Viktor entra a la sala semioscura con la tableta en la mano. El ambiente allí es pesado. El aire está cargado de humo y durante los primeros segundos le cuesta respirar. Hace años aquello le resultaba insoportable, pero con el tiempo terminó acostumbrándose.
La oficina está en silencio. Solo se escucha el leve chisporroteo del puro entre los dedos de Nikolai.
El humo blanco se eleva lentamente hasta el techo. El aroma a menta se mezcla con el resto del humo que llena la habitación. Al menos es de buena calidad.
Nikolai está sentado detrás de su escritorio, inclinado ligeramente hacia atrás en su silla. Su expresión es tranquila, pero Viktor lo conoce demasiado bien para dejarse engañar por esa calma.
—Jefe, el doctor Vale me envió un reporte recién.
Nikolai no levanta la mirada.
—Habla.
Viktor revisa la información en la pantalla de la tableta.
—La señora Renata se dio de alta ella misma hace unas horas. Su asistente, Andrés Espinoza, la trasladó al Hospital Privado San Aurelio.
Nikolai lleva el puro a sus labios y da una calada lenta.
—Mmm.
El humo sale de su boca con suavidad.
Viktor duda un segundo antes de continuar.
—Eso no es todo, jefe. Su abogado, el señor Korr, ya está haciendo el trámite para el divorcio.
Esta vez Nikolai levanta la vista. Sus ojos se posan directamente en Viktor.
No hay sorpresa en su expresión. Solo interés.
Viktor ha visto esa mirada muchas veces antes. Durante diez años ha sido su mano derecha. Antes de eso, fue su amigo desde la infancia. Nadie lo conoce mejor.
Y nadie más sabe lo que realmente significa Renata para Nikolai.
Todo comenzó muchos años atrás. En la secundaria.
Solo estuvieron un año en el mismo colegio. Nikolai estaba tres cursos arriba. Renata era apenas una estudiante más joven que él, callada, con el cabello oscuro recogido en una coleta simple. Sus ojos azules eran intensos.
Para cualquiera habría sido una chica más entre cientos. Pero para él no.
Ese día lo recuerda con claridad. Su madre había muerto semanas atrás. Su padre lo había castigado por mencionar a su nueva amante. No le permitió llevar almuerzo al colegio ni utilizar las tarjetas. Nikolai pasó toda la mañana sentado en el patio, mirando a los demás estudiantes comer.
No dijo nada. Nunca pedía nada.
Fue Renata quien se acercó. Sin conocerlo. Sin preguntarle nada. Simplemente partió su sándwich por la mitad y lo colocó frente a él.
—Puedes comer conmigo —dijo con naturalidad—. El sándwich de mi madre es demasiado grande para mi sola. ¿Me puedes ayudar?
No fue un gesto grande. Pero para Nikolai significó algo que nadie más había hecho por él desde que tenía conciencia.
Empatía.
Ese día se quedó grabado en su memoria.
Cuando los deberes familiares lo obligaron a cambiar de escuela y empezar a involucrarse en los negocios de su familia, se alejó de todo lo demás. Pero nunca la olvidó.
Años después rechazó un matrimonio arreglado por su tío. Nadie entendió la razón. La familia entró en una guerra sangrienta acausa de su negativa.
Solo Viktor sabía la verdad. Nikolai siempre imaginó el día en que Renata sería su esposa.
El puro vuelve a sus labios.
—Ayuda a que todo salga perfecto —ordena finalmente—. Que ese idiota no se niegue a firmar.
Sus ojos se oscurecen.
—O destruiré todo su mundo con un solo chasquido de dedos. Mataré a esa pequeña estúpida que le hizo la vida imposible a mi conejita.
Viktor asiente sin vacilar.
—Así será, jefe.
—Dile al doctor Vale que esté atento. Cualquier novedad, que me informe.
—Entendido.
Viktor se retira de la oficina. La puerta se cierra suavemente.
Nikolai permanece en silencio unos segundos más. Luego da otra calada al puro, esta vez más profunda.
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
La cicatriz en su sien se marca más al tensarse la piel. Se la hizo años atrás en uno de los tantos accidentes que marcaron su vida.
