Tomarse de las manos Parte 1

1970 Palabras
Regina volvió al estacionamiento y miró su coche, realmente no pensó en cómo volvería o que su estado de ánimo sería tan pesado, hasta el punto de no poder tomar el volante. En la pantalla del celular miró el nombre de Leo y pasó al siguiente contacto, Víctor. Llamar a uno de ellos significaba dar muchas explicaciones, al otro, sería igual que llamar a un taxista. Pero si seguía repitiendo los patrones que la llevaron a llorar en el sillón de una doctora en psiquiatría, nada cambiaría. Víctor respondió la llamada – dime – tenía un plato de uvas verdes sobre la mesa y tomaba una cada cinco minutos mientras revisaba su computadora. La respiración de Regina se escuchó acalorada – no debí llamarte – soltó y colgó la llamada. El número de Leo era el siguiente contacto, los tenía a ambos en sus números frecuentes y todo lo que tenía que hacer era presionar su dedo índice de la mano derecha sobre la pantalla. Así de simple. Su dedo bailó sobre el botón sin atreverse a tocarlo, hizo lo mismo cuando estaba en el elevador y debía ir a visitar a su tía, mantuvo su dedo sobre la pantalla y contó hasta veinte, antes de poder presionar el botón. No podía, no debía. No tenía fuerzas. La pantalla cambió y la canción Dirty Work comenzó a sonar. El dedo de Regina se deslizó por la pantalla para responder la llamada – hola. – ¿Estás bien? – preguntó Leo – Víctor acaba de llamarme, dijo que algo te había pasado. Regina cerró los ojos, todo lo que tenía que hacer era llamarlo, una acción tan simple y no pudo. Esa era su realidad – no me siento bien para conducir, ¿podrías venir por mí? – Mándame tu ubicación – dijo Leo. Las manos de Regina temblaron, por primera vez intentó no formar escenarios en su cabeza ni ir directamente al peor escenario y entendió, que no hubo duda en las palabras de Leo, ni una excusa, ella lo necesitaba y él estaba listo para ir a buscarla. De inmediato el pensamiento saltó a su mente. Leo la trataba como a una buena amiga. Envió la dirección del estacionamiento y miró de reojo el edificio de cuatro pisos a su derecha. Había varios negocios; un despacho contable, una estética en el primer piso con una promoción en tatuajes de cejas y un gimnasio. Pudo ir a cualquiera de ellos, Leo nunca pensaría que fue a ver a una psicóloga. Estaba a salvo. Ella…, ¿lo estaba? Realmente, ¡tenía tanto miedo de mostrar su vulnerabilidad!, que estaba buscando formas de ocultar que fue a terapia. Leo llegó en treinta minutos, bajó del taxi y entró al estacionamiento, al girar la mirada vio a Regina sentada junto a la entrada en una zona que estaba cubierta por un toldo. Esa calle estaba bastante lejos de su casa y del tipo de lugares que Regina frecuentaba y pese al maquillaje, se notaba la hinchazón en sus ojos. Regina se levantó – el coche está en el número catorce – le dio el ticket – ya pagué. Leo tomó el trozo de papel y supuso que preguntar era una pérdida de tiempo. Más que esposo, era un chofer. Regina lo miró – es por allá – señaló y acomodó su cabello para cubrirse los ojos. – Claro – respondió Leo, caminó a la taquilla y volvió un par de minutos después con el coche de Regina. El trayecto de regreso fue de otros treinta minutos. Durante ese tiempo Regina miró las manos de Leo. Ese momento contaba como uno de los peores. Debía esperar. En la entrada les revisaron que el coche llevara la tarjeta de identificación colgada en el espejo y los dejaron pasar. Finalmente, llegaron a casa. Leo se estacionó y Regina bajó. Sus manos aún temblaban. El trozo de papel con el listado de actividades que debía realizar en pareja estaba en su bolso y ella lo tenía fuertemente apretado, como si Leo tuviera el poder de ver a través de la piel sintética. Leo dejó las llaves en su lugar y fue a la cocina – hay lasaña, ¿quieres un poco? – Sí – dijo Regina y cargó su bolso. Otro mal momento para pedirle que tomara sus manos – el otro día me contaste sobre el compañero de Cristián, no recuerdo lo que dijiste – dijo Regina y se sentó en uno de los bancos junto a la cocina con su bolso en las piernas para no perderlo. Leo encendió el microondas – sí, te lo conté hace un par de días – la miró, era obvio que Regina quería distraerse de lo que fuera que le hubiera pasado y Leo suspiró – Espejo, me acuerdo más de su apellido que de su nombre. – Juan Carlos Espejo – dijo Regina. – Buena memoria – susurró Leo, pero ella no lo escuchó – Espejo hizo su primera inversión en una compañía de celdas solares, según le dijeron, es una empresa en expansión y una buena inversión. Regina recordó mentalmente todas las acciones que heredó de su abuelo y ni una sola era de una empresa de energía solar – y fue una mala inversión. – No, de hecho, fue una buena idea, sí te lo dije, ¿no lo recuerdas? – respondió Leo y al mirarla, decidió olvidar esa conversación y comenzar desde el principio – la empresa es real, extranjera y les está yendo bien, por eso decidieron hacer una expansión – apagó el microondas mientras explicaba los detalles y acomodó los dos platos. Regina tomó el tenedor y probó un bocado. La lasaña estaba caliente por fuera y fría por dentro. Leo tomó los dos platos de vuelta y volvió a meter la lasaña al microondas – tomará otro minuto. Regina se relajó un poco. – La inversión está en la categoría de bajo riesgo y generó ingresos a las dos semanas de haber invertido. Regina recordaba que Leo estaba muy emocionado días atrás y esa historia