Capítulo 9

1575 Palabras
El despertar de Emilia Ferrer nunca era precisamente ideal, sino un proceso lento cada mañana, de una realidad que se sentía ajena. El primer sonido que escucho, incluso antes de abrir los ojos, fue el chirrido rítmico de los pasos sobre el techo de su departamento, donde los vecinos de arriba parecían arrastrar muebles pesados desde el alba, ignorando que en ese edificio las paredes eran practicamente de papel. A través de la pared delgada y mal insonorizada, el llanto incansable del bebé de los vecinos de al lado le recordaba porque el alquiler era tan barato. Emilia se frotó los ojos, sintiendo el peso del cansancio acumulado de su turno de la noche anterior, luego encendió un televisor antiguo que descansaba precariamente sobre una mesa coja; el aparato emitió un zumbido estático, una protesta antes de mostrar el noticiero el cual transmitia un reportaje documental sobre las antiguas familias del crimen organizado en Italia. —...y la organización parece estar reclamando sus antiguos territorios bajo el mando de el Diablo de Livorno—decía el locutor con una voz monocorde que se perdía entre el estruendo de los coches en la calle. Emilia no escuchaba realmente las palabras. Para ella, el televisor era solo un ruido de fondo necesario para irrumpir el silencio de su propia soledad y las lagunas de una memoria vacia que se negaba a darle un poco de infomacion. Al levantarse y vestirse con un repuesto limpio de su uniforme, puso su atención en la pequeña mesa del comedor, donde varios sobres con sellos de "vencido" y avisos de corte de servicios se amontonaban bajo la luz de la mañana que entraba por una de las ventanas de la cocina. Revisó sus cuentas con un suspiro pesado que le oprimía el pecho; su sueldo como empleada de limpieza en el hotel apenas cubría el alquiler de aquel agujero, el credito de la compra de los muebles y el cereal genérico que iba a desayunar otra vez. La idea de buscar un segundo empleo nocturno, quizás en una lavandería o una cafetería de veinticuatro horas en la estación de Termini, empezó a tomar forma en su cabeza no como una opción, sino como una necesidad inevitable para no acabar en la calle. Desayuno sin mucho animo y luego de diez minutos, jugando con un cereal en forma de rueda, miró el reloj de pared, cuyas manecillas parecían correr más rápido que sus probabilidades de sobrevivir a fin de mes, y un respingo la devolvió a la realidad. Estaba llegando tarde, otra vez. Se levanto de su lugar en la mesa y tomó su bolso desgastado, se aseguró de cerrar bien la puerta con la cerradura que siempre se atascaba, un recordatorio de que los pobres ni siquiera necesitaban cerrar con llave cuando no habia mucho o casi nada que robar, y salió corriendo por el pasillo que olía a una mezcla rancia de humedad y comida recalentada. Al salir del edificio, el aire fresco de la mañana romana le golpeó el rostro, pero sus ojos marrones se posaron por un instante en un auto n***o de cristales tintados estacionado justo en la esquina, ocupando un lugar prohibido. Era el tercer día consecutivo que lo veía allí, un auto que sin duda llamaba la atencion en medio de la decadencia de aquel barrio. "¿Será de algún nuevo vecino con dinero, o lo robaron y lo dejaron botado ahi?", se preguntó con una curiosidad fugaz, sin sospechar ni por un segundo que detrás de ese cristal oscuro, un hombre con un auricular ajustado y una cámara de alta precisión anotaba la hora exacta en que salia del su edificio. Mientras caminaba hacia la parada del autobús con paso apresurado, Emilia no notó que el anciano que alimentaba palomas en la fuente de la plaza la siguió con la mirada más tiempo de lo normal, ni que los dos hombres vestidos de turistas que parecían perdidos con un mapa en la esquina ajustaron sus posiciones al verla pasar. La red de Lorenzo era perfecta, ojos invisibles donde ella era el centro de un universo de ojos que no parpadeaban mientras ella pasaba, una vigilancia que se extendía por cada callejón y cada plaza que ella recorría. Tras un trayecto asfixiante, apretujada entre otros trabajadores en el transporte público, llegó finalmente al hotel. Entró por la discreta puerta de empleados, checó su tarjeta con un alivio momentáneo y preparó su carrito con desinfectantes perfumados, toallas blancas como la nieve, jabones de cortesía con aroma a bergamota y saludó con una sonrisa tímida a un par de compañeras del area de lavanderia. Ellas le respondieron con un asentimiento distante ya que en realidad no la conocian bien. Emilia era una buena trabajadora