Elio regresó al hotel con una urgencia que rozaba la imprudencia, esquivando el tráfico romano con maniobras que habrían hecho palidecer a cualquier otro conductor. Al conducir, su mente era un campo de batalla entre comparaciones de ropa y dudas de colores.
Intentaba desesperadamente buscar en su memoria si el vestido de la mujer que acababa de ver en la calle habia sido parte de los conjuntos de seda y los trajes de alta costura que Amalia solía guardar en su vestidor.
"¿Era un azul cobalto o un gris humo? ¿El corte de la falda era el mismo o mi memoria está jugando conmigo?", se preguntaba en bucle, mientras sus nudillos apretaban el volante de cuero. Quería convencerse de que solo había sido un espejismo, una mala pasada de su subconsciente hambriento de la presencia de Amalia que el fuego se habia llevado hace años. Sin embargo, la nitidez de aquella nuca, el ritmo de sus pasos, no se sentían como una fantasía; se sentían como una bofetada de realidad en medio de su propio delirio.
Se estaciono frente a las puertas del Anantara Palazzo Naidi Rome Hotel, un edificio que respiraba lujo y discreción, ignoró los saludos del valet parking cuando le arrojo las llaves en la cara. Se dirigió a los ascensores con el paso acelerado de quien necesitaba un refugio de su propia mente. Justo antes de que las puertas de bronce se cerraran, una empleada de limpieza entró con su carrito metálico, un armatoste cargado de sábanas blancas y el penetrante olor de los productos de limpieza perfumados. Instintivamente Elio la miró de reojo tratando de disimular tranquilidad, y por un instante, alzo una ceja levemente cuando sus ojos vieron su uniforme. El corte del vestido, la caída de la tela sintética sobre la falda y la forma en que el cuello enmarcaba el rostro eran idénticos, al atuendo de la mujer que acababa de ver en la avenida. La única diferencia era el color, el de la mujer que estaba a su lado era de un tono turquesa institucional que gritaba servidumbre, mientras que el de la calle era de un azul más oscuro y gastado. Esa coincidencia, casi insignificante para cualquiera, le dio algo de coherencia a su locura, no había visto a un fantasma vestido de seda, había visto a una mujer real vistiendo un uniforme de limpieza.
Elio bajo antes que la mujer, pero mientras caminaba giro un momento, pero no para mirarla a ella, sino su vestido, el como se movia mientras ella caminaba, el movimiento de la falad era el mismo, no habia duda. Se encamino hacia su ahbiatcion con prisa y al llegar a la suite, Lorenzo lo esperaba sentado cerca de la puerta de la pequeña recepcion, con el rostro serio y la postura rígida de quien habia estado contando los segundos, preocupado por la ausencia injustificada de su Don.
—Consígueme información —escupió Elio, comenzando a caminar por la habitación como un animal enjaulado. Sus pasos, pesados y rítmicos, resonaban contra el piso alfombrado, marcando el pulso de su ansiedad—. Quiero el diseño exacto, el código de color y el proveedor de todos los uniformes de limpieza de cada hotel de cinco estrellas en Roma, ademas quiero fotografias de cada uno de esos diseños para verlos yo mismo. También de las agencias externas. Quiero saber quién viste a las mujeres que limpian los hoteles de esta ciudad. Ahora.
Lorenzo se quedó perplejo, su rostro habitualmente impasible mostrando una grieta de confusión. Había procesado órdenes de ejecución silenciosa, negociaciones de sobornos a altos cargos y la logística de transporte de armas pesadas a través de fronteras vigiladas, pero esta petición escapaba a toda lógica.
—Señor... ¿los uniformes de limpieza? —la voz de Lorenzo era cautelosa, tratando de medir el nivel de inestabilidad de Elio—. No entiendo cómo eso ayuda a nuestra posición actual. ¿Eso tiene que ver con su reunion el dia de mañana? ¿Qué le sucede? Parece que hubiera visto a la muerte en persona.
—¡No te he pedido que entiendas ni que analices mis motivos! —gritó Elio, dándose la vuelta con una violencia tal que Lorenzo retrocedió un paso por puro instinto de supervivencia—. ¡Haz lo que te ordeno, usa todos nuestros contactos y no vuelvas a cuestionarme! ¡Si te pido el color de las alfombras de todo el Vaticano, me lo traes sin preguntar!
