Al llegar a la habitación, Katherine se quedó un momento en silencio, perdida en sus pensamientos. Recordó lo que el padre de Daniel había mencionado: que aún había rastros de veneno en su cuerpo. Apenas había pasado poco tiempo desde eso, y no pudo evitar preguntarse si Daniel estaba realmente bien o si el veneno aún lo debilitaba de alguna forma. Cuando él entró, Katherine abrió la boca para preguntarle, pero al ver su expresión preocupada, supo de inmediato que algo grave rondaba su mente. —¿Qué ha pasado? —preguntó con suavidad, aunque su corazón latía con fuerza. —No es nada por lo que debas preocuparte —respondió Daniel, evitando mirarla directamente. Katherine entrelazó sus dedos con los de él, sosteniéndolo con firmeza. —Daniel, ahora soy tu esposa. Tus preocupaciones son tamb