aunque silenciosa, siempre parecía estar habitando un espacio mental diferente, como si una parte de ella todavía estuviera tratando de recordar dónde había dejado su vida, su nombre y su pasado antes de aquel fatídico accidente que lo borró todo. Empujó el carrito hacia el ascensor de servicio, pero un cartel de "fuera de servicio" la obligó a detenerse. Sin más opción, y tras recibir el permiso inusual de un botones que parecía tener prisa, utilizó uno de los ascensores laterales del vestíbulo principal, un ascensor reservado para los huéspedes. Al entrar, se topó de frente con un hombre vestido impecablemente de n***o, cuya presencia llenaba el pequeño cubículo. Era Lorenzo, aunque para ella solo era un huésped de presencia imponente, mandíbula cuadrada y una mirada afilada que tal vez leeria su alma o minimo la juzgaria por verlo demasiado. Lorenzo acababa de rentar la suite presidencial bajo un nombre falso, solo para vigilarla un poco mas de cerca. —Buenos días —dijo Lorenzo, su voz profunda y controlada resono en el reducido espacio. —Buenos días, señor —respondió Emilia con una cortesía automática, pegando su carrito a la pared espejada del ascensor para dejarle todo el espacio posible, sintiéndose pequeña ante su cortesia, ya que usualmente los huespedes la ignoraban. El silencio que siguió fue denso. El ascensor subía con una suavidad que Emilia no conocía en su edificio de apartamentos. Lorenzo la observaba de reojo con la misma cautela con la que vigilaba a los enemigos de la familia Cavallaro, analizando cada rasgo de su rostro, la inclinación de su cuello y la forma en que sus manos se entrelazaban con nerviosismo sobre el mango del carrito. —Disculpe —dijo Lorenzo, rompiendo la quietud con una naturalidad ensayada—. Acabo de llegar a la ciudad y las guías no son muy claras. ¿Hay algún buen restaurante genuino que pueda recomendarme por aquí cerca? Emilia sintió entremecimiento causado por los nerviosismo, que le subió por la espalda. Ella jamás había pisado un restaurante que tuviera manteles de tela blanca, mucho menos los lugares costosos y exclusivos que un hombre con un reloj de ese calibre frecuentaría por placer. —Bueno... —comenzó ella, jugueteando con el borde de su uniforme para calmarse—. Dicen que el restaurante de este hotel tiene platillos muy buenos que vale la pena probar, los huéspedes siempre hablan bien de la pasta. Yo... en realidad no salgo mucho a comer fuera, mis gustos son mucho más sencillos. Su voz era suave, con un tono melancólico y una dulzura natural que parecía vibrar en el aire del ascensor. El ascensor se detuvo con un leve pitido en su piso. —Aquí bajo yo. Que tenga un muy buen día en Roma, señor —añadió rápidamente, saliendo del ascensor con cierta prisa, sintiéndose extrañamente incómoda por la intensidad de la mirada de aquel hombre. Prefería mantener la distancia con la gente adinerada; en su mente, pertenecían a especies distintas que nunca debían cruzarse. Cuando las puertas de bronce se cerraron, Lorenzo sacó su teléfono del bolsillo. La llamada ya estaba activa desde antes de entrar al ascensor, oculta en la palma de su mano y al colocarse la vocina del telefono, lo que escucho fue solo silencio, un silencio que no estaba vacío, sino lleno de una respiración agitada, pesada y casi dolorosa. —¿La escuchó, patrón? —preguntó Lorenzo en un susurro apenas audible. Hubo un silencio largo, eterno, donde no se escuchaba, pero habia alguien del otro lado con el latido acelerado de alguien que acababa de recibir un impacto mortal. Finalmente, la voz de Elio Cavallaro emergió desde el otro lado de la línea, cargada de una emoción cruda que luchaba por no desbordarse en un grito o en un llanto. —Su voz...—logro decir Elio, apretando la mano libre ocasionando que el cuero hiciera un chirrido ante la fuerza. —¿Cuáles son sus órdenes, señor? —Lorenzo miró hacia la puerta cerrada del ascensor, consciente de que aquella mujer estaba apenas a unos metros de distancia, empujando un carrito y limpiando habitaciones ignorando que una tormenta descontrolada se dirigia hacia ella. —Mantenla vigilada con cada hombre que tengamos disponible en roma —respondió Elio, y Lorenzo pudo notar cómo su voz recuperaba esa frialdad de hierro. Era el tono que usaba cuando tenia a alguien en la mira y no pensaba dejarla escapar—. No dejes que se aleje de tu vista ni un solo segundo, no te acerques más de lo necesario todavía, no quiero que se asuste. Estaré en Roma en dos horas...entonces, la vere con mis propios ojos.
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