfónica, con la voz profunda de Andrea Bocelli, vuelve todo irreal, suspendido en un instante que no quiero que termine jamás. La sostengo con cuidado, como si incluso el mundo pudiera romperse si la aprieto demasiado. —Eres perfecta para mí —le susurro, sin pensarlo, porque no existe una verdad más grande que esa. No me importa que haya cientos de personas observándonos desde sus mesas impecables, ni que este sea uno de los eventos más comentados del año. Me inclino y la beso. Lento. Profundo. D

