No sabía qué pensar, no sabía qué hacer o a dónde ir, por suerte una parte de mí supo llevarme en tiempo récord a la catedral que yacía resguardada por unos guardias del Vaticano. No perdí tiempo e ingresé corriendo a la casa donde estaban Oskar y Claude atendiendo a Sonja en la sala, lo peor era que su palidez me demostraba cuánta sangre había perdido, aunque tampoco era suficiente para recibir una trasfusión. —Oskar, encárgate del resto —ordenó Claude y seguido me hizo una seña con su cabeza para que lo siguiera hasta el despacho. —¡¿Cómo está Sonja?! ¡¿Qué le pasó?! ¡¿En dónde está Edén?! —mi corazón se ahogaba angustiado con cada pregunta que solté en cuanto cerró la puerta. —Sonja y Edén fueron emboscadas, por suerte la encontramos a tiempo y la trajimos de inmediato, pero la peque

