Lorenzo no durmió esa noche, mientras Elio se debatía entre las llamas de sus pesadillas en la soledad de la suite, su mano derecha puso en marcha la maquinaria pesada de la familia Cavallaro en la capital.
No fue una investigación de guante blanco ni una búsqueda discreta, Lorenzo sabía que el tiempo apremiaba cuando el Diablo de Livorno perdía los estribos y que el silencio en Roma tenia un precio que a veces solo se pagaba con sangre o terror.
Visitó a tres de los principales proveedores de uniformes de hostelería de la región del Lacio antes del amanecer. En el segundo de ellos, un almacén industrial en las afueras de la ciudad que olía a almidón y caucho quemado, la diplomacia se agotó pronto. Lorenzo tuvo que recurrir a la fuerza bruta, permitiendo que la presión del cañón frío de su arma contra la sien del encargado lograra persuadirlo para no despediciar su valioso tiempo.
Bajo la amenaza de una muerte segura y el brillo gélido en los ojos de Lorenzo, el hombre abrió los archivos digitales de ventas y los registros de diseño que se suponía eran confidenciales.
Para cuando el sol empezó a teñir de un oro sangriento las cúpulas romanas, Lorenzo y un grupo de hombres de confianza, ya estaban estratégicamente apostados cerca de las salidas de servicio de los hoteles más exclusivos de la ciudad. Equipados con camaras de largo alcance, tomaban fotografías digitales de cada empleada que terminaba el turno de noche, el obturador de la cámara trabajaba al ritmo de los segundos del reloj, capturando rostros cansados, miradas agotadas que evitaban el contacto visual y uniformes arrugados por horas de labor invisible.
Cada imagen era enviada en tiempo real a una base de datos codificada que Lorenzo llevaba en su mano derecha, cuando se trataba de entregar informacion confiable a su patron.
A las nueve de la mañana, la ciudad ya bullía con el caos característico de un día comun en la ciudad eterna, pero Elio se encontraba en la terraza del restaurante del hotel siguiendo su rutina normal del desayuno. Vestía un traje de lino blanco inmaculado, una prenda elegante, que resaltaba su figura autoritaria frente al resto de los comensales.
Sus gafas oscuras, de diseño sobrio, ocultaban eficazmente las ojeras profundas y la mirada febril fruto de una noche de insomnio luego de volver a ver sus fantasmas del pasado. Frente a él, desafiando la costumbre italiana del café cargado, había un vaso de leche fría, un detalle casi infantil que contrastaba violentamente con el aura de peligro que emanaba de su presencia. Elio observaba el horizonte de Roma con una quietud inquietante.
Lorenzo se acercó en silencio, su paso casi inaudible sobre el mármol, y depositó una tableta electrónica sobre la mesa. El dispositivo vibró levemente al tocar la superficie.
—Aquí está todo lo que hemos podido reunir en estas horas, Don Elio —dijo Lorenzo con voz neutra, aunque el ligero temblor en sus dedos delataba el agotamiento físico de una noche de caza.
Elio tomó el dispositivo con sus manos enguantadas, el cuero n***o chirriando sutilmente contra el cristal de la pantalla. Deslizó el dedo por la interfaz, revisando metódicamente cada rostro y cada textura textil. Rostros de mujeres jóvenes con sueños aún visibles, ancianas marcadas por décadas de servicio, inmigrantes con ojos asustados y locales curtidas por la indiferencia pasaron frente a sus ojos como un desfile de sombras.
De repente, su dedo se detuvo en seco, no se fijó en los rasgos de la mujer de la fotografía, una empleada de unos sesenta años con la mirada perdida en algún punto fuera de cámara, sino en el tejido que cubría sus hombros. Era ese, el mismo patrón de costura en los puños, el mismo cuello rígido que parecía diseñado para sofocar y el tono exacto de azul que había quedado grabado en su retina bajo los faros del Maserati.
Elio inspiró profundamente, expandiendo sus pulmones como si el aire contaminado de Roma finalmente contuviera el oxígeno necesario para seguir viviendo. Devolvió la tableta a Lorenzo, esforzándose por mantener una calma fingida, una máscara de indiferencia que, sin embargo, no lograba engañar a su escolta de casi toda la vida.
—¿A qué hotel pertenece este uniforme específico? —preguntó Elio. Su voz era un hilo de seda, pero contenía la tensión de un cable electrificado.
—Al Palazzo di Luce, señor. Es una propiedad antigua, renovada recientemente, está a menos de dos kilómetros de nuestra posición actual —respondió Lorenzo de inmediato, habiendo memorizado cada detalle del informe antes de entregarlo.
Elio se levantó con una elegancia que silenciaba las conversaciones en las mesas cercanas, cerrando con precisión el botón central de su chaqueta blanca. La decisión no solo estaba tomada, se había convertido en su nueva religión.
—Te quedarás en Roma, Lorenzo. No quiero que te muevas de esta ciudad hasta que yo lo diga, quiero el expediente completo de cada empleado que trabaje en ese hotel. Limpieza, cocina, mantenimiento, administración... no me importa el rango ni el turno. Quiero sus nombres reales, sus historias clínicas, sus direcciones, quiénes son sus familias y qué deudas tienen. Cuando lo tengas todo, envíalo directamente a mi correo personal encriptado. No uses los canales comunes de la familia; no quiero que este asunto llegue a oídos de nadie en Livorno.
Lorenzo asintió, aunque la confusión y el presentimiento de que Elio estaba encaminandose en una obsesión peligrosa persistia en Lorenzo al mirar a su patron.
—¿Y usted, señor? —preguntó Lorenzo.
—Vuelvo a Livorno esta tarde. Hay asuntos en el muelle norte que requieren mi presencia física para calmar a los estibadores y no quiero levantar sospechas con los Valli quedándome más tiempo del necesario en Roma sin una justificación de negocios —Elio se acercó un paso más a Lorenzo, invadiendo su espacio personal, y su aura se volvió asfixiante, cargada de una amenaza latente—. Haz de esto tu única prioridad absoluta. Si algo o alguien se cruza en tu camino mientras consigues lo que pido; si algún gerente se pone difícil con la privacidad, si algún sistema de seguridad te bloquea o si algún rival intenta husmear, elimínalo sin dudar. No quiero excusas de protocolos ni retrasos logísticos. Quiero esos nombres en mi bandeja de entrada lo antes posible.
—Entendido, Don Elio —respondió Lorenzo con la seriedad de quien sabia que los errores eran bien recompensados con una bala entre los ojos. Sabía que, para su patron, esta búsqueda ya no era simple curiosidad; era una cacería, pero ¿De quien?
Sin añadir una sola palabra más, Elio se ajustó las gafas oscuras sobre el puente de su nariz y se retiró de la terraza. Dejó atrás el vaso de leche intacto, que empezaba a entibiarse bajo el sol italiano. Su cuerpo iniciaba el viaje de regreso a Livorno para cumplir con sus deberes como el lider de los cavallaro, pero su mente, su voluntad y cada gramo de su esperanza ya estaban asediando, como un ejército invisible, las puertas del hotel Palazzo di Luce,