Capítulo 12

1375 Palabras
Emilia camino hacia el salón de la suite presidencial con la cabeza baja y los hombros tensos, tratando de convencerse a sí misma de que aquel momento no era más que una tarea rutinaria, un pequeño inconveniente entre ella y el final de su jornada. Se arrodilló frente al desastre, ignorando deliberadamente el lujo de los muebles de roble y las cortinas de seda que la rodeaban, y comenzó a recoger los fragmentos de cristal con destreza, una habilidad nacida al entrar a trabajar en ese sitio, el cual ofrecia un sueldo muy bueno como para dejarlo ir facilmente. Sus dedos, protegidos por guantes de látex, se movían con rapidez, depositando los trozos afilados de la botella de vino en una pequeña bolsa de plástico con un sonido cristalino y seco. Luego, con un paño de microfibra, comenzó a absorber el líquido rojo oscuro que se había filtrado con rapidez alarmante en las vetas porosas del mármol italiano, tiñéndolo como si se tratara de una herida abierta en la piel de la propia habitación. Mientras aplicaba el líquido de limpieza y frotaba la superficie con movimientos circulares y rítmicos, una sensación punzante de incomodidad empezó a subir por su columna vertebral, erizando el vello de su nuca. Se sentía observada, pero no de la forma habitual en que un huésped vigila a un empleado para asegurarse de que el servicio sea impecable. Era algo mucho más denso, más pesado, una mirada que no juzgaba su trabajo, sino que parecía estar observandola a ella. Al levantar la vista por un segundo, buscando un respiro del fuerte olor a amoníaco, sus ojos chocaron directamente con la mirada de Elio. Él estaba sentado en una poltrona de cuero envejecido, a escasos metros de distancia, sosteniendo un vaso de cristal con un líquido ambarino que movía lentamente. No parpadeaba, sus ojos, oscuros y cargados, recorrían cada movimiento de Emilia: la curva de su espalda, el gesto preciso de sus manos, la forma en que un mechón rebelde de cabello castaño caía sobre su frente sudorosa. Elio estaba sumergido en una comparación dolorosa; buscaba en los rincones más profundos de su memoria las veces que había visto a Amalia realizar una tarea doméstica en la intimidad de su hogar, cada vez que ella se arrodillaba ante él para recoger algo que su propio descuido había tirado al suelo. Algo en su memoria, una certeza confiada, le gritaba que no había duda alguna: era ella, pero la lógica fría de su mundo le devolvía un golpe amargo de realidad. Si ella era Amalia, si su esposa estaba allí, respirando el mismo aire viciado de alcohol y desinfectante, ¿a quién demonios había llorado frente a aquel ataúd cerrado hace cinco años? ¿A quién le había jurado venganza sobre un mármol frío en el cementerio de Livorno? La sospecha comenzó a envenenar su mente: ¿fue su propio padre capaz de un juego tan retorcido y cruel, de entregarle un cuerpo falso y un funeral de mentira solo para asegurarse de que él, su heredero, se convirtiera en el monstruo desalmado que el imperio Cavallaro necesitaba? Emilia dio un brinco involuntario, casi violento, al notar la intensidad de esa mirada fija sobre ella. Dejó escapar un pequeño jadeo de susto y su cuerpo se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse, lista para abandonar el carrito y huir de aquella suite. Elio, en lugar de apartar la vista o disculparse por la intrusión, emitió una risa breve, ronca y cargada de una vibración que parecía una mezcla de alivio y una oscura satisfacción al ver el efecto que habia causado en ella. —Continúe —dijo él con una voz que era puro terciopelo envolviendo un núcleo de acero—. No permita que mi presencia o mi curiosidad la distraigan de su labor. Al fin y al cabo, el mármol no se limpiará solo. Emilia asintió con rapidez, su pulso martilleando en sus oídos. Evitó volver a mirarlo a la cara, concentrándose obsesivamente en una mancha casi invisible de vino. Esa evasión, ese silencio sepulcral por parte de ella, comenzó a inquietar a Elio; no