Capítulo 10

1305 Palabras
Elio Cavallaro entró en el hotel no como un huésped de paso, sino como un hombre herido que iba en busca de un tesoro que el destino le habia arrebatado. Su traje oscuro, de un corte impecable que reflajaba orgullo y poder, parecía absorber la luz del lujoso vestíbulo, haciendo que el resto del mundo se viera insignificante a su lado. Su rostro mentenia una expresion fria y desinteresada, una expresion tallada por años de dolor contenido y crueldad implacable, bajo esa apariencia imperturbable, no revelaba ni un rastro de la tormenta emocional que rugía en sus entrañas, amenazando con consumir la poca cordura que le quedaba. Cada paso que daba sobre la alfombra aterciopelada hacia los ascensores era una lucha interna contra el impulso de gritar su nombre; por fuera seguia siendo el Diablo de Livorno, un cuerpo vacio ya que su alma habia sido enterrada junto con la de su esposa, pero por dentro, aun quedaba algo que aun mantenia su cuerpo con vida, su voluntad, la cual se estaba desmoronando lentamente ante el riesgo de volver a ver aquel rostro que habitaba sus pesadillas y sus más desesperadas oraciones. Al llegar a la suite presidencial, Lorenzo lo esperaba con la puerta abierta y la mirada baja, manteniendo una distancia respetuosa, no solo por el mismo respeto que sentia por Elio, sino porque sabia bien que estar en ese hotel no era precisamente una cita de negocios, sino algo mucho peor que matar o torturar a sus enemigos, estaba a punto de enfrentar a un fantasma de su pasado que aun seguia consumiendo su corazon atormentando. El silencio en la habitacion era denso, casi tangible, cargado de años de lealtad, sangre compartida y secretos que nadie más en el mundo conocía. Elio ni siquiera se quitó las gafas oscuras de inmediato, se quedó de pie en el centro de la inmensa estancia, respirando con dificultad el aroma a cera de abejas, flores frescas y ese perfume a lujo impersonal que ahora odiaba. —¿Dónde está ella? —preguntó Elio al fin. Su voz no era más que un susurro gélido, pero tenia la capacidad de cortar el aire. —La vimos bajar al área de servicio hace veinte minutos, Don Elio —respondió Lorenzo sin dudar—. Terminó de preparar el ala este del cuarto piso y, según el cronograma de limpieza, ahora debería estar dirigiéndose a las suites de la planta alta para el repaso de media mañana antes de que entren los nuevos registros, pero se quedo sin suministros, asi que bajo. Está a solo unos pisos de distancia. Elio no respondió con palabras, se dirigió con paso lento hacia el mueble bar de madera noble que presidía el salón, una pieza de artesanía que brillaba bajo las lámparas de cristal. Sin dudarlo, tomó un vaso de cristal tallado y se sirvió un chorro generoso de whisky de malta, observó cómo el líquido ámbar temblaba levemente dentro del cristal, no podia evitar sentirse vulnerable ante la situacion por mas que su cuerpo intentara mostrarse duro, era como si su voluntad lo traicionara mostranse en el leve temblor de sus manos. Bebió de un trago, permitiendo que el ardor en la garganta lo devolviera a la realidad, aunque nada de ese fuego se comparaba con la sensacion a quemadura de sus cicatrices bajo el guante, era como si cada vez que se sentia tenso, el fuego del pasado, volviera a atormentarlo. Lorenzo, observando la rigidez en la espalda de su patrón, decidió abordar los asuntos logísticos antes de que la tensión se volviera insoportable. —¿Debo anunciar su llegada a las otras facciones de Roma, señor? —preguntó con una cautela extrema—. Los Valli y los Moretti tienen oídos en cada esquina de esta ciudad. Podrían malinterpretar su presencia aquí, en su territorio, si no hay un aviso formal o una invitación a un café de cortesía. Podríamos evitar tensiones innecesarias o una guerra abierta que no nos conviene ahora mismo. Elio dejó el vaso sobre el mueble con un golpe seco que resonó en toda la suite, se quitó las gafas oscuras con un movimiento brusco, revelando unos ojos inyectados en sangre que brillaban con una determinación aterradora y posesiva. —No habrá avisos, Lorenzo. No estamos aquí para hacer política ni para besar anillos de ancianos decrépitos, no nos quedaremos el tiempo suficiente para que esas ratas se enteren siquiera de que he pisado su suelo. Mi estancia en Roma es entrar, recuperar lo que es mío y luego desaparecer antes de que el aire sepa que estuve aquí. Lorenzo frunció el ceño, genuinamente desconcertado. Un Don de la importancia de Elio Cavallaro no debia moverse sin formalidad que no involucrara la costumbre de diplomacia mafiosa, a menos que estuviera planeando algo que rompiera todas las reglas del juego. —Prepara la isla privada en Grecia —ordenó Elio de repente, su mirada perdida en el ventanal que mostraba una Roma indiferente a su tormenta interna—. Quiero que el personal habitual sea desalojado de inmediato, que solo se quede la gente de absoluta confianza, aquellos que han nacido y crecido bajo el nombre Cavallaro, no quiero testigos, ni curiosos, ni filtraciones y sobretodo, gente leal a mi, no a mi madre ni mi hermana. Lorenzo asintió lentamente, comprendiendo finalmente que no estaban ante un reencuentro romántico, sino ante una extracción forzosa. Elio no iba a cortejar a un fantasma ni a pedir permiso a una mujer que no sabía quién era él, iba a secuestrar a una sombra para confirmar por si mismo si su fisonomia era solo una broma cruel de la naturaleza o si, ella era la persona que cuya muerte habia formado al Diablo de Livorno. —¿Para cuándo necesita que la isla esté lista, Don Elio? —preguntó Lorenzo, manteniendo su profesionalismo a pesar del escalofrío que recorría su nuca. —Mañana —sentenció Elio con una finalidad absoluta—. Mañana por la noche debemos estar volando sobre el Mar Jónico, no le daré al destino otra oportunidad de arrebatarme lo que he encontrado. Lorenzo solo pudo inclinar la cabeza una vez más, aceptando el plan. Era una locura, pero en el mundo de la mafia, la voluntad del Don su palabra era la ley. Elio se giró de nuevo hacia el mueble de bebidas, sus ojos deteniéndose en una botella de vino de reserva, una etiqueta de valor incalculable que descansaba en un soporte de plata labrada. La tomó por el cuello, leyó la etiqueta con una mueca de desprecio, como si el lujo mismo lo ofendiera y, con una lentitud sádica y deliberada, soltó los dedos. La botella se estrelló contra el suelo de mármol blanco, estallando en mil fragmentos brillantes. El vino tinto, espeso y oscuro, se desparramó como un charco de sangre fresca, salpicando las alfombras de seda y los zócalos de madera. Elio contempló el desastre con una satisfacción sombría, casi poética, y luego miró a Lorenzo a los ojos. —Llama al servicio de limpieza —ordenó con una voz fria e indiferente, una orden que era en realidad una sentencia—. Quiero que envíen a alguien de inmediato para limpiar este desastre y asegúrate personalmente de que sea ella quien suba a esta suite, no aceptaré a ninguna otra. Lorenzo comprendió el mensaje oculto detrás de la botella rota. Sin decir nada más, Lorenso se retiró para llamar al servicio del hotel y hacer los deseos del Don realidad, dejando a Elio solo en aquel rincon de la habitación, esperando con el corazón latiendo con la violencia que no había sentido en cinco años. Apenas podia creer que todo eso era provocado por alguien que arrastraba el sonido de un carrito de limpieza y vestia un uniforme de servidumbre.
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