Capítulo 13

1389 Palabras
Desde que cruzó la puerta de la suite presidencial y sintió el contacto de aquellos dedos gélidos sobre su mentón, el dia de Emilia se había vuelto asfixiante, casi como una una jaula de estres donde el aire parecía escasear con cada hora que pasaba. La sensación de ser observada no la abandonó al salir de la habitación, ni al terminar su agotador turno, ni siquiera en la soledad de los pasillos de servicio donde el sonido de las aspiradoras solía ser casi siempre su única compañía y consuelo. Era una extraña sensacion invisible pero muy presente, un escalofrio en la nuca que le erizaba el vello y la obligaba a girar la cabeza cada pocos metros con el corazón en la garganta, solo para encontrarse con pasillos vacíos con alguna que otra luz parpadeante que necesitaba un foco nuevo o con compañeros de trabajo absortos en sus propias rutinas, que ignoraban por completo la ansiedad silenciosa que a ella la consumía por dentro. —Solo es el estrés, Emilia. Solo es el cansancio acumulado de meses sin descanso —se repetía a sí misma como un mantra desesperado, mientras sus manos temblorosas guardaban sus pertenencias en el casillero de metal que rechinaba con un sonido que la hacía saltar —. Las deudas acumuladas, el encuentro perturbador con ese hombre de mirada filosa... todo me ha dejado alterada, solo necesito llegar a casa, cerrar la puerta con doble llave y dejar que el sueño borre estas ideas locas. Trató de aferrarse a su rutina diaria como si fuera lo unico que la mantenia a salvo de perder su cordura. Marcó su tarjeta de salida con un golpe seco, y se dirigió hacia la salida trasera del hotel, una calle estrecha y adoquinada que solía ser su ruta más rápida hacia la parada del autobús. Sin embargo, en cuanto el aire frío y cargado de humedad de la tarde romana le golpeó el rostro, la sensación de acecho regresó como si fueran miles de ojos observandola por todos lados, como si las sombras de los edificios barrocos cobraran vida. El eco de sus propios pasos sobre las piedras antiguas parecía ser respondido por otros pasos, más ligeros, más calculados y perfectamente sincronizados, que se detenían justo cuando ella lo hacía. Emilia se detuvo en seco, conteniendo la respiración hasta que le dolieron los pulmones. Miró hacia atrás con los ojos muy abiertos, recorriendo con la vista las sombras alargadas y deformes que proyectaban los edificios antiguos bajo la luz amarillenta de las farolas. Nada. La calle estaba aparentemente muerta. Empezó a caminar más rápido, casi trotando, sintiendo que su corazón martilleaba contra sus costillas con un ritmo frenético que amenazaba con ensordecerla y nublar su juicio. —Estoy perdiendo la cabeza de verdad —murmuró para sí misma, apretando el bolso contra su pecho con nudillos blancos por la tensión—. El accidente... tal vez el daño cerebral de hace años finalmente está pasando factura y me está volviendo paranoica. Quizás los médicos tenían razón y los recuerdos perdidos están intentando salir de la peor manera posible. En ese preciso momento, un auto n***o de cristales oscuros e impecables avanzó lentamente por la calle, con el motor emitiendo un ronroneo, casi imperceptible pero cargado de una potencia contenida. Emilia sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna vertebral hasta la base del cráneo; el vehículo era idéntico al que había visto frente a su casa en los días anteriores, una presencia muy frecuente que ahora parecía confirmar sus peores temores con una certeza que asustaba. Sin embargo, decidió ignorarlo por su propia paz mental; no podía permitir que el pánico absoluto la consumiera en plena vía pública. El vehículo, sin embargo, no pasó de largo como una coincidencia afortunada; se detuvo suavemente justo a su lado, bloqueándole el paso de forma sutil pero efectiva, obligándola a detenerse frente a una pared de ladrillo húmedo. El vidrio del copiloto bajó con un zumbido eléctrico suave que, en el silencio del callejón, sonó como una sentencia de muerte. Un hombre de unos treinta años, vestido con una chaqueta informal de excelente corte y una camisa impecable, se asomó hacia ella. Tenía una sonrisa amable y facciones atractivas, casi angelicales, que inspiraban una confianza inmediata; era la clase de rostro que uno esperaría ver en un anuncio de perfumes o en una recepcion de un hotel, no en la pesadilla. —Disculpe la molestia, señorita —dijo con un tono de voz suave, ligeramente apenado y melódico, que desarmó cualquier defensa inmediata de Emilia—. Siento mucho importunarla a estas horas, pero mi GPS se ha vuelto completamente loco y me tiene dando vueltas por este sector desde hace veinte minutos. Las calles de un solo sentido de Roma son un laberinto para los que no somos de aquí. ¿Podría ser tan amable de decirme cómo llegar a la Vía del Corso? Emilia vaciló, con la mano aún apretando su bolso. El hombre parecía genuinamente inofensivo, incluso vulnerable en su pequeña confusión geográfica. Bajó la guardia por un segundo, queriendo ser útil para acallar sus propios miedos irracionales y demostrarse a sí misma que el mundo seguía siendo un lugar lógico y predecible donde los extraños solo pedían direcciones. —Sí, claro... —respondió, acercándose un par de pasos hacia el vehículo impulsada por una amabilidad que la caracterizaba—. Tiene que ir hasta el final de esta calle, girar a la derecha en la fuente y luego seguir las señales que indican el centro histórico... —¿Podría mostrármelo en el mapa aquí un segundo? —interrumpió él con una suavidad magnética, extendiéndole su teléfono inteligente a través de la ventana abierta—. Es que no estoy seguro de si el sentido de las calles ha cambiado recientemente debido a las obras y no quiero volver a terminar en un callejón sin salida. Mi hotel está en esa dirección y ya voy muy tarde. Emilia se inclinó para mirar la pantalla, concentrando su atención en el mapa digital que brillaba con una luz azulada en la oscuridad del coche. Fue el error definitivo, que ella no esperaba cometer despues de una tarde donde su cuerpo le advertian aun sin certezas de que algo malo pasaria. No escuchó el roce casi inaudible de una suela de goma táctica contra el pavimento detrás de ella, ni sintió la presencia física, fría y entrenada que emergió de las sombras de un portal adyacente con la rapidez y el silencio de un depredador que habia acechado a su presa durante horas. Antes de que su sistema nervioso pudiera procesar la señal de peligro, una mano enguantada, poderosa y experimentada le cubrió la boca y la nariz con un trapo grueso impregnado de un aroma químico dulce, denso y profundamente nauseabundo. Emilia forcejeó con todas sus fuerzas remanentes, una explosión de adrenalina que le permitió luchar durante unos segundos que parecieron horas. Sus manos intentaron apartar desesperadamente el brazo de hierro que la inmovilizaba, y sus piernas patearon el aire en un intento inútil por liberarse del agarre, pero el hombre que la sujetaba era como una pared de granito inmovible. El olor del paño invadió sus pulmones, quemando su garganta con una frialdad artificial y nublando su vista casi al instante. El forcejeo se volvió errático, los sonidos de la calle se convirtieron en un eco lejano y sus brazos perdieron la tensión, cayendo a los costados mientras sus rodillas cedían bajo el peso de una somnolencia, pesada y negra que el olor del paño en su cara le habia causado. Lo último que vio, antes de que el mundo se apagara por completo, fue el rostro del hombre del auto. Su sonrisa amable y cálida se había desvanecido por completo, reemplazada por una expresión de fría eficiencia profesional, la de un operario que simplemente estaba terminando una tarea rutinaria. El mundo se desdibujó en una mancha negra y el sonido de la ciudad se extinguió en un silencio sepulcral, dejando a Emilia sumergida en una negrura sin sueños ni recuerdos, justo cuando un par de brazos la subían con cuidado casi reverente pero con firmeza al interior del vehículo n***o, que se alejó de la escena sin dejar rastro de que ella alguna vez hubiera caminado por allí.
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