Capítulo 11

1330 Palabras
Emilia habia bajado al área de suministros, la misma area por la que habia entrado al empezar su turno y la cual tenia un olor permanentemente a cloro, lavanda industrial y al vapor metálico de las planchas que dejaban lisas las sabanas despues de lavarlas. Estaba cargando con esfuerzo varias botellas de desinfectante, cepillos de cerdas duras y pesados rollos de toallas de papel en su carrito de servicio. Sus brazos, delgados pero curtidos por el trabajo de los últimos años, se movían con eficiencia aprendida para no ser despedida. Intentaba por todos los medios ignorar el murmullo incesante de un grupo de camareras de piso, el grupo se amontonaba cerca de las estanterías donde almacenaban las sabanas finas, más interesadas en el chisme del día que en doblar con cuidado las sábanas de hilo egipcio. —Dicen que es como un modelo sacado de una revista de Milán, pero con una mirada que te hiela la sangre, como si pudiera ver tus pecados —susurraba una de ellas, ajustándose el delantal con dedos nerviosos—. Y lo más extraño es que no reservó él. Lo hizo un asistente que parecía un agente del servicio secreto, un hombre que no sonrió ni una sola vez. Usaron un nombre en clave, algo como "Señor V", para que nadie en el registro electrónico de la recepción sepa quién es realmente. Es pura intriga. —Debe ser un político de alto rango en medio de un escándalo o quizás un magnate que huye de la prensa internacional —añadió otra, soltando una risita nerviosa que resonó en el eco del sótano—. A las chicas de la mañana las echaron del pasillo principal solo porque él iba a salir al balcón a fumar. Parece alguien intocable, quizas alguien que respira un aire diferente al nuestro. Emilia escuchaba el chisme con una mezcla de desinterés y una punzada de envidia lejana, algo que nadie noto. Mientras ellas perdían el tiempo valioso de su turno fantaseando con caballeros misteriosos y romances de película, ella visualizaba mentalmente el sobre del alquiler que reposaba sobre su mesilla de noche, un recordatorio de que su vida no tenía espacio para cuentos de hadas, intrigas de pasillo o hombres atractivos de traje oscuro. Su realidad se medía en facturas de electricidad y en el precio del pan, asi que para silenciar el ruido de sus propios pensamientos intrusivos y el cacareo de sus compañeras, sacó un par de audífonos desgastados y se los puso. Dejó que una melodía suave de piano, una de las pocas cosas que le daban una paz que no sabía explicar la aislara del resto del mundo. Empujó el carrito hacia afuera del área de servicio, sintiendo el traqueteo irregular de las ruedas sobre el suelo de baldosa como el único ritmo constante y fiable de su existencia. Al cruzar el elegante lobby, se dirigió hacia los ascensores de servicio, sin embargo, una de las recepcionistas principales, una mujer llamada Bianca que siempre parecía disfrutar ejerciendo su pequeña cuota de poder sobre el personal de limpieza, le hizo una seña imperiosa para que se detuviera. Emilia, con un suspiro de resignación, se bajó los audífonos y los dejó colgar sobre su cuello. —Emilia, deja lo que estés haciendo ahora mismo. Tienes que subir a la suite presidencial de inmediato —ordenó Bianca, con esa voz chillona que siempre parecía una orden de ejecución—. Se ha roto una botella de vino tinto de gran reserva y el suelo es de mármol de Carrara. Hay que limpiarlo antes de que el pigmento penetre y la mancha sea permanente. Es una emergencia de mantenimiento. Emilia frunció el ceño, genuinamente desconcertada por la solicitud. —Esa no es mi área asignada para hoy, Bianca. Mi turno es en el ala este, en el tercer piso, y ya voy considerablemente retrasada con las habitaciones de salida, hay tres chicas asignadas exclusivamente a la planta noble y a las suites, ellas deberían encargarse de eso. Es su responsabilidad. —No es una sugerencia ni una invitación para