El sonido de la cuchara contra el plato me saca por un segundo de mi ensimismamiento y del torbellino de pensamientos que me arrastra desde que desperté. Emilio come despacio de su papilla, con las mejillas infladas, los ojos grandes y curiosos fijos en mí, como si pudiera leer en mi mirada todo lo que me calló. Su inocencia es lo único que me mantiene en pie esta mañana, lo único que no se ha teñido de sombras. Acaricio su cabello suave y oscuro, como alas de cuervo. Sonrío, pero por dentro siento cómo me desmorono. El aroma del desayuno todavía flota en el aire. Huevos tibios, pan tostado, café frío que ya no quiero. Nada sabe bien. Nada se siente bien desde que lo siento alejarse. Nicoló. Su nombre me duele como un golpe seco en el estómago. No me mira cuando se va. No me habla ni un

