Capítulo 5

1474 Palabras
El silencio de la suite presidencial del Anantara Palazzo Naidi Rome Hotel no era el refugio que Elio esperaba; era una jaula de oro que amplificaba el eco de sus propios pensamientos. Se sirvió un tercer vaso de whisky, observando cómo el líquido ámbar capturaba la luz de las lámparas de araña antes de quemarle la garganta, pero el alcohol no lograba adormecer el vacío que habitaba en sus huesos. Se miró las manos enguantadas, odiando la textura del cuero n***o que ya se sentía como una extensión de su propia piel, una barrera física entre él y un mundo que ya no podía sentir. Harto de su propia miseria, del lujo que no podía comprarle ni un minuto de paz genuina, se puso en pie con un movimiento brusco, derribando casi la pesada silla de terciopelo. Al abrir la puerta de la suite para dirigirse al bar del hotel, buscando cualquier cosa que ahogara el silencio, se encontró con la figura imperturbable de Lorenzo. Su mano dereha estaba plantado como una estatua de mármol junto al marco, con la mirada atenta y la postura de quien habia sido entrenado para anticipar la catástrofe. —¿Sucede algo, señor? ¿Desea que le traigan algo?—dijo Lorenzo, adivinando la intención de su patrón antes de que este pronunciara palabra alguna. Su lealtad era una sombra que Elio agradecía y maldecía a partes iguales. Elio lo miró con una mezcla de cansancio y un fastidio punzante. La protección de Lorenzo era absoluta, un escudo contra los enemigos que acechaban en cada esquina de Italia, pero en ese momento, era una carga que le impedía respirar. —Dame las llaves —ordenó Elio, extendiendo la mano derecha con una firmeza que no admitía quejas. Lorenzo miro la mano de Elio extenderse hacia él y Lorenzo dudó apenas un segundo, con la mirada fija en el rostro endurecido del Don, buscando algún rastro de la inestabilidad que Elio intentaba ocultar. —Señor, para protegerlo debo seguir las reglas de seguridad que usted mismo me dio el dia que me contrato, se supone que no debe circular solo por Roma. Menos ahora, con la tensión de los Valli... —No te necesito esta noche, Lorenzo. Es una orden —interrumpió Elio, su voz cargada de una autoridad gélida que hizo que el aire en el pasillo se volviera pesado—. Lo que deseo esta noche es sufrir en silencio sin que tengas que ser testigo de cuán miserable soy. No necesito un guardián para estar con mis propios demonios, y ellos no caben en el mismo coche que tú. Lorenzo, comprendiendo que forzar la situación solo provocaría un regaño innecesario, sacó las llaves del bolsillo y las depositó en la palma enguantada de Elio. Con una inclinación de cabeza respetuosa pero preocupada, retrocedió hacia el interior de la suite, permitiendo que su señor se fuera mientras él cuidaba la habitacion. Elio bajó al estacionamiento subterráneo, un santuario de hormigón y metal con varios autos de lujo estacionados. El motor del Maserati rugió al encenderse, un sonido potente y visceral que vibró en sus costillas mientras salía a las calles de Roma. Condujo sin rumbo fijo, girando el volante con una mano mientras la otra descansaba sobre el cambio de marchas, buscando una pequeña señal de vida de su propio cuerpo ante la velocidad. El viento nocturno entraba por la ventanilla, trayendo consigo el olor a piedra antigua y combustible, pero no lograba disipar la inquietud sofocante que nacía en su pecho. Se detuvo en un semáforo en rojo en una de las avenidas principales, cerca de la Piazza del Popolo. La calle estaba vibrante, un nido de turistas capturando recuerdos con sus teléfonos y locales regresando de cenas ruidosas. Elio observaba la multitud desde su burbuja de cuero y cristal con un desprecio mal disimulado, envidiando la ligereza de sus vidas, la ignorancia de aquellos que no conocian el peso de una corona de espinas como la suya. Entonces, el tiempo pareció fracturarse cuando al otro lado de la calle, cruzando entre la marea de gente, una mujer caminaba con paso ligero y decidido. Llevaba el cabello recogido de una forma que le resultó dolorosamente familiar, con mechones rebeldes escapando sobre su nuca. Su perfil, iluminado intermitentemente por los faros de los coches y las luces de neón de las tiendas de lujo, era una calca exacta, casi cruel, del