El Abrazo de la Tormenta

1394 Palabras
Capítulo 20 ​Christopher no esperó un segundo más. Soltó su rostro y, con un movimiento tan rápido como urgente, acortó el último paso que los separaba, reclamando su boca en un beso que fue una colisión. Fue el estallido de la tensión contenida durante todo el día, un sabor a sal, a anhelo y al imposible control que ambos habían intentado mantener. No había nada de suave en este encuentro; era una necesidad inmediata y desesperada. ​Elena se rindió al instante. Sus manos subieron por el traje de él, aferrándose a su cuello mientras lo atraía con una fuerza que no sabía que poseía. El beso era una promesa, un perdón y una declaración, todo al mismo tiempo. Las manos de Christopher se deslizaron por su espalda, apretándola contra su cuerpo, un contacto que era la afirmación total de que el silencio había sido una mentira y que esta pasión era la única verdad. Eran fuego, y el aire alrededor se disolvió. ​La ropa se convirtió en un estorbo que desapareció rápidamente. Se movieron sin plan ni pausa, tropezando suavemente hacia el dormitorio, impulsados por la tormenta que acababa de desatarse. Era la liberación de cada frustración, cada celo por Steven, y cada emoción no verbalizada del trayecto. El reencuentro no fue tierno; fue crudo, profundo y absoluto, la única manera que conocían de terminar con el conflicto: fundiéndose el uno en el otro. ​El tropezón los hizo caer contra la pared antes de llegar al dormitorio, un impacto amortiguado por sus cuerpos que solo sirvió para avivar el fuego. Christopher la inmovilizó contra el muro, sus bocas aún unidas en un beso voraz. ​Las manos de Christopher se movieron a la velocidad de su necesidad. No buscaban delicadeza, sino liberación. Desgarró la tela del vestido de Elena con una urgencia brutal, el sonido del rasgado apenas audible bajo los jadeos. Cada pieza de ropa que caía era una barrera menos, una mentira que se desvanecía. La sensualidad de sus movimientos residía precisamente en la desesperación con la que buscaba su piel. ​Elena sintió el aire frío en su espalda y un escalofrío que no era de frío, sino de pura anticipación. Su propia necesidad era igual de feroz. Sus manos subieron por el pecho de Christopher, desabrochando su saco y corbata con dedos temblorosos. ​—Ohhhh, Christopher —jadeó Elena contra sus labios, forzando un instante de separación, sus ojos brillantes y acusadores—. Mira lo que nos haces… mira lo que me haces sentir. ​Christopher la sostuvo por la mandíbula, su rostro duro, consumido por la emoción. ​—Lo sé —su voz era una cuerda rota—. Lo siento… por cada segundo que no hice esto. No sabes el infierno que ha sido verte y no poder tocarte. ​Su beso volvió a ser un reclamo. Ella respondió desabrochando los botones de su camisa con una velocidad desesperada, queriendo sentir la familiar textura de su piel bajo sus palmas. Cuando finalmente lo hizo, sus manos se deslizaron sobre sus pectorales, un masaje posesivo y anhelante. ​—Yo no podría alejarme… —murmuró ella, su respiración agitada contra su garganta—. No puedo cuando me miras así. No puedo cuando me tocas. No puedo. ​Él gruñó, un sonido grave y satisfecho. Era la confirmación que necesitaba. Él la levantó en brazos, sus bocas sin separarse, y la llevó los pocos pasos que los separaban de la cama. La dejó caer sobre las sábanas desordenadas, y se abalanzó sobre ella, un torbellino de carne y deseo. ​—Aquí es donde perteneces, Elena —afirmó Christopher, su voz ronca y profunda. Se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, atléticos, su mirada clavada en la de ella—. Conmigo. Solo conmigo. ​Ella lo atrajo, sus manos se enredaron en su cabello oscuro, jalándolo suavemente, guiándolo. ​—Entonces, demuéstramelo —lo retó ella con un aliento. ​Christopher tomó ese reto con una intensidad que la hizo jadear. Recorrió el camino de su cuello hasta su pecho con una línea de besos húmedos y