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La favorita del Villano

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Descripción

Ella lo perdió todo… menos su dignidad.

Humillada públicamente y traicionada por el hombre al que dedicó todo su amor, decide desaparecer sin mirar atrás. Lo que nadie sabe es que su caída es solo una pausa estratégica. Meses después, regresa convertida en una mujer poderosa, fría y brillante, dispuesta a reclamar el lugar que siempre mereció.

Pero su exmarido no es el único que la observa.

En las sombras hay un hombre cuyo nombre todos susurran con miedo. Dueño de imperios construidos con sangre y silencio, un mafioso que nunca pide… toma.

Desde el primer momento en que la vio romperse, decidió que nadie volvería a tocarla.

Él no cree en el amor. Cree en la posesión.

Y cuando la quiere, la quiere suya.

Ella tendrá que decidir si huye de ese hombre capaz de destruir ciudades por una sonrisa suya… o si se convierte en la reina de su imperio oscuro.

Ya no será una mujer abandonada.

Será la mujer por la que un rey del inframundo estaría dispuesto a incendiarlo todo.

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Capítulo 1. Eres una desalmada
—¡Luciana, te volviste loca! —Renata grita con horror al ver el camino que está tomando su hermana a toda velocidad—. Detén el auto ahora mismo. Luciana empieza a reír. No es una risa normal. Es aguda, inestable, casi delirante. —¿Quieres apostar a quién va a salvar Sebastián? El corazón de Renata se acelera. —Luciana, esto ya es demasiado. Podemos morir. Detén el auto ahora mismo. Vamos a hablar como personas decentes. El ruido de las llantas contra el asfalto es ensordecedor. El camino está oscuro. Están lejos de la ciudad, lejos de las luces y de cualquier persona que pueda ver lo que ocurre. Solo hay carretera, árboles y la noche cerrada. Luciana empuja aún más el acelerador. El velocímetro sube. Renata siente el tirón de la velocidad en el cuerpo y aprieta el cinturón con fuerza. —¡Luciana! Pero su hermana no la mira. Sus ojos están fijos en el camino, y su sonrisa no desaparece. Renata intenta abrir la puerta, pero el seguro está puesto. —¡Estás loca! ¡Detén el auto! Luciana no responde. Sin que Renata se dé cuenta, desabrocha su propio cinturón. Todo ocurre en un segundo. El motor ruge. El auto se sacude al tomar una curva. Entonces Luciana acelera aún más. Abre la puerta. Y se lanza. —¡LUCIANA! —Renata grita con desesperación. El auto sigue avanzando sin control unos metros. Instintivamente intenta quitarse el cinturón, pero el mecanismo se traba. Lo jala con fuerza, pero no se suelta. —¡Maldita sea! El vehículo se desvía. Las ruedas pisan la gravilla al costado de la carretera. Renata apenas tiene tiempo de tomar aire antes del impacto. El golpe contra el árbol sacude todo el auto. Luego todo se vuelve oscuro. Luciana observa el coche destrozado desde el suelo, a unos metros de distancia. Su corazón late con fuerza. La adrenalina no le permite sentir dolor por el golpe que recibió al lanzarse del auto. Se levanta con dificultad y camina hacia el vehículo. Abre la puerta del conductor. Renata está inconsciente. Hay sangre en su frente y en su brazo. Luciana respira agitada mientras la desabrocha del cinturón y la arrastra fuera del auto. El cuerpo de su hermana pesa, pero logra moverlo hasta el otro lado del camino. Luego saca su teléfono y marca un número. Cuando la llamada se conecta, su voz cambia por completo. —Sebastián… —dice con un sollozo—. Renata… Renata perdió el control del auto… intentó matarnos… Cuelga. Y se deja caer al suelo, fingiendo debilidad. ◆ ◆ ◆ Renata no sabe cuánto tiempo permanece inconsciente. Cuando abre los ojos, todo está borroso. Intenta incorporarse, pero un dolor intenso atraviesa su cuerpo. Mira alrededor, todo es blanco. —No se mueva —La voz de una enfermera la hace girar la cabeza. La mujer la observa con el ceño fruncido. Está manipulando una de las máquinas a su lado. —No se da cuenta de que tiene un brazo herido. Renata respira con dificultad. —Señora… ¿dónde estoy? ¿Dónde está mi esposo? ¿Mi familia? La enfermera arquea una ceja. —¿Y lo preguntas? Su tono está cargado de desprecio. —Ha estado aquí dos semanas y ninguno de su familia ha venido a verla. Y con justa razón. Renata la mira confundida. —¿Qué quiere decir? ¿Quién me trajo al hospital? ¿Fue mi esposo? La enfermera suelta una pequeña risa irónica. —Su esposo no quiso saber nada de usted. Hace una pausa antes de continuar. —La trajo Nikolai Dragunov. Tiene suerte de que alguien se haya apiadado de usted para no dejarla morir como se merece. El nombre no le resulta familiar. Renata intenta moverse un poco y el dolor le recorre todo el cuerpo. —Solo un monstruo sería capaz de hacer lo que usted le hizo a su hermana —continúa la enfermera con frialdad—. Espero que cuando salga de alta pague por lo que hizo. Luego camina hacia la puerta. Antes de salir, le lanza una última mirada cargada de odio. La puerta se cierra. —Pero yo… Renata queda sola. No entiende. Luciana quiso matarla. Provocó el accidente. Renata apenas recuerda el momento del impacto, pero recuerda claramente a su hermana saltando del auto. Entonces… ¿por qué la culpan a ella? ¿Por qué Sebastián no vino? ¿Por qué esa enfermera la mira como si fuera un criminal? Su respiración se vuelve inestable. Mira a su alrededor. Sobre