Lorenzo operó con la precisión y la sutileza de un fantasma que recorre podia recorrer las calles de la Ciudad Eterna sin que nadie notara ningun movimiento. Durante una semana, el hotel Al Palazzo di Luce, fue sometido a una vigilancia microscópica, donde habia ojos controlados por la familia Cavallaro.
Sus hombres, camuflados bajo el anonimato de repartidores de comida, turistas cargados de cámaras o simples transeúntes que leían el periódico en los bancos cercanos, registraron cada entrada y salida. Los sobornos fluyeron con la facilidad del agua de las fuentes en roma, la ciudad eterna no era una excepcion donde la lealtad de un jefe de recursos humanos o de un oficial de registro civil no podian tener un precio exacto, pagable en fajos de billetes de quinientos euros entregados en sobres discretos.
Instalado en una habitación alquilada frente al hotel, Lorenzo organizaba el flujo constante de información en su estación de trabajo. Hasta ese momento, todo el material recopilado era poco más que ruido estadístico: expedientes de ciudadanos comunes con vidas monótonas y sueños pequeños como llegar a pagar la renta el proximo mes o ahorrar lo suficiente para un viaje familiar. Pero entonces, un archivo comprimido se descargó en su bandeja de entrada como cualquier otro, no parecia ser algo fuera de lo comun, era el perfil detallado de una empleada del área de limpieza que rolaba turnos, una mujer que trabajaba cubria turnos de empleados con contrato permanente.
Al abrir la fotografía adjunta, Lorenzo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones como si hubiera recibido un impacto directo en el pecho. Su tranquilidad, forjada en años de tiroteos y negociaciones de alto riesgo, le traicionó con un salto violento y desordenado. Allí, en una imagen granulada tomada por una cámara de alta resolución a la salida del turno, estaba ella. No se trataba de un parecido vago ni de un espejismo fruto del cansancio, era el rostro de Amalia Cavallaro, la mujer cuya muerte había devastado al que ahora se desempeñaba como lider del imperio Cavallaro y a la que él mismo había ayudado a enterrar, en un ataúd que ahora comprendía debía estar vacío, hacía cinco inviernos.
—Dios mio... —susurró Lorenzo, santiguándose por un puro instinto religioso que creía olvidado—. Don Elio no estaba volviendose loco.
Con una urgencia que pocas veces aplicaba, Lorenzo cavó más hondo en la vida de la mujer identificada legalmente como Emilia Ferrer. Sin embargo, su búsqueda chocó rápidamente contra un muro de niebla burocrática. No existían registros escolares previos a hace cinco años, ni fotografías de infancia en anuarios, ni rastro alguno de una "familia Ferrer" en los registros nacionales que guardara relación con ella. Su existencia parecía haber brotado de la nada, como una maldita flor sin historia, justo después de la fecha en que Amalia fue declarada muerta.
Lo único tangible que Lorenzo pudo desenterrar fue una corta lista que comprobaba que esa mujer existia. Su cuenta bancaria con movimientos básicos de subsistencia, una dirección en un barrio obrero de la periferia romana y un historial médico intrigante del Hospital San Giovanni. El informe detallaba que ella había sido hallada cerca de una carretera secundaria, desorientada y con signos de un trauma violento. Presentaba una herida profunda en el costado, una conmoción cerebral severa y restos de quemaduras en el brazo. El diagnóstico firmado por el neurólogo de guardia era duro: amnesia postraumática. Según el informe, se trataba de una "pérdida de memoria reversible", un mecanismo de defensa cerebral.
Cumpliendo su palabra y sintiendo el peso abrumador de la información que ahora sostenía, Lorenzo ordenó suspender toda vigilancia inmediata para no alertar a fuerzas externas. Guardó los archivos en un servidor seguro, cifró los datos con protocolos militares y envió el correo electrónico final al correo privado de Elio, sabiendo que el mundo estaba a punto de arder de nuevo.
A trescientos kilómetros de distancia, en el puerto industrial de Livorno, el ambiente era radicalmente distinto. El aire olía a salitre, gasolina y el sudor frío del miedo. Dentro de un contenedor de acero oxidado, bajo la luz parpadeante de un foco cenital, el Diablo de Livorno tenia las mangas remangadas con precisión, dejando a la vista el cuero n***o de sus guantes, que en ese momento brillaban bajo la luz debido a una capa fresca de sangre que no le pertenecía.
Frente a él, atado con cadenas a una silla de metal soldada al suelo, se encontraba Pietro Vanezza.