no coincidía con sus recuerdos. El microondas emitió un pitido. – Espejo se desesperó y solicitó invertir más, el problema fue que la empresa tenía un límite para la inversión permitida, Espejo reclamó y fue cuando lo enviaron con el gerente de la empresa – enfatizó e hizo una pausa para probar la lasaña. – Cierto – murmuró Regina al recordar esa parte – fue para la inversión de alto riesgo. Leo asintió – la primera vez que llegas a la empresa, Quantum te da una lista de inversiones seguras, la mayoría en el extranjero, pero reales. La misma página te permite contactar con el sitio de la empresa y verificar la información. Depositas poco dinero y obtienes ganancias periódicas, todo está documentado y es real, pero las ganancias son muy reducidas y hay muchas limitantes, te obligan a invertir más y si exhibes un patrón de apostador convulsivo. Te enrutan con el gerente que te habla sobre las inversiones de alto riesgo y alta ganancia. Es por eso que tienen pocas demandas, la mayoría de sus clientes no eligen esa ruta. Regina asintió – sí, ya lo recuerdo, me dijiste que Cristián estuvo presumiendo sobre haber elegido a la víctima perfecta. Aunque no sabíamos que la empresa operaba de ese modo – comenzó a recordarlo – y Javier lo llamó…, no lo recuerdo. Leo fue al refrigerador – hay agua de melón. Regina tomó dos vasos de la colección de utensilios de pareja, esos vasos eran de color rosa pastel y tenía un corazón partido por la mitad, cuando se colocaban juntos formaban un corazón completo y la palabra “juntos x siempre” Mirándolos más detenidamente, fue una compra impulsiva y cursi. Leo no se veía bien bebiendo de un vaso color de rosa con estrellas y corazones. – Las inversiones de bajo riesgo tienen mucho respaldo, los asesores invitan a sus clientes a investigar las empresas para darles mayor seguridad, se ganan su confianza y cuando pasamos a las inversiones de alto riesgo – continuó Leo – ya no son tan exigentes, confían en el gerente y en los riesgos de la inversión. Es aquí donde surgió el mayor problema. Regina finalmente lo recordó – el dinero no va directamente a la empresa. – Pasa primero por una cuenta a nombre del gerente de Quantum, es él quien hace la transferencia a la empresa y su justificación son las leyes de impuestos, por eso no podemos rastrear el dinero ni saber a qué compañía fue transferido. – ¡Eso tiene que ser ilegal! – Lo es, pero no podemos reportarlo sin admitir que cometimos otro delito. Invasión a la seguridad informática. Debemos esperar. Si estamos en lo correcto, algo pasará con esta empresa y Espejo perderá toda su inversión, como pasó con Franco. Regina hizo memoria y recordó al hombre que falleció al volante, fue su viuda quien inició toda la investigación. Después de varios minutos, Regina dejó su plato limpio – amo la lasaña, no recuerdo por qué, pero siempre ha sido uno de mis platillos favoritos. Leo dejó el tenedor y la miró fijamente. Ella se sintió muy observada – ¿qué? – Mi mamá vino en la mañana, después de que tú salieras y trajo la lasaña, es la que ella preparaba cuando ibas de visita y siempre hacías eso – señaló el plato – una vez te serviste tres veces y a mamá le preocupó que te enfermaras del estómago. Regina agrandó los ojos – eso no pasó. – Sí – respondió Leo y probó otro bocado. Regina parpadeó varias veces, había eventos de su infancia que quedaron muy marcados, casi parecía que alguien a propósito los había grabado en su piel con hierro ardiente. Pero esa escena no estaba. Miró su plato, amaba la lasaña desde muy pequeña y tenía que ser, ¡esa receta! En su casa, Felicia preparaba lasaña Vincisgrassi, que llevaba hígado de pollo y vino tinto. Su mamá la amaba porque era italiana y le recordaba sus días de modelaje. Todos la miraron extraño cuando dijo que quería lasaña de carne molida con verduras, su hermana dijo que eran las consecuencias de enviarla a una escuela pública, le gustaba la comida vulgar. ¡Era así como funcionaba su mente!, recordaba a detalle el momento en que su familia la humilló e incluso podía narrarlo con diálogos y eventos. Pero el recuerdo de ella comiendo felizmente en casa de Leo, ese no estaba. Sus ojos se humedecieron. Se levantó – dale las gracias por mí. Ahora vuelvo. El baño estaba al final del pasillo, no era tan grande como el del hotel, pero era bastante amplio. Tenía un lavabo y un espejo rectangular de gran tamaño, Regina miró su reflejo y se cubrió la boca para no gritar. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Le costaba creer que, con ese aspecto, estuviera sentada en la cocina, charlando con Leo. Las lágrimas volvieron, después de confesar todo lo que sentía y que llevaba meses acumulando en su corazón, ya no podía detener su llanto, se sentía pequeña, expuesta y lo peor. Desmaquillada. La distorsión del espejo la atacó. Regina era idéntica a su madre, antes de sus muchas cirugías y ese era un recuerdo constante de que con su belleza no bastaba. Necesitaba el maquillaje, cremas y tratamientos para el cabello, sus cejas debían estar depiladas, sus uñas pintadas y su ropa arreglada. Porque, si se quedaba con esa apariencia humanizada y no se cubría de docenas de capas. ¿Quién la amaría? Si ni siquiera su familia pudo hacerlo. Se llenó las manos de jabón y cubrió el espejo. No necesitaba regresar con la doctora Andrea para saber lo que estaba pasando. Regina estaba totalmente rota.
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