No miro atrás. Ni siquiera un segundo. Si lo hago, me rompo. El motor ruge suave mientras el auto se desliza por la carretera que conduce lejos de la villa. Tengo mis manos, apretadas sobre mis rodillas, tiemblan como si trataran de aferrarse a algo invisible, a una certeza que no existe. Trago saliva, pero la garganta me arde. Siento la presión en el pecho, esa que me aplasta como si alguien hubiera puesto un bloque de piedra justo ahí, donde solía respirar sin esfuerzo. El asiento vibra apenas con el movimiento del auto, y el sonido del pavimento bajo las llantas se mezcla con un leve golpeteo de la lluvia contra el parabrisas. «¿Cuándo empezó a llover?» Ni siquiera lo he notado. Estoy tan perdida en mí misma que el mundo exterior parece un eco lejano. A mi derecha, Emilio duerme. Su p