Su mirada se dirige al escritorio.
Allí hay una fotografía.
Renata en la secundaria, con ese pompón rosa en el cabello que le gustaba usar. Se parecía a la cola de un conejo. Por eso le había dado ese apodo.
Nikolai observa la foto en silencio.
—Mi pequeña conejita…
Su voz es baja.
—No dejaré que nadie más te haga daño.
◆ ◆ ◆
Renata está acostada en una lujosa cama del Hospital Privado San Aurelio.
La habitación es amplia y silenciosa. A diferencia del hospital anterior, aquí todo es tranquilo.
Su mirada está fija en la ventana. Afuera la lluvia cae con intensidad.
Las gotas golpean el cristal una tras otra. Renata no aparta la vista.
—El documento está listo.
La voz de Andrés la hace girar ligeramente la cabeza.
Él acaba de entrar en la habitación con un paquete de ropa en la mano.
Lo deja sobre la mesita junto a la cama.
—Sigo pensando que deberías quitarle todo —continúa—. Con las pruebas que tienes, Korr ganará el caso fácilmente. No se merece todo lo que hiciste por él. Tu hermana debe ir presa.
Renata guarda silencio unos segundos. Luego vuelve a mirar hacia la ventana.
—No quiero que esto se alargue por unos cuantos pesos, Andrés —responde con calma—. Solo quiero su firma. No quiero estar vinculada con él de ninguna forma.
Hace una pausa.
—El dinero no nos hace falta.
Andrés asiente lentamente. Él sabe que eso es verdad.
Durante años administró discretamente los bienes que Renata heredó de su tía Bruna. Una fortuna que nadie más en su familia conoce. La mayoría cree que su tía era dueña de algo insignificante, pero estaban muy equivocados.
Cruza los brazos y la observa con curiosidad.
—¿Has pensado lo que hará cuando sepa que eres la dueña de Aureon Group?
Renata no responde de inmediato.
Andrés continúa.
—Ha intentado colaborar con nosotros decenas de veces. Mandó solicitudes, propuestas, reuniones…
Niega con la cabeza.
—Y siempre fue rechazado.
Renata finalmente aparta la mirada de la ventana. Sus ojos están tranquilos.
—No me importa lo que piense —dice Renata con calma—. Desde que prefirió creer en Luciana antes que en mí, ya no es nada mío. Lo que haga o deje de hacer ya no es de mi incumbencia.
Andrés la observa unos segundos. No responde, pero asiente levemente. Durante años vio cómo Renata se aferraba a ese matrimonio incluso cuando todo indicaba que no valía la pena. Escucharla hablar así le produce un alivio que no intenta ocultar.
En ese momento, alguien golpea la puerta. El sonido llama la atención de ambos.
Andrés camina hacia la entrada. Cuando abre, encuentra a un repartidor con un enorme ramo de flores entre los brazos.
Son calas negras.
Las flores destacan de inmediato por su color profundo y elegante.
—¿La señorita Renata Ibarra? —pregunta el hombre.
—Sí, yo haré el recibo —responde Andrés.
Toma la hoja que el repartidor le entrega y firma. Luego recibe el ramo y despide al hombre con un gesto breve.
Cierra la puerta y vuelve hacia la cama.
—Tu admirador secreto está bien informado —dice con una sonrisa burlona mientras deja el ramo en la mesita junto a ella.
Renata suspira. Todos los años recibe ramos de calas negras.
Siempre llegan en fechas distintas, pero nunca traen tarjeta. Durante mucho tiempo intentó adivinar quién los enviaba. Al principio pensó que podía ser Sebastián, pero con el tiempo descartó la idea. Él no tenía ese tipo de gestos cuando se trataba de ella.
Renata toma una de las flores y acerca el rostro para olerla.
El aroma es suave.
Mientras acomoda el ramo, algo pequeño llama su atención.
Una tarjeta. Está escondida entre los tallos.
—¿Qué es eso? —pregunta Andrés, acercándose.
Renata la toma de inmediato. La observa unos segundos antes de abrirla.
