Sus labios se curvan apenas en una mueca, y lo veo tomar aire y soltarlo lentamente. —Lo sé —responde, con esa voz grave que ahora suena como hielo quebrándose. —Yo se lo dije. El mundo se detiene. Literalmente, siento que todo se queda en silencio, como si el universo contuviera el aliento. Lo miro, y mi incredulidad es tan grande que duele. —¿Qué? —Mi garganta se cierra. Parpadeo, intentando procesar sus palabras. —¿Tú? —Asiente, sin apartar sus ojos de los míos y algo explota en mi pecho. —¡No tenías derecho! —Mi voz se eleva, rasgando el aire entre nosotros. —¡No podías hacer eso, Nicoló! Lo que estás haciendo… ¡me está destrozando! Él no se inmuta. Ni un músculo se mueve en su rostro. —Es irónico —dice con una calma que me enfurece más—, porque tú me lo hiciste a mí con tu omisió