hambrientos, saboreando la sal y el anhelo. Sus manos, antes urgentes con la ropa, se volvieron una exquisitez torturadora sobre su piel desnuda, trazando el contorno de sus costillas y el abdomen antes de regresar a sus senos. ​Elena arqueó la espalda y cerró los ojos, un gemido ronco escapando de su garganta cuando sintió el contacto de la boca de él. Christopher la devoró con la misma ferocidad con la que la había besado, cada succión, cada lamida, una declaración posesiva. Mantuvo un contacto visual constante mientras lo hacía, obligándola a recibir la total y absoluta adoración, reafirmando que no había nadie más en el mundo. Ella se aferró a sus hombros, perdida en la sensación, su cuerpo temblando bajo el peso de su deseo y su amor. ​Él no se detuvo ahí. Descendió por su cuerpo, trazando una ruta lenta y deliberada, besando y acariciando cada curva. Su lengua era un pincel sensual que la pintaba con deseo, borrando la tensión y la duda. Elena, con el aliento atrapado, enterró los dedos en las sábanas. Mientras él la adoraba, ella sentía el impulso de devolver esa pasión. ​Ella extendió la mano y tomó la erección dura de él, una caricia de posesión que hizo que Christopher se detuviera y gruñera. Lo miró, con los ojos llenos de un fuego indomable. ​—Mi turno —dijo ella con una voz temblorosa de deseo. ​Ella, aún temblando, extendió la mano hacia él. Con la misma necesidad con la que él la había adorado, tomó su m*****o, sintiendo el pulso de su deseo en su palma. Su mirada se encontró con la de él, una mezcla de timidez y una decisión recién forjada en sus ojos. ​Acarició la longitud de su m*****o con una lentitud que le robó el aliento a Christopher. Él cerró los ojos y arqueó la espalda sobre la cama, sintiendo el calor de su mano. ​Elena, con una mezcla de timidez y una creciente decisión que la encendía, extendió su mano. Su tacto fue inmediato y directo, un roce que buscó el placer. Sus dedos envolvieron su hombría, y comenzó a masajearlo con una lentitud que prometía. Acercó su boca a la punta para lubricarlo, y se inclinó con una avidez recién descubierta. Su lengua inexperta fue dando lamidas en la coronilla, creando una ola de sensación que hizo a Christopher jadear. ​—Elena… —su nombre era un ruego, una advertencia, una bendición. ​Poco a poco lo introdujo en su boca de arriba abajo, tomando profundas respiraciones ya que sentía ahogarse. Sus mejillas se sonrojaron al levantar la mirada y ver a Christopher disfrutando lo que le ofrecía. ​Abrió la boca y lo introdujo por completo, moviéndose de arriba abajo con un ritmo que iba encontrando. ​Christopher la observó, su cuerpo tenso por el placer. En un momento de flaqueza, Elena levantó la mirada y lo vio: sus ojos cerrados, la mandíbula tensa, un rictus de puro goce. La visión del hombre fuerte completamente rendido ante ella disipó cualquier atisbo de pena. Una sonrisa pequeña y poderosa cruzó sus labios. ​Ella aumentó el ritmo, agarrando su m*****o con ambas manos para guiar la intensidad, sumergiéndose en el acto con una audacia renovada. ​—Ohhh que delicioso… —intentó decir él, con la voz ahogada. ​Elena detuvo el movimiento, acercó su boca a su oreja y susurró, su aliento caliente y firme: ​—¿Te gusta? —Christopher solo asintió mientras jadeaba de placer—. Quiero que sepas lo que se siente que te necesiten así, Christopher. ​Él no pudo responder, solo apretó los puños contra las sábanas, el rostro contorsionado. Ella regresó al acto, ahora sin timidez, sino con la desesperación amorosa de alguien que está devolviendo una promesa. ​El placer de Christopher creció rápidamente, sus músculos se tensaron. ​—Suficiente, mi amor —gruñó él, tomándola por el cabello con suavidad y atrayéndola hacia arriba—. Si sigues así, no podré esperar un segundo más. ​No pudieron esperar más. La necesidad de fundirse el uno en el otro se convirtió en la única fuerza motriz…
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