Pietro no era un enemigo cualquiera. Había sido el socio de mayor confianza del difunto Cosimo Cavallaro y, como Elio había confirmado años atras, el amante secreto que su madre había mantenido durante años bajo las narices de su padre, pero el odio que emanaba de Elio en ese momento no nacía de la infidelidad conyugal ni del honor manchado de maldito padre. Pietro habia sido un guardian del secreto más oscuro y retorcido de su padre, él era uno de los pocos hombres que habia tenido la desgracia saber sobre el asesinato de su esposa. El viejo había decidido sacrificar a Amalia por considerarla una distracción que suavizaba el carácter de Elio, un estorbo para la forja del monstruo implacable que el imperio Cavallaro necesitaba. Pietro no solo lo sabía, había suministrado el acelerante y ayudado a encubrir el crimen, huyendo a Sudamérica apenas el viejo Cavallaro exhaló su último suspiro en su lecho de muerte.
—Agradece que estoy siendo muy blando contigo, Pietro—expreso Elio. Su voz no era más que un susurro, pero en el silencio del contenedor, aterraba más que cualquier grito de agonía.
Pietro, con el rostro desfigurado por la hinchazón y un ojo completamente cerrado por los golpes rítmicos, escupió una mezcla de saliva y sangre sobre el suelo de acero.
—¿A esto llamas ser blanco?— pregunto Pietro con ironia mientras una linea roja de saliva escurria desde su boca— Elio... Ella te estaba convirtiendo en alguien blando, en un hombre que prefería el amor al poder... Yo solo... solo seguí órdenes del hombre que me dio todo.
Elio se acercó lentamente, colocando su mano enguantada sobre la mandíbula de Pietro con una presión que amenazaba con dislocarle el hueso. Era una tortura psicológica y física, un juego que el Doablo de Livorno gustaba de jugar. Estaba a punto de alcanzar de nuevo el juego de herramientas sobre la mesa cuando el teléfono en su bolsillo vibró, emitiendo un tono de notificación que cortó el aire denso del contenedor.
Elio extrajo el dispositivo con una calma natural, como si torturar a un hombre durante la noche de un dia comun, fuera el pan de cada dia. Al ver el remitente, el correo cifrado que solo Lorenzo poseía, sus pupilas se dilataron un momento como si aquella informacion fuera mucho mas estimulante que la tortura. El alivio en el rostro de Pietro fue patético y momentáneo, creyó ingenuamente que una distracción del nuevo Don significaba una oportunidad de tregua, pero Elio se acerco a la mesa de herramientas y se sento ahi a leer en silencio, mientras deslizaba la pantalla revisando cada fotografia del expediente que Lorenzo habia reunido.
En ese instante, el mundo de Elio se congeló. No fue un estallido de alegría, sino una sorpresa tan violenta que sintió que sus músculos se convertían en piedra, su cuerpo se tensó, sus pulmones se negaron a procesar el aire y un temblor fino, casi imperceptible, recorrió sus extremidades.
Sus ojos se clavaron en la imagen de esa mujer llamada Emilia. El parecido con Amalia era una broma cruel, una posibilidad tan aterradora como hermosa que le vació el estómago. Se quedó ahí, sentado en medio de un contenedor manchado de sangre, con la mirada perdida en una pantalla, mientras Pietro lo observaba sin entender el cambio en su verdugo.
—Lorenzo... ¿qué has encontrado? —murmuró Elio, su voz apenas un soplido.
Pietro, viendo una oportunidad en la distracción de Elio, intentó hablar de nuevo, pero Elio ni siquiera lo miró. El alivio que Pietro creyó ver en la pausa de la tortura se transformó en una sentencia definitiva cuando Elio guardó el teléfono con una lentitud mecánica.
—Ya no me sirves, Pietro —dijo Elio, su voz ahora gélida, despojada de la emoción que lo hacía humano hace unos segundos—. La satisfaccion de vengarme de ti,por lo que hiciste, se queda corta comparada con lo que acabo de descubrir.
Hizo una seña a sus hombres.
—Terminen con esto. Que no quede nada de él.
Elio salió al muelle, sintiendo el viento frío del mar chocar contra su rostro. Caminó hacia el borde del muelle, mirando hacia el horizonte en dirección a Roma. Sus manos, protegidas por el cuero que aun estaba manchado de sangre, se cerraron en puños. No sabía si era ella, no sabía si la amnesia era real o un castigo divino, pero la chispa de la duda había prendido un fuego mucho más peligroso que el que consumió su mansión.
—Si eres tú... —susurró al viento de Livorno, con una sonrisa que era mitad promesa y mitad amenaza—. Si realmente eres tú, el cielo tendrá que pedirme perdón por haberte ocultado de mí.