Capítulo 14

1828 Palabras
El restaurante principal del Hotel Palazzo di Luce era una joya de la arquitectura, con frescos en el techo que representaban escenas mitológicas de triunfo y castigo, y lámparas de cristal que proyectaban una luz cálida y vibrante sobre el mobiliario de terciopelo carmesí. Sin embargo, esa noche, el espacio no se sentía como un centro de alta cocina, sino como un santuario dorado construido para un solo hombre. Elio Cavallaro cenaba solo en la mesa central, rodeado de una quietud inquietante. No era que el hotel careciera de huéspedes distinguidos o que la temporada fuera baja; era que Elio había pagado una fortuna exorbitante para que nadie más, absolutamente nadie, cruzara ese la puerta mientras él celebraba su victoria más privada y peligrosa. Llevaba puestas unas gafas oscuras, de esas cuyos cristales fotocromáticos se adaptan con precisión a la intensidad de la luz ambiental. Aunque la iluminación del salón era tenue, los cristales se mantenían en un tono grisáceo y penetrante, ocultando sus ojos de la critica ajena. Eran una declaración de principios silenciosa: no se arrepentía de la decisión que acababa de tomar, ni del rapto, ni de la mentira que estaba a punto de sostener. Frente a él, un filete de buey perfectamente sellado y bañado en una reducción de vino tinto reposaba en un plato de porcelana fina, pero Elio apenas le prestaba atención a la comida. En el aire flotaba la voz de un tenor italiano en una grabación clásica de los años cincuenta, una melodía melancólica que hablaba de amores perdidos, de barcos que nunca regresan y de reencuentros que solo ocurren en el umbral de la muerte. Tres empleados del hotel lo atendían con una diligencia que casi rozaba el pánico. No conocian quien era, su identidad habia permanecido en secreto durante toda su estadia, pero por la facilidad con la que soltaba fajos de billetes, era evidente que era alguien sumamente poderoso. Con guantes de seda blanca, le servía un Brunello di Montalcino con sutil eficiencia, asegurándose de que la etiqueta fuera visible en todo momento; otro acomodaba con cuidado una selección de pequeños postres típicos, cannoli sicilianos, tiramisú con cacao amargo y una panna cotta bañada en frutos del bosque en el borde de la mesa. A Elio nunca le había gustado el azúcar; asociaba el dulzor con la debilidad y la falta de disciplina, pero esa noche se sentía atrevido, casi eufórico. Decidió excederse con la tradición de su tierra como un niño que comete un pecado venial. El propio chef ejecutivo del hotel se acercó personalmente para presentarle el siguiente plato de caza, explicando el origen de los ingredientes con una voz temblorosa y un respeto reverencial que Elio ignoró con una elegancia glacial. En ese momento de tensa calma, la puerta doble del restaurante se abrió de par en par y Lorenzo entró. Su paso era rápido, pero tan silencioso como el de un fantasma. Se acercó a la mesa y se inclinó lo justo para que su voz no llegara a los oídos de los camareros que aguardaban. —El trabajo ya está hecho, Don Elio. Ella está bajo sedación leve y en camino al aeródromo —susurró Lorenzo—. No hubo complicaciones en la extracción. Elio no reaccionó de inmediato. Mantuvo el tenedor de plata en la mano, masticando con tranquilidad, saboreando el hierro de la carne y el triunfo de la posesión. Solo cuando Lorenzo se situó firme y vigilante detrás de su silla, una pequeña sonrisa de satisfacción, casi imperceptible pero con un brillo casi depredador, curvó la comisura de sus labios. Extendió su copa de cristal hacia el centro de la mesa vacía, brindando con el aire y con la vida caprichosa, que habia tenido compasion de él y tambien con su propia voluntad de hierro que acababa de desafiar las leyes del hombre y de Dios. —Por las cosas que el fuego no pudo consumir —murmuró Elio en un tono apenas audible, pareciendo comentar la calidad del vino ante los sirvientes, aunque sus ojos fijos en el vacío decían otra cosa—. A veces, la cosecha de este año es mejor que la que creíamos perdida para siempre. Bebió el vino con deleite, saboreando el triunfo como si supiera a gloria, pero aquella celebracion privada fue interrumpida por el vibrar persistente de un teléfono. Lorenzo sacó el dispositivo de su bolsillo; era el teléfono personