—¿De verdad crees que te voy a creer? Si tuvieras un poquito de dignidad, no te habrías quedado en esta casa. Si bien Franco no es un santo, tú… tú eras la mujer en la que confié. Te ofrecí mi amistad más sincera, y así me pagas. Trago saliva, el corazón martillando en mis sienes. El aire me sabe a humo y quisiera llorar, pero no lo haré. No frente a ella. —Lo siento —susurro, y cada sílaba me arranca un pedazo de piel—. Pero desde que conocí a Nicoló jamás volví a acercarme a la escoria que tienes por marido. Si eso te consuela un poco. Y ahora, si me disculpas, debo salir. Camino hacia el pasillo con dirección a mi habitación con pasos firmes, o al menos eso intento. Cada músculo me duele, como si cargara una armadura hecha de piedra. No miro atrás. No puedo. Porque si lo hago, se me

