Esa misma madrugada Entramos a la casa pasada la madrugada, con el sigilo torpe y cómplice de quienes han olvidado el mundo durante demasiadas horas. El reloj marca más de las tres, pero podría jurar que el tiempo se suspendió mucho antes, en algún punto entre el champagne, el lago y esa forma peligrosa que tiene Valentina de hacerme olvidar todo lo que no sea ella. Caminamos descalzos casi sin darnos cuenta, conteniendo la risa, chocando hombros, robándonos besos como adolescentes que creen que el silencio es una ley sagrada. Estamos ebrios, sí, pero no solo de alcohol. Estamos ebrios de esa burbuja que se crea cuando nada más importa. De ese estado extraño en el que el mundo se reduce a dos cuerpos avanzando juntos por una casa en penumbra, creyendo —neciamente— que el peligro quedó at