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Elio, él nunca gritaba, su poder siempre había emanado de su presencia y de sus ordenes frias y tranquilas, pero lo suficientemente filosas para mandar a mandar a cortar muchas cabezas. Lorenzo, quien era lo más cercano a un hermano que Elio conservaba, lo observó con una mezcla de respeto y una preocupación profunda que le helaba la sangre.
La tensión en la mandíbula del el Diablo de Livorno y el brillo salvaje, casi febril, en sus ojos le confirmaron que algo grave acababa de ocurrir, algo que tocaba la desesperacion de su patrón, un comportamiento que solo habia visto una vez, el dia en que ambos habian visto el cuerpo calcinado de Doña Amalia. Con una inclinación de cabeza solemne, Lorenzo salió de la habitación, cerrando la puerta con una suavidad que dolió más que un portazo.
Una vez solo, Elio sintió que sus manos volvían a traicionarlo con un temblor incontrolable que nacía desde la médula. Se quitó los guantes de cuero n***o con un movimiento frenético, casi desesperado por sentir el aire en su piel, dejando al descubierto las cicatrices de quemaduras que cubrían sus palmas y nudillos como un mapa de su propio infierno personal. Eran las mismas manos que habían acariciado la mejilla de Amalia bajo la luz de las velas, las mismas que ahora se veían monstruosas y ajenas bajo la luz blanca de la suite.
Se sentía patético, podía sentarse frente a líderes criminales armados y torturadores despiadados sin que se le moviera un solo músculo de la cara, pero ver una silueta familiar en una esquina lo había reducido a ese estado de vulnerabilidad absoluta.
Se desvistió con torpeza, dejando su ropa costosa tirada en el suelo y entró en la ducha. Dejó que el agua casi helada golpeara su cuerpo, esperando que el choque térmico le devolviera la cordura y limpiara los restos del espejismo de Amalia. Necesitaba que el frío sentara su cabeza y le recordara la verdad más absoluta de su vida: que los muertos no caminan por las calles de Roma, ni vestian uniformes de hotel. Sin embargo, mientras el agua resbalaba por su espalda y sus hombros, la sensacion fantasma de ardor en su piel regresó con una intensidad renovada.
A pesar de los años transcurridos, Elio aún sentía el ardor del fuego consumiendo la piel de sus manos y el tejido de su espalda. Al cerrar los ojos bajo el chorro de agua, su memoria muscular lo transportaba al momento exacto en que la viga de madera incandescente cayó sobre él. Recordaba el crujido de la estructura, el peso insoportable de la casa derrumbándose y el humo n***o que le llenaba los pulmones mientras gritaba el nombre de Amalia, una y otra vez, hasta que su voz se rompió. La impotencia de no poder verla en medio del humo ni el fuego para alcanzarla era una quemadura que ninguna ducha fría podría jamás aliviar.
Esa noche, tras ponerse un pantalón de pijama de seda negra y desplomarse en la inmensa cama, el sueño no fue un refugio, sino una pesadilla.
El sueño siempre comenzaba con la misma calma engañosa: el olor dulce del perfume que Amalia amaba, siendo reemplazado bruscamente por el hedor químico de la gasolina y el humo. Veia su hogar desde el exterior, consumirse mientras sus empleados trataban de ayudar a apagar el fuego de la entrada principal, para ayudar a los que habian quedado atrapados. En medio de la pesadilla alguien le informaba que no habian encontrado a su esposa por ningun lado. Elio corría hacia el interior, pero el suelo se convertía en brasas ardientes bajo sus pies. Justo cuando llegaba a su habitacion, cuando creía verla tirada inconciente, el techo de la mansión crujía con el sonido de un trueno y la viga principal caía, aplastándolo contra el suelo, sintiendo que el fuego devoraba el único mundo que le importaba, Amalia.
Se despertó de golpe, incorporándose en la cama con un jadeo que desgarró su garganta. Estaba bañado en sudor frío, con el corazón martilleando contra sus costillas y el nombre de Amalia muriendo en sus labios como una plegaria sin respuesta.