Dos días después Ocultar la noticia se ha vuelto casi tan difícil como sobrevivir a las últimas semanas. No porque alguien sospeche. Sino porque cada vez que miro a Valentina siento que algo dentro de mí se expande, se desborda, me traiciona. Hay una felicidad absurda latiéndome en el pecho. Una necesidad casi física de tocarla, de asegurarme de que está bien, de recordarme —una y otra vez— que sigue aquí, conmigo, viva. Y eso… eso es imposible de disimular. Lo irónico es que soy yo el que parece estar pagando el precio. Las náuseas llegan sin aviso. El estómago revuelto. La comida que ayer me apetecía hoy me resulta insoportable. Me digo que es estrés, que es cansancio acumulado, que es el cuerpo reclamando tregua después de semanas en alerta constante. Pero hay una parte de mí —una

