El eco de nuestros pasos sobre el piso pulido del pasillo es lo único que nos acompaña a Anne y a mí mientras nos dirigimos a la cafetería. El hospital, tras el caos del Código Naranja, parece estar exhalando un suspiro de agotamiento. La cafetería está casi vacía, sumida en esa penumbra acogedora que solo se encuentra en las noches o en los momentos de tregua tras la tragedia. Pedimos dos cafés negros. El aroma tostado y fuerte golpea mis sentidos, recordándome que llevo horas funcionando solo con adrenalina. Nos sentamos una frente a la otra en una pequeña mesa junto al gran ventanal. Afuera, la ciudad se extiende como un manto de joyas brillantes bajo un cielo estrellado y gélido. Por un momento, me pierdo en las luces de los rascacielos, preguntándome cuántas historias de pérdida y re