debatir, Ferrer —insistió la recepcionista, cruzándose de brazos y adoptando una postura de superioridad que Emilia encontró innecesariamente agresiva—. El cliente pidió específicamente a alguien que fuera "discreto, eficiente y silencioso", y el gerente general dio tu nombre personalmente. Si no subes ahora mismo con tus implementos, te reportaré por desobediencia y negligencia. Sabes perfectamente que con tres reportes en tu expediente estás en la calle sin indemnización. ¿Realmente quieres arriesgar tu estabilidad por una simple mancha de vino? Emilia sintió una oleada de injusticia amarga quemándole la garganta, pero la tragó con la misma facilidad con la que aceptaba todas las humillaciones cotidianas. Sabía que Bianca simplemente no quería lidiar con el ya muy famoso "Señor V", pero ella no podía permitirse el lujo de la dignidad si eso significaba perder el empleo que tanto le había costado conseguir tras varios empleos de medio tiempo que apenas le permitian pagar una habitacion en la ciudad y de no ser por ese empleo no podria tener el departamento, que a pesar de ser algo mediocre, al menos no tenia que compartirlo con mas personas. Sus deudas de tarjetas de crédito y sus gastos médicos no entendían de jerarquías injustas ni de orgullo herido. Con un suspiro de absoluta resignación, ajustó el mango de su carrito y cambió de dirección hacia el ascensor para seguir las ordenes de Bianca. —Está bien, subiré —murmuró con voz apagada, volviendo a ponerse los audífonos para evitar seguir escuchando la voz triunfante y cargada de veneno de la otra mujer. Durante el ascenso, Emilia maldijo su suerte en el silencio del ascensor que por suerte nadie mas que ella tomo, sentía una opresión extraña y punzante en el pecho, un nerviosismo irracional que no podía explicar del todo y que atribuía simplemente al estrés de tener que entrar en la suite más cara y exclusiva del hotel mientras el misterioso y exigente huésped estaba presente. Le molestaba el contacto directo con los huespedes, sobretodo los que estaban en las habitaciones mas exclusivas, siempre la hacían sentir como una mancha de suciedad, una rareza en un mundo de terciopelo y champán. Al llegar al último piso, el pasillo la recibió con un silencio sepulcral, custodiado por un aire de exclusividad que se sentía denso y asfixiante. El olor aquí era distinto: cuero caro, tabaco fino y un perfume masculino que parecía flotar en las corrientes de aire del aire acondicionado. Se detuvo frente a la imponente puerta de madera de nogal tallada y, tras dudar un segundo, llamó dos veces con los nudillos, tratando de recuperar el aliento y la compostura. La puerta se abrió casi de inmediato, como si alguien hubiera estado esperando justo detrás. Quien la recibió fue el hombre del ascensor de esa misma mañana, el sujeto de traje oscuro que le había preguntado por recomendaciones de restaurantes. Emilia se sorprendió genuinamente al verlo allí, su mente conectó los puntos y supuso que él era el famoso asistente o el secretario personal del que hablaban las chicas abajo. —Buenas tardes —dijo el hombre.—. Pasa, por favor. Te estábamos esperando con urgencia, la mancha de vino está en el salón principal, cerca del ventanal. Ten cuidado con la alfombra. —Buenos días...—respondió ella con una timidez que rayaba en la sumisión, bajando la cabeza para evitar el contacto visual directo mientras empujaba su pesado y ruidoso carrito hacia el interior de la suite. No tenía forma de saber que cada uno de sus movimientos, cada parpadeo y cada respiración estaban siendo observados desde las sombras del salón por un hombre que llevaba cinco años muriendo, segundo a segundo, por volver a tenerla a su alcance. El aire dentro de la habitación parecía cargado y Emilia sintió que los vellos de sus brazos se erizaban sin razón aparente al cruzar el umbral.
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