la mesita está su cartera. Con esfuerzo estira el brazo y la toma. Cada movimiento le provoca dolor, pero logra abrirla. Saca su celular. La pantalla se ilumina. Hay decenas de notificaciones, pero no las revisa. Solo busca un nombre y presiona llamar. El teléfono suena. Una vez. Dos. Tres. No responde. Renata vuelve a marcar. Y otra vez. Y otra. Su ansiedad crece con cada tono que no obtiene respuesta. En la décima llamada finalmente atiende. —¿Qué quieres? —La voz de Sebastián es seca. Tosca. Fría. El estómago de Renata se contrae. Algo está mal. —Mi amor… ya desperté. ¿Por qué no estás aquí conmigo? No puedo moverme y la enfermera… —Deja el maldito teatro, Renata Ibarra. —La voz de Sebastián atraviesa el teléfono con una frialdad que le eriza la piel. —¿Crees que con esa voz vas a hacer que olvide lo que hiciste? Renata siente que el pecho se le aprieta. —Pero yo… —Intentaste matar a Luciana. Estás demente. Debes pagar por lo que hiciste. La llamada se corta abruptamente antes de que pueda responder. Renata queda mirando la pantalla del celular, todavía iluminada. ¿Intentó matar a Luciana? Las palabras se repiten en su mente. Eso es absurdo. Fue Luciana la que planeó todo ese desastre. Fue ella quien dijo que la llevaría al salón del hotel y luego aceleró el auto. Ella fue quien saltó del vehículo. Renata recuerda la risa de su hermana, el sonido del motor, la puerta abriéndose. Entonces, ¿por qué todos la están acusando ahora? Intenta llamar de nuevo a Sebastián. El teléfono suena apenas un segundo antes de ir directamente al buzón. Vuelve a marcar. Otra vez buzón. Aprieta el celular con fuerza, pero el dolor en su brazo la obliga a aflojar la mano. En ese momento llega un mensaje. El nombre que aparece en la pantalla le provoca un nudo en la garganta. Madre. Renata abre el mensaje. “Renata, sé que ya despertaste. Si no quieres que pongamos una demanda en la policía por lo que hiciste, deberás ganarte el perdón de tu hermana. ¿Oíste? Eres una desalmada. No entiendo cómo pude criar a una hija como tú.” El corazón de Renata late con fuerza. Sus propios padres la están culpando. En ese momento, la puerta se abre bruscamente. Renata levanta la cabeza. Sebastián entra con el rostro sombrío. Por un segundo, una pequeña esperanza se enciende en su pecho. —Sebastián… viniste… La esperanza desaparece al instante. El golpe llega sin advertencia. La cachetada es tan fuerte que su cabeza gira hacia un lado. El ardor se extiende por su mejilla mientras un hilo de sangre aparece en la comisura de sus labios. Renata lo mira, aturdida. —Eres una maldita, Renata —escupe Sebastián—. No pensé que los celos te fueran a convertir en esto. Un monstruo sin corazón capaz de herir a su propia sangre. Su voz se eleva dentro de la habitación. —Tu hermana es inocente. ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¡Era el maldito día de nuestro aniversario! ¿Por qué tuviste que hacer esto? Sus gritos llenan la sala. Renata lo observa con lágrimas en los ojos. Ese hombre es el mismo al que amó durante años. El mismo que le prometió que siempre estaría de su lado. Que serían felices. Ahora la mira con desprecio. —¿Alguna vez me amaste? —pregunta con la voz temblorosa—. ¿Por qué das por hecho que eso es cierto? Soy tu esposa, Sebastián. Llevamos tres años juntos. La puerta se abre otra vez. Luciana entra apoyándose en el brazo de Beatriz. Detrás de ellas aparece Octavio. Luciana camina despacio, con una venda pequeña en la frente y el brazo sujeto en un cabestrillo. —Sebastián… no peleen por mi culpa, por favor —dice con voz débil—. Mi hermana solo está celosa. Renata siente que algo dentro de ella se rompe. —No puede aceptar el vínculo entre nosotros, ni que me protejas como lo haces siempre —continúa Luciana—. Por eso me culpa todo el tiempo de querer robarle a su esposo. Beatriz la sostiene con gesto protector. —No sé por qué quiso matarme —añade Luciana—, pero supongo que estaba fuera de sí. Incluso señaló que mi vestido había costado el triple que el suyo, que había usado tu dinero para comprarlo. Renata suelta una pequeña risa amarga. La actuación de su hermana es perfecta. —¿De verdad vas a seguir con esto? —dice Renata, mirándola fijamente—. Tú plan no puede ser siempre perfecto. Luciana baja la mirada, fingiendo tristeza. El rostro de Sebastián se oscurece aún más. —Al menos ella es sensata —dice con dureza—. Si no haces una declaración pública admitiendo lo que hiciste y rogando perdón, nos divorciaremos. Renata apenas tiene tiempo de reaccionar cuando él la toma del brazo. El dolor atraviesa su cuerpo. —¡Sebastián! La arrastra fuera de la camilla. Renata gime por el dolor de sus heridas. Él la empuja. Su cuerpo cae al suelo con un golpe seco. El impacto hace que su brazo lesionado vuelva a sangrar. —Admite lo que hiciste —dice Sebastián con frialdad— o no te dejaré pasar. Renata intenta sostenerse con una mano. Todo su cuerpo está entumecido. Cada movimiento le provoca una punzada de dolor insoportable. La sangre empieza a manchar el vendaje de su brazo. —Sebastián, no es necesario que hagamos esto —interviene Luciana con suavidad. Pero sus ojos, cuando se cruzan con los de Renata, están llenos de satisfacción. Sebastián no aparta la mirada de su esposa. —Lo hará —dice con voz firme—. Aunque sea lo último que haga en este mundo. ◆ ◆ ◆

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