Mis ojos se abren con pesadez, parpadeando contra la penumbra de la habitación que se ha vuelto extraña bajo el efecto del analgésico y el agotamiento. Por un segundo, no sé dónde estoy. El techo es demasiado alto, el aire demasiado silencioso, y las sábanas de seda se sienten como una caricia ajena en mi piel. Entonces, el recuerdo de la inundación me golpea el pecho como un bloque de granito. El agua, el sello rojo de la clausura, la mirada azul y autoritaria de Alistair en el lavabo... todo vuelve en una marea de ansiedad que el sueño solo he logrado posponer. Me incorporo lentamente. Físicamente, me siento mejor. El dolor punzante en mis hombros se ha transformado en un hormigueo sordo y mis sienes ya no martillean con esa furia rítmica. Pero el vacío en mi estómago es real. Es un agu

