Dasha sabe que fui a ver a su padre. Sabe que cruce esa línea. Lo aceptó con una mezcla de alivio y miedo que no quiso poner en palabras. Pero aún no sabe qué se dijo, ni cómo la mención de su nombre cambió el aire en esa oficina, ni la forma en que entendí —con una claridad incómoda— que ella llevaba años sosteniendo una carga que no le correspondía. Vuelvo a la empresa con esa certeza atravesándome el pecho. Y con una decisión tomada. La encuentro en su oficina revisando unos informes, concentrada, como si la rutina fuera un salvavidas al que aferrarse. Alza la vista cuando entro y algo en mi expresión le avisa que no vengo a hablar de números. —¿Pasó algo? —pregunta. —Necesito que vengas conmigo —respondo. No levanto la voz. No hace falta. Mi tono no admite negociación. —¿Ahora?