de Amalia. Elio se congeló en el asiento, sus dedos se cerraron sobre el volante con tal fuerza que el cuero crujió bajo la presión, el aire se le escapó de los pulmones como si hubiera recibido un golpe doloroso en el estomago. —No puede ser—musito, sintiendo un escalofrío que le recorrió la columna hasta la nuca. Amalia había muerto, él habia abrazado sus restos cuando la sacaron de entre los escombros que habia dejado las llamas que consumieron su hogar. Recordaba el calor, el humo n***o y la impotencia de no poder morir para alcanzarla. Pero esa mujer... la forma en que movía los hombros para abrirse paso, la inclinación sutil de su cabeza al esquivar a un turista distraído... era identica. Cada fibra de su ser le gritaba que su esposa estaba a escasos metros. La vio alejarse en lo que le pareció una cámara lenta insoportable, como si el resto del mundo se hubiera desdibujado en un fondo borroso de colores sin sentido. Su cuerpo empezó a tiritar de una angustia intensa, una mezcla de esperanza aterradora que amenazaba con romperle el corazón y la certeza lógica de que finalmente su mente se había quebrado bajo la presión de la soledad. —¡Amalia! — susurro con cierta desesperacion porque no pudo gritar, su garganta estaba seca, bloqueada por un nudo de pánico y anhelo. La figura de la joven se perdió tras una columna de un edificio antiguo y desapareció súbitamente entre la multitud. En ese preciso instante, el semáforo cambió a verde y un coro ensordecedor e irritante de claxons estalló detrás de él, rompiendo el hechizo que lo mantenía inmóvil. Elio reaccionó por puro instinto animal, acelerando el coche con un chirrido de neumáticos, cruzando la intersección y girando bruscamente hacia la derecha, ignorando las señales de tráfico en su intento desesperado por no dejar que el fantasma se evaporara, necesitaba verla otra vez y confirmar por si mismo que no era ella, que estaba volciendose loco del dolor, eso era mejor que creer que aquella mujer era su Amalia. Dio vueltas frenéticas por las calles aledañas, subiendo por callejones estrechos que apenas permitían el paso del Maserati y acelerando en las plazas abiertas. Sus ojos, inyectados en sangre y empañados por una humedad que se negaba a reconocer como lágrimas, buscaban desesperadamente aquel cabello, aquella postura, pero Roma era una amante experta en ocultar secretos y tragarse a la gente en sus laberintos de mármol. Tras diez minutos de una búsqueda inútil que lo llevó al borde del colapso, el corazón de Elio latía con tanta violencia que sentía que le iba a quebrar el esternón. Sus pulmones ardían como si el incendio que habia marcado tanto su cuerpo como su interior hubiera vuelto para terminar de consumirlo. Se estacionó de golpe en el primer espacio que encontró, invadiendo parte de la acera y provocando la ira de los peatones, a quienes no dedicó ni una mirada. Apagó el motor y se dejó caer contra el respaldo, exhalando un aire que sabía a derrota. Sus manos, aún dentro de los guantes negros, temblaban de forma incontrolable, golpeando rítmicamente contra sus muslos, el sudor frío le perleaba la frente y le empapaba el cuello de la camisa de seda. Estaba asustado, desconcertado y, por primera vez en años, sentía un miedo que ni siquiera la idea de la muerte o la pérdida del poder habian podido darle. Era el miedo a la esperanza, la posibilidad de que el infierno en el que vivía tuviera una salida, o peor aún, que la locura finalmente hubiera reclamado lo poco que quedaba de su cordura. —Estoy loco —susurró para sí mismo en la penumbra del coche, apretando las manos enguantadas contra sus ojos hasta ver estrellas—. Ella está muerta, vi como sacaban su cuerpo carbonizado bajo el techo que yo mismo construí, el forense confirmo que era ella, vi su anillo en su dedo. Pero su cuerpo, que seguía tiritando como si estuviera bajo la lluvia fria, no aceptaba esa lógica racional. Se quedó allí, en silencio, mientras la ciudad de Roma seguía su curso indiferente, dejando a Don Elio Cavallaro solo con el eco de un fantasma que se negaba a descansar en paz y una sospecha que, de ser cierta, incendiaría el mundo entero una vez más. ¿Y si lo habian traicionado...otra vez?
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