Renata mira a Sebastián de una forma muy distinta a como lo ha mirado durante todos estos años. Durante mucho tiempo lo amó profundamente. Lo defendió ante todos, lo puso por encima de su propia familia y amigos, de sus sueños y de su orgullo. Ahora lo observa desde el suelo del hospital, con el rostro ardiendo por la bofetada y el cuerpo dolorido por el accidente, y algo dentro de su pecho se rompe.
Este es el hombre por el que dejó de ser ella misma. Por el que abandonó su vida entera.
La idea la golpea con una claridad dolorosa. ¿De verdad entregó todo por alguien así?
Respira hondo y levanta la mirada.
—Entonces… ¿esa es tu última palabra? —pregunta, intentando darle una última oportunidad antes de que todo termine.
Sebastián la observa con desprecio.
—¿Crees que poniendo esa cara de lástima vas a hacer que te crea? —dice con frialdad—. Desde que Luciana llegó del extranjero has hecho todo lo posible por hacerla sentir mal. Eres despreciable, Renata. Prefiero divorciarme de ti que vivir con una mujer tan tóxica. Disculpate ahora mismo.
—Sí, discúlpate —añade Beatriz, su madre, con dureza—. Yo misma subiré el video en internet para que todos vean el tipo de persona que eres. Si no lo haces, nunca podrás salir a la calle. La gente te odia lo suficiente por lo que hiciste.
Las palabras caen una tras otra.
Renata los mira sin entender en qué momento su propia familia se convirtió en un tribunal.
—Mamá, papá, Sebastián, no hagan esto —dice Luciana con una voz suave y empalagosa—. No atosiguen así a mi hermana.
Sebastián se acerca a Luciana y acaricia su cabello con delicadeza. El gesto es simple, pero para Renata es suficiente.
Se queda mirándolo unos segundos. En todos estos años, él nunca la trató con esa dulzura. Nunca.
El asco se instala en su pecho. No solo hacia ellos. También hacia sí misma.
Qué estúpida fue.
Con esfuerzo, apoya una mano en el suelo y se levanta lentamente. Su brazo herido tiembla, pero logra ponerse de pie.
—No voy a disculparme —dice con firmeza—. No hice nada malo. Nunca lo haré. Ninguno de ustedes se merece…
El sonido de otra cachetada resuena en la sala.
Renata pierde el equilibrio y vuelve a caer.
El dolor atraviesa su cuerpo.
Antes de que alguien más diga algo, la puerta se abre de golpe.
Un doctor entra con expresión severa.
—¿Qué está pasando aquí?
Mira a Renata en el suelo y frunce el ceño.
—Ella es una paciente. Su estado es grave. ¿Por qué la están atacando?
Sebastián se vuelve hacia él con irritación.
—Doctor, esto es un asunto entre mi esposa y yo. No se meta.
El médico se cruza de brazos.
—Sí me meto. La señora es paciente mío. Si no van a comportarse, haré que los saquen del hospital ahora mismo. Llamaré a seguridad si no abandonan la sala.
Sebastián suelta un bufido. Mira a su esposa.
—¿Compraste también al doctor?
Renata siente una mezcla de rabia y cansancio. Ni siquiera le sorprende que él piense así.
Luciana se acerca lentamente. Se inclina junto a Renata. Su rostro parece preocupado ante los demás, pero su voz cambia cuando habla cerca de su oído.
—Esto apenas comienza, hermanita —susurra—. Todo lo tuyo será mío. Solo dame unas semanas más, te quedarás sin nada.
Renata se queda helada.
Antes de que pueda reaccionar, Luciana retrocede de repente y se deja caer al suelo.
—¡Ah!
El movimiento es tan brusco que todos se vuelven hacia ella.
Renata la mira con incredulidad. ¿Nunca se cansa de esos trucos?
Luciana levanta la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.
—Renata… no tienes que ser tan hostil. Sé que querías matarme y tu plan falló, por eso estás tan molesta… pero no puedo guardarte rencor para siempre. Eres mi hermana y te amo, pero no te aproveches de mi bondad.
Beatriz corre a ayudarla a levantarse.
Octavio observa la escena con el rostro endurecido.
—Renata, esto es el colmo —dice con desprecio—. No tienes remedio.
Sebastián vuelve a mirar a su esposa.
—Si no haces la declaración ahora mismo, olvídate de mí.
Renata permanece en el suelo unos segundos. Luego levanta la cabeza. Una sonrisa irónica aparece en su rostro, aunque por dentro siente que su corazón se está rompiendo.
—De acuerdo —dice con calma—. Nos divorciaremos. Mañana mismo presentaré la demanda de divorcio. Tampoco quiero seguir con alguien tan ciego.
Sebastián se queda en silencio un momento. Luego suelta una carcajada.
—No me vas a manipular con eso, Renata. Ten cuidado con lo que dices, porque tu pedido se puede hacer realidad.
Se inclina un poco hacia ella.
—Si nos divorciamos, te irás sin nada. No gastaré un solo peso en una mujer como tú.
Renata lo mira fijamente. Es la primera vez en años, no siente miedo de perderlo. Solo siente un vacío enorme y una claridad que nunca antes tuvo.
—No quiero nada tuyo. Me das asco —dice Renata con voz firme—. No pelearé por un hombre infiel. Mañana enviaré a mi abogado a buscarte.
Las palabras quedan suspendidas en la habitación.
Sebastián la mira con el ceño fruncido. Por un instante parece que va a responder, pero el doctor interviene antes de que pueda hacerlo.
—Se terminó la visita —dice con tono autoritario—. Todos ustedes deben salir ahora mismo.
Sebastián aprieta la mandíbula.
