Tres días después París siempre ha sido una ciudad peligrosa para mí. No por lo que es, sino por lo que despierta. Por la forma en que obliga a sentir, a bajar la guardia, a recordar quién eras antes de aprender a protegerte de todo. Y hoy, con Valentina sentada a mi lado, observando la ciudad como si fuera la primera vez que el mundo se deja mirar sin miedo, lo entiendo con una claridad incómoda: nunca había estado tan expuesto como ahora. La observo en silencio. Su reflejo se superpone en el cristal de la ventanilla con los paisajes que desfilan ante nosotros: fachadas antiguas, balcones de hierro, puentes que parecen sostener historias enteras. Sus ojos verdes brillan con una mezcla de fascinación y nostalgia. Hay algo en su expresión que no es solo asombro; es melancolía. Como si est

