Capítulo 4. Ya está hecho

1802 Palabras
Sebastián tarda unos segundos en reaccionar. Mira la carpeta abierta frente a él, luego levanta la vista hacia Andrés. Su expresión cambia lentamente hasta que una carcajada escapa de su boca. El sonido llena la oficina. —Su forma de actuar me impresiona cada vez más —dice con una sonrisa burlona—. Luciana me dijo que esto pasaría. Que trataría de manipularme con el divorcio. Se reclina en la silla y cruza los brazos. —Su pequeña actuación debe terminar o mi paciencia con ella va a acabarse para siempre. Andrés mantiene el rostro sereno. No se altera. Durante años trató con hombres arrogantes en los negocios de Renata, y Sebastián no es diferente. —Firma el acuerdo, Sebastián —dice con calma—. Y descubre por ti mismo cuál es la actuación de Renata. Sebastián observa los documentos nuevamente. Sus ojos recorren las páginas hasta detenerse en la firma de Renata, que ya está estampada en la parte inferior. Por un segundo parece pensarlo. ¿Ella está renunciando a todo así de fácil? Luego toma el bolígrafo. Sin decir nada más, firma en el espacio que le corresponde. El sonido de la pluma contra el papel es breve. Cuando termina, deja el bolígrafo sobre el documento. La sonrisa no desaparece de su rostro. —Tu amiga está en problemas —dice con tranquilidad—. Quiero ver lo que va a hacer ahora para cambiar esta situación. Se inclina ligeramente hacia adelante. —Tendrá que arrastrarse a mis pies y rogar si quiere que detenga esto. Andrés toma la carpeta. Saca la copia extra y la deja sobre el escritorio frente a él. No responde. No vale la pena. Durante años vio a Renata sacrificarse por ese hombre. Vio cómo ella cubría errores, resolvía problemas y protegía su reputación. Sebastián nunca supo nada de eso. Andrés sabe que cuando descubra la verdad, de quién realmente es ella y la joyita que es su hermana Luciana, se arrepentirá. Pero Renata no cambiará de opinión. Sin decir una palabra más, Andrés abandona la oficina. ◆ ◆ ◆ Cuando vuelve al hospital, Renata está sentada junto a la ventana. La lluvia ha desaparecido y la tarde entra clara por el vidrio. Andrés coloca la carpeta sobre la mesa. Renata toma el documento y observa la hoja. Sus ojos se detienen en la firma de Sebastián. Durante un momento no dice nada. Sorprendentemente no siente tristeza. Ni rabia. Ni siquiera decepción. Solo una sensación extraña de ligereza. Durante años cargó con una presión constante en la espalda, un peso que no sabía cómo soltar. Ahora ese peso desaparece de golpe. Respira hondo. —Ya está hecho —dice Andrés. Renata asiente. Cierra la carpeta con calma. —¿Qué vas a hacer con tu hermana? —pregunta Andrés después de un momento. Renata lo mira. —Ella no tiene idea de que el auto tenía cámaras, tampoco las que instalaste en esa casa hace poco —continúa él—. Tenemos las grabaciones. Está claro que ella provocó el accidente. Hace una pausa. —Podemos usarlo contra ella ahora mismo. Renata guarda silencio unos segundos. Luego niega suavemente con la cabeza. —Cuando crea que ya ganó, lo usaremos en su contra —responde finalmente. Sus ojos se endurecen ligeramente. —Tarde o temprano se va a estrellar con la realidad. Andrés asiente. Sabe que Renata no habla impulsivamente. Cuando toma una decisión, la mantiene. ◆ ◆ ◆ Siete días después, el divorcio es oficial. Renata recibe el alta médica esa misma mañana. Andrés llega al hospital para recogerla. —El mensajero debe estar entregando el certificado de divorcio a Sebastián justo ahora —comenta mientras caminan hacia el ascensor. Renata asiente. No muestra emoción. Ese capítulo ya terminó para ella. ◆ ◆ ◆ En otra parte de la ciudad, Nikolai está sentado en una mesa de reuniones rodeado de varios socios en un importante club. La conversación gira en torno a un acuerdo financiero importante. Un vaso de whisky descansa frente a él. Viktor se acerca por detrás y se inclina ligeramente para susurrarle algo al oído. La reacción es inmediata. La mirada de Nikolai cambia. Un brillo extraño aparece en sus ojos. Los hombres alrededor de la mesa se miran entre sí. Incluso ellos notan la diferencia. Nikolai deja el vaso de whisky sobre la mesa. —¿Qué hora? —pregunta sin mirar a Viktor. —Dentro de una hora —responde él. Nikolai asiente. Se levanta de la silla. —Señores, me tengo que ir. Uno de los socios frunce el ceño. —Pero aún no hemos tratado el acuerdo final… Nikolai ya camina hacia la puerta. Viktor lo sigue. Cuando salen al pasillo, Nikolai habla sin detenerse. —Manda las pruebas de esa pequeña zorra a Sebastián Alcántara. Viktor lo mira. —¿Estás seguro? ¿Y si busca a Renata de nuevo? Nikolai sonríe ligeramente. —Ese idiota no lo hará. Es demasiado orgulloso para hacerlo. Su voz se vuelve más fría. —Pero quiero que su paz empiece a resquebrajarse ahora mismo. Se detiene frente al ascensor. —Que se dé cuenta de lo equivocado que estaba… y que le será imposible recuperar su vida anterior. Viktor asiente. Saca su teléfono y hace una llamada breve. Minutos después, otro mensajero se dirige al edificio donde se encuentra la empresa de Sebastián. Sebastián acaba de terminar una reunión con algunos accionistas de la empresa de su padre. Camina por el pasillo hacia su oficina. Luciana está pegada a su brazo, hablando sin parar. Entran a la oficina y dos paquetes envueltos están allí esperando por él. Cuando Luciana ve los paquetes bien envueltos sus ojos se iluminan de inmediato. —Sebastián, ¿me compraste regalos? —pregunta con esa voz empalagosa que, últimamente, comienzan a irritarlo. —No. La respuesta sale corta y seca. Luciana no parece molestarse. Al contrario, se acerca con curiosidad y toma el paquete más grande, antes de que Sebastián pueda hacerlo. —Entonces, ¿quién te envió este regalo? Le da la vuelta entre sus manos, observando el envoltorio y el nombre de Sebastián Alcántara escrito en él. —Será Renata queriendo hacer las paces contigo. Las palabras provocan algo inesperado en Sebastián. Por un instante, algo hace clic en su cabeza. La idea de que Renata haya enviado un regalo provoca una sensación extraña en su pecho. No es exactamente alegría, pero tampoco molestia. Es orgullo. Un tipo de orgullo distinto. Se recuesta un poco en su silla y acomoda el reloj de lujo que lleva en la muñeca. El mismo que Renata le compró cuando él le dijo que se estaba cansando de ella. —Ella sabe que no puede comprarme con ese tipo de detalles —dice con una sonrisa cargada de superioridad—. No soy tan interesado como ella. Luciana se ríe suavemente. —Lo abriré. Tira del papel para romperlo. Pero antes de que pueda hacerlo, Sebastián le arrebata el paquete con rapidez y lo guarda junto con el otro dentro de uno de los cajones de su escritorio. Luciana frunce el ceño. —¿Por qué hiciste eso? —No hay que darle importancia —responde él—. Dejemos que coma ansias. Luciana asiente lentamente. La idea le parece divertida. Le quitará todo lo que tiene. Cada cosa. Hasta que termine en la misma calle. Sebastián vuelve a concentrarse en el trabajo. Pero no logra hacerlo del todo. Cada cierto tiempo sus ojos se desvían hacia el cajón. Su mente empieza a imaginar qué tendrán adentro. Tal vez un reloj. O alguna pulsera elegante. Una pequeña sonrisa irónica aparece en su rostro. Pobre ilusa. Puede imaginar su rostro lleno de miedo ante la idea de perderlo. Renata sería capaz de dar su propia vida por él. Ese pequeño berrinche que hizo con el divorcio no puede durar mucho. Tarde o temprano volverá, arrastrada de amor como siempre. Cuando Luciana finalmente se marcha de la oficina, Sebastián toma el teléfono y llama a su secretaria. —¿Renata vino hoy a la empresa? ¿Quién dejó estos paquetes? —No, señor, ella no vino —responde la secretaria al otro lado de la línea—. Vinieron dos mensajeros para dejar esos paquetes. Sebastián guarda silencio. —¿Dijo algo? —El último dijo que usted vea el contenido de inmediato. Que era importante. Sebastián cuelga la llamada. Su ceño se frunce. Abre el cajón y saca un paquete. Lo observa unos segundos antes de romper el envoltorio. Dentro no hay ningún regalo. Solo varias memorias USB. La confusión aparece en su rostro. Conecta una de ellas a su computadora. La pantalla se ilumina. Una carpeta aparece inmediatamente. Sebastián frunce el ceño. La abre. Dentro hay varios archivos de video. Decide abrir uno al azar. La imagen tarda unos segundos en aparecer. Cuando lo hace, Sebastián se inclina hacia la pantalla. Reconoce el lugar de inmediato. Es su casa. En el video aparecen Renata y Luciana. Están discutiendo. Sebastián mira la fecha y la hora en la esquina inferior. Coincide con el día del accidente. La discusión se vuelve más intensa. Luego la grabación muestra a Luciana empujando a Renata hacia la entrada. Casi arrastrándola hasta el auto. Sebastián frunce el ceño. No entiende lo que está viendo. Cierra ese archivo y abre otro. En este segundo video aparece Luciana nuevamente. Está en el estacionamiento. Mira a su alrededor con nerviosismo. Un hombre con capucha y cubrebocas se acerca a ella. Luego se agacha junto al auto de Renata. Hace algo debajo del vehículo. Sebastián observa en silencio. Después de unos minutos, Luciana le entrega dinero. El hombre se marcha. Ella se aleja del lugar. Sebastián siente una tensión incómoda en el pecho. Abre otro video. Esta vez la imagen muestra el interior del auto. Luciana está en el asiento del conductor. Renata está en el asiento del pasajero. Ella grita. Le pide a Luciana que se detenga. Sebastián cierra la computadora de golpe. El sonido seco resuena en la oficina. Su respiración se vuelve pesada. La ira empieza a crecer dentro de él. Camina unos pasos por la oficina intentando ordenar sus pensamientos. ¿Quién le envió esos videos? La respuesta aparece de inmediato en su mente. Renata. Claro que fue ella. ¿Quién más podría hacerlo? Aprieta los puños. ¿Todo esto es un intento para ponerlo en contra de Luciana? ¿Para hacerlo sentir culpable? Su mandíbula se tensa. No. No caerá en su juego tan fácilmente. Recuerda el otro paquete. Este es tipo sobre, con papel madera. La rompe y una libreta pequeña y roja cae al suelo. Cuando su vista va a parar al título, contiene la respiración. Certificado de divorcio. ¿Realmente ya están divorciados? ◆ ◆ ◆
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