En cuanto lee la firma, su expresión cambia.
—Nikolai Dragunov.
Andrés frunce el ceño.
—¿Nikolai Dragunov? —repite—. ¿Todo este tiempo fue él?
Renata levanta la mirada.
—La enfermera dijo que fue Nikolai quien me llevó al hospital. Quiere decir que él estuvo en el lugar del accidente.
El nombre le resulta conocido, aunque no recuerda exactamente de dónde.
Andrés extiende la mano.
—Déjame ver.
Renata le entrega la tarjeta.
Andrés la observa unos segundos en silencio.
—Nikolai es dueño de Dragunov Consortium —dice finalmente—. Es un conglomerado enorme. Tiene sucursales en todo el mundo. Ya hemos colaborado con ellos algunas veces.
Levanta la mirada hacia ella.
—Eso es lo que es legal.
Hace una breve pausa.
—Pero dicen que también maneja el inframundo comercial. Negocios que nadie se atreve a mencionar en voz alta.
Renata lo escucha con atención.
—Me encontré con él varias veces en reuniones empresariales —continúa Andrés—. No habla mucho, pero cuando entra en una sala todos lo notan. Es un hombre imponente.
Renata baja la mirada hacia la tarjeta.
Algo en su memoria empieza a encajar.
—Nikolai… —murmura—. ¿Es el joven que estaba en sexto cuando nosotros estábamos en tercero?
La pregunta toma a Andrés por sorpresa.
—¿Qué?
Renata lo mira.
—En la secundaria. Había un chico mayor. Siempre estaba solo.
Andrés se queda pensativo unos segundos.
Luego abre un poco los ojos.
—Sí… ahora que lo dices, lo recuerdo.
Se apoya contra la mesa mientras intenta ordenar sus recuerdos.
—Siempre estaba apartado de todos. Tenía fama de conflictivo y arrogante. Todos le tenían miedo.
Una sonrisa aparece en su rostro.
—La única que podía acercarse a él sin salir lastimada o humillada eras tú.
Renata frunce ligeramente el ceño.
—¿Yo?
Andrés se ríe.
—Claro. Nadie más se atrevía a hacerlo.
Ahora todo parece encajar.
Renata vuelve a mirar el ramo de flores.
—Manda un agradecimiento para él —dice finalmente—. Recuérdame que lo invite a cenar cuando salga del hospital.
Andrés asiente.
—Lo haré.
Saca su teléfono y envía el mensaje de inmediato a otra de las asistentes, para que se encargue.
Luego vuelve a guardar el móvil en su bolsillo.
Renata se recuesta un poco más en la cama.
Su expresión vuelve a ser seria.
—Imprime el documento del divorcio —dice—. Quiero que vayas esta misma tarde a la oficina de Sebastián.
Andrés levanta una ceja.
—¿Tan rápido?
—No quiero perder un día más con él.
Andrés asiente.
—Entendido.
◆ ◆ ◆
Tal como pidió Renata, Andrés se dirige esa misma tarde a la empresa de Sebastián Alcántara.
El edificio es alto y moderno.
En la recepción pide hablar con él.
Al principio la secretaria intenta rechazarlo, pero Andrés insiste.
Finalmente, Sebastián no tiene más opción que recibirlo.
Cuando Andrés entra en la oficina, Sebastián está sentado detrás de su escritorio, revisando unos documentos.
No levanta la vista de inmediato.
—Si vienes a interceder por tu amiga, pierdes tu tiempo —dice con frialdad—. Mejor vete. No tengo ningún interés en escuchar sus súplicas. Esta vez fue demasiado lejos.
Andrés suelta una breve risa.
Sebastián levanta la cabeza con el ceño fruncido.
—¿Qué es tan gracioso?
Andrés camina hasta el escritorio con calma.
—No vine a suplicar. Te das demasiada importancia, Alcántara.
Deja una carpeta abierta frente a él.
Encima coloca un bolígrafo.
—Firma —dice con tranquilidad—. Es el acuerdo de divorcio.
El rostro de Sebastián pierde el color. ¿Renata realmente se estaba divorciando de él?
◆ ◆ ◆