Daniel y Katherine permanecieron un largo rato bañándose en el lago. El agua tibia los envolvía como un refugio silencioso, y entre caricias suaves y besos robados compartieron una intimidad tranquila, contenida, como si ambos temieran romper aquel instante perfecto si iban más allá. De regreso a la aldea, mientras avanzaban despacio entre los árboles, Daniel rompió el silencio. —¿Cómo te sientes? Katherine apoyó la cabeza en su hombro y sonrió levemente. —Me siento renovada… deberías traerme más seguido. Daniel dejó escapar una pequeña risa. —He dicho que no puedes abusar del lago, ¿lo recuerdas? —¿Y por qué no? —preguntó ella, fingiendo indignación. —Porque si no terminas agotada, al límite de tus fuerzas después de un largo día de entrenamiento, no mejoras —explicó—. Y, sobre to

