El silencio que sigue a la revelación de Lorenzo no es un silencio pacífico; es el tipo de vacío sónico que queda justo después de una detonación, cuando los oídos te pitan y el aire se siente desplazado y es insuficiente para llenar los pulmones. Me quedo allí, plantada en medio de la alfombra de la oficina de Alistair, sintiendo el frío del suelo filtrarse por mis pies descalzos, mientras la imagen en la pantalla del móvil parece quemar el aire entre nosotros. «¿Prima o Amante?». Las palabras se repiten en mi cabeza como un mantra perverso. Mi pecho sube y baja con espasmos cortos y erráticos. Siento que el pijama de algodón, que hace diez minutos me parecía la prenda más cómoda del mundo, se me pega a la piel como un sudario. Mis manos, que aún tiemblan por la discusión sobre el diner

