Me despierto cuando todavía es de noche y la tormenta parece nunca terminar. Su lado de la cama está vacío y frío, y solo queda rastro de nuestra ropa tirada por el suelo.
—¿Killian?
Me siento y me cubro la desnudez con la sábana. Ni siquiera sé que horas es. Por lo volver a ponerme el vestido que está echo una bola en el suelo junto con mi ropa interior, saco del armario de Killian una sudadera y unos calcetines que me quedan gigantes. La calefacción sigue puesta así que no me muero de frío cuando me asomo por la entreplanta para encontrarlo, pero todo está vacío y en silencio.
Debería estar más cansada de lo que estoy pero no puedo volver a la cama y termino haciendo un montón de nuestra ropa húmeda y asquerosa para poner una lavadora. No tengo otra cosa que hacer que no sea esperar, así que me siento en el sofá a esperar haciendo zapping.
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Abro los ojos y me topo de lleno con los ojos oscuros y brillantes de Killian. Del susto me levanto y casi le golpeo sin querer. Se ha duchado, las gotas le caen por el pelo y lleva sus pantalones del pijama negros con el pecho tatuado completamente desnudo. Haberse lavado no ha limpiado los rastros de una pelea. Le toco el pómulo cerca de un pequeño corte y sus manos apoyadas en mis piernas están llenas de heridas en los nudillos.
—¿Dónde has estado?
—No se iba a quedar así —dice. Se empuja del sofá y sus labios me besan la frente—. Y has puesto mal la lavadora, pero no pasa nada.
> Ni eso he sabido hacer.
—Lo siento. He perdido mis gafas nuevas.
—No importa, conseguiremos otras.
Asiento lentamente y me dejo llevar hasta la cocina. Me prepara un café y casi me lo bebo del tirón junto a un par de tostadas. Lo siento mirarme mientras desayunamos.
—Vamos a volver al club, allí estarás más segura hasta que resuelva todo esto. Cuando termine empezaremos a vivir aquí.
—¿Yo también?
Él asiente y yo no me quejo.
—No tengo ropa para irnos —digo.
—A mi me parece que lo mío te queda bien, pero tendré por ahí algo que te valga mejor.
Lo que me deja son unos pantalones deportivos que a él le quedan pequeños y a mi aún así me quedan grandes. Con los zapatos no puedo hacer nada, todas sus zapatillas a mi me quedan gigantes y voy todo el camino con sus calcetines y medio encogida en el asiento.
—Killian.
—¿Qué pasa?
Está aquí y él no me va a hacer daño. Que de tanto miedo me hace sentir un poco más segura. Sé que la gente le tiene miedo, sé que puede protegerme. Sé que me gusta.
Aunque está conduciendo yo estiro la mano y le quito el pelo de la cara para pasarme el resto del camino mirándolo. A veces él también me mira.
Llegar al club me hace sentir mejor de lo que pensaba, me hace sentir casi como en casa. Sigue lloviendo y Killian me echa su chaqueta por encima para evitar que vuelva a mojarme como anoche pese a que él se está calando de pies a cabeza. Empuja la puerta del edificio del club, está vacío pero no lo suficiente como para que me de tiempo a respirar antes de que Andrea me salte encima. Casi me caigo pero Killian me sostiene.
—Con cuidado, j***r —dice.
—¿Estás bien? ¡Ay Dios! ¡Que hijos de puta! Ven, vamos a que te cambies de ropa.
De camino siendo arrastrada por Andrea miro atrás y Killian me da una ligera sonrisa que casi ni se percibe. Durante las horas siguientes consigo relajarme más y darme un buen baño, además de cambiarme de ropa y verme más decente que en los últimos días.
—Estaba vuelto loco —me cuenta mientras me cepilla el pelo—. Para aliarse con la banda de Roy para buscarte debía de estar desesperado. Se nota que está enamorado.
Puede que yo también lo esté.
—Dice que cuando todo se estabilice nos iremos a vivir a su casa.
—Estarás mejor allí, ni siquiera Ben sabe dónde está esa dichosa casa. Ya era hora de que el presidente encontrara una mujer decente.
Hablar de la vida s****l o amorosa de Killian no es algo que me apetezca. Decido pasar del tema y bajar a la cocina a comer algo. Cada persona que nos encontramos se preocupa por mi, salvo un par de chicas que vuelven al bar con cara de desear que jamás hubiera salido de esta.
—Envidiosas —musita Andrea.
Me río y seguimos charlando ojeando unas pizzas en el horno. Hay pizzas de sobra, Andrea hace una para Ben y yo metro otra en la rejilla de abajo para Killian, cuando sale perfecta, bajo a su despacho a llamarlo. La sorpresa me la llevo cuando al abrir la puerta me encuentro de sopetón con mis padres, incluso con Jess que no parece ella. Va muy deportiva para ser Jess y no parece la chica que me torturaba en la mansión.
—Gracias a Dios —murmura mi madre y hace el intento de ponerse de pie pero yo doy un paso atrás. ¿Qué le importa lo que me pase?
—Siéntate —le ordena Killian y ella pega el culo a la silla.
—¿Qué está pasando? —pregunto.
—Ya no le debemos nada, puedes volver con nosotros —dice ella.
Killian chasquea la lengua y toda la atención va a él.
—Yo no he dicho eso. Os he perdonado toda la mierda que me debéis.
—¿Entonces? —refuta Carl y es cuando Killian me señala.
—Me quedo con ella.
¡¿Qué?!
—¡No! —chilla mi madre—. Esto era temporal hasta que...
—Dana —me llama él y no sé si quiere que me acerque o que me vaya—. Te doy la opción, ¿quieres quedarte o te vas?
—Contigo —respondo aunque igual no he entendido la pregunta—. Quiero quedarme contigo.
—¡¿Qué?! ¡No! Dana, hija, piensa...
No he bajado a pensar, he bajado para cenar con él.
—Cuando termines te espero en la cocina, Killian —digo y sin que me conteste me doy media vuelta y subo corriendo las escaleras.
No siento haberme quitado un peso de encima, sé que ellos siempre estarán ahí haciendo sus negocios y sus cosas, y cuando se les olvide que existo será como si nunca hubiera nacido allí. ¿Estamos en paz o esto qué es?
No veo cuando se van aunque sí que escucho el motor de su coche y al minuto después, Killian está entrando en la cocina. No comento nada de lo que ha pasado, y él tampoco. Se me planta detrás y siento sus rodillas chocar con mis hombros, me hace sombra con su gran cuerpo.
—¿Por qué estás ahí sentada en el suelo? —me pregunta.
—Porque sino no veo si la comida se quema.
Se agacha detrás de mi, sus manos grandes y tatuadas se apoyan en mis hombros y me apartan el pelo del cuello para darme un beso que me hace estremecer. Luego, sus piernas se estiran junto a las mías y me apoyo en su pecho.
Yo nunca he estado sentada en el suelo viendo una pizza calentarse, mucho menos con un hombre.