Beatriz murmura algo molesta. Octavio lanza una última mirada fría a su hija. Luciana finge preocupación mientras se apoya en el brazo de su madre.
Pero ninguno discute con el médico. Uno a uno abandonan la sala.
Sebastián es el último en salir. Antes de cerrar la puerta, le dedica a Renata una mirada cargada de desprecio.
La puerta se cierra.
El silencio invade la habitación.
Renata respira profundo. Durante unos segundos permanece inmóvil, con la mirada fija en la puerta.
Quiere llorar. Lo siente en el pecho, en la garganta, en los ojos que empiezan a arder. Pero no lo hace. No les dará ese gusto.
Está harta. Harta de las mentiras, de las humillaciones, de vivir intentando agradar a personas que nunca la valoraron. Pero también está decidida.
—Señora, ¿se siente bien? —pregunta el doctor con tono más suave—. Debe acostarse. Mandaré a alguien a cambiar sus vendas.
Se acerca a ella y la ayuda a sentarse en la cama. El movimiento hace que Renata apriete los dientes por el dolor.
—Estoy bien —responde después de unos segundos—. Gracias, doctor.
Renata baja la mirada y observa el portanombre en la bata del médico. Adrián Vale.
Nunca había oído hablar de él.
Aun así, siente un pequeño alivio al darse cuenta de que al menos una persona en ese hospital tiene algo de conciencia.
El doctor asiente.
—Descanse. Volveré más tarde para revisar su estado.
Luego sale de la habitación.
Renata espera unos segundos antes de tomar su celular.
Hay muchas notificaciones, pero las ignora. Busca un nombre en su lista de contactos. Andrés.
Presiona llamar.
El teléfono apenas suena una vez antes de que él conteste.
—Renata, ¿estás bien? —pregunta de inmediato—. Fui a verte más temprano, pero estabas dormida.
Su voz transmite una preocupación sincera.
Renata cierra los ojos por un momento.
—Andrés… ¿puedes venir a buscarme? —dice finalmente—. Quiero salir de aquí hoy mismo.
Del otro lado hay un breve silencio.
—Claro —responde él enseguida—. Estaré allí en una hora.
La llamada termina.
Renata deja el teléfono sobre la mesa y mira a su alrededor. Busca su ropa, pero no encuentra nada.
Suspira.
No le queda otra opción que pedirle a Andrés que le traiga algo para ponerse.
El tiempo pasa lentamente.
Cuando la puerta se abre de nuevo, Andrés entra con paso rápido. Lo primero que nota al verla son las marcas en su rostro. Sus cejas se fruncen de inmediato.
—¿Quién te hizo esto? —pregunta con enojo—. ¿Fue ese idiota de Sebastián?
Renata no responde enseguida.
Andrés niega con la cabeza.
—Es un maldito. No entiendo por qué lo amas tanto.
Bufa con frustración.
Durante años intentó convencerla de que Sebastián Alcántara no era una buena persona. Lo vio muchas veces tratarla con frialdad, ignorarla, menospreciar sus opiniones cuando fue ella la que movió los hilos para que él tenga la posición de ahora. Pero Renata estaba ciega de amor.
Al menos Andrés había conseguido convencerla de lo más importante, que era mejor guardar el secreto de que su tía Bruna, hermana de su padre, le había dejado toda su herencia ella y no a un orfanato como todos pensaban, hasta que la relación entre ellos fuera buena.
Renata se levanta con dificultad y toma la ropa que Andrés le trajo.
Se cambia despacio, con cuidado de no lastimar más su brazo. Lo hace frente a él. Ellos se querían como hermanos.
—Ya no importa, Andrés —dice mientras se abrocha la camisa—. Me divorciaré de él.
Andrés se queda mirándola unos segundos.
Luego levanta la mano y hace un gesto hacia el techo.
—Gracias a Dios.
La mira otra vez para asegurarse de que habla en serio.
—¿De verdad? ¿No me estás engañando?
Renata asiente.
—Sí. No dejaré que ninguno de ellos vuelva a lastimarme ni a menospreciarme. Pondremos en marcha el plan desde mañana mismo. Envía un aviso de reunión con el consejo para las diez.
Andrés suelta una pequeña risa de alivio.
—Ya era hora. Perdiste tantos años con ese idiota. Si hubiera sabido que esto terminaría así, habría mandado a alguien a secuestrarte el día de la boda.
Renata casi sonríe.
Pero su expresión vuelve a ser seria.
—Llama al abogado —dice—. Quiero esos papeles en su oficina mañana mismo. No quiero nada, solo su firma estampada allí.
Andrés asiente.
Saca su teléfono y marca.
—Sebastián Korr —dice cuando la llamada se conecta.
Renata escucha solo parte de la conversación.
Andrés explica la situación con rapidez. El abogado responde que no está en el país en ese momento, pero que enviará los documentos a través del correo para que Renata lo apruebe y haga que su esposo lo firme.
La llamada termina.
—Estará listo en unas horas —le dice Andrés—. Mañana mismo empezaremos el proceso.
Renata asiente. Minutos después salen del hospital.
El aire es fresco. Mientras caminan por el pasillo del área privada, pasan frente a otra habitación.
Renata no piensa mirar. Pero lo hace al reconocer una voz.
A través de la puerta entreabierta ve a Luciana. Está recostada en la cama, acurrucada en el pecho de Sebastián. Él la rodea con un brazo. Hablan en voz baja.
Durante un momento, Renata observa la escena.
Hace unos días eso le habría destrozado el corazón. Ahora no. No siente dolor en el pecho. Solo desprecio.
Aparta la mirada y sigue caminando.
Ellos no merecen ni un segundo más de su incomodidad.
Y no les dará el gusto de verla sufrir otra vez.
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