estaba acostumbrado a ser ignorado, y menos por la mujer que ocupaba cada uno de sus pensamientos, sueños y pesadillas. Se levantó de la poltrona con una gracia peligrosa y luego caminó hacia ella, sus pasos amortiguados por la alfombra. Emilia, totalmente concentrada en tallar el suelo con un cepillo de cerdas duras, no se dio cuenta de lo cerca que estaba el hombre hasta que vio sus zapatos de cuero italiano, impecablemente lustrados, a escasos centímetros de sus manos. Él se inclinó lentamente, invadiendo su espacio personal con un perfume que olía a maderas caras y peligro. Elio extendió la mano y, con una delicadeza que era facil diferenciar de la energia peligrosa que emanaba de él. Tomó el mentón de Emilia entre sus dedos y la obligó a levantar la cabeza, ejerciendo una presión mínima pero absoluta. Ella, por un puro instinto de protección y humildad, intentó bajar la mirada hacia el suelo, negándose a reconocer la presencia de aquel extraño. —Mírame —ordenó Elio en un susurro cargado de una urgencia desesperada, una súplica disfrazada de mandato. Cuando Emilia finalmente cedió y sus ojos se encontraron de lleno, el mundo alrededor de ella pareció desintegrarse en un remolino de miedo y ansiedad. En ese instante, su mente estallo, rompiendo el velo de su amnesia. No fue un pensamiento lógico, sino un recuerdo vívido y sensorial: se vio a sí misma en una versión más joven, de rodillas en una habitación sumergida en una penumbra cálida, frente a un hombre de hombros anchos y torso desnudo cuya piel se sentía ardiente bajo sus dedos. El hombre la sujetaba exactamente de la misma forma, con la misma posesividad aterradora, y le decía al oído con una voz que le erizaba cada poro de la piel: "Eres mía, nadie más puede tocarte". El recuerdo fue tan punzante y real que Emilia sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. Le tembló la voz, pero el rechazo bruto hacia ese hombre desconocido que la tocaba sin permiso, rompiendo las reglas de su pequeña y segura burbuja de anonimato, fue mucho más fuerte que la confusión de su memoria fracturada. —¿Podría... podría evitar tocarme, señor? —logró decir, con una voz entre el miedo y un desprecio genuino que golpeó el orgullo de Elio como un bofetón en pleno rostro. Elio la soltó de inmediato, retirando la mano como si su piel hubiera sido hierro al rojo vivo. Ver el desprecio y la falta de reconocimiento en los ojos de la mujer que amaba, ser tratado como un simple acosador o un cliente abusivo por su propia esposa, le causó una opresión en el pecho que nunca antes había experimentado. Era un dolor nuevo, una agonía psicológica profunda y corrosiva que la de las cicatrices que el incendio había dejado en su espalda. Soltó una risa amarga, seca y carente de humor, tratando de ocultar su herida emocional bajo una máscara de burla aristocrática. —Vaya, una empleada con humos y principios —comentó con sarcasmo, dándole la espalda para caminar hacia el gran ventanal que dominaba la ciudad—. Termine de una vez su trabajo y lárguese. No tengo interés en ver más su cara por hoy. Emilia no necesitó que se lo dijera una segunda vez. Con movimientos frenéticos y descuidados, terminó de limpiar el área, guardó sus implementos en el carrito con las manos temblorosas y salió de la suite presidencial casi corriendo, sin mirar atrás, se sentía usada, sucia, violada en su intimidad por ese breve e intenso contacto físico. Sin embargo, mientras caminaba rapidamente por el pasillo hacia el ascensor, su corazón latía con fuerza hasta casi dolerle el pecho. El recuerdo de la habitación oscura y el hombre desnudo se había quedado grabado a fuego en su mente, y por primera vez en cinco años, Emilia tuvo la espeluznante certeza de que su pasado no era precisamente inocente, sino una historia escrita con la misma sensacion que ese hombre le habia causado al tocarla de esa forma, como si le perteneciera a alguien sumamente poderoso.
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