Aquella noche resultó ser la primera de muchas noches en las que Eva y yo volvimos a ser uno. Solíamos vernos al menos dos veces cada semana, pero al poco tiempo comenzamos a distanciar más nuestras citas, pues entre los preparativos de la boda con Sofía y mi crecimiento laboral, cada vez era menos el tiempo libre que tenía y menos todavía las oportunidades que ella tenía de escaparse de su casa para vernos. Aproximadamente desde que había nacido su hija hacía poco más de un año, yo trabajaba esporádicamente para el estudio del que Luis Fernández Secco era el principal accionista. Él había confiado mucho en mi y cada vez me daba más oportunidades de crecimiento, además de pagarme un muy buen sueldo, el cual me había permitido mejorar notoriamente mi vida y la de mi familia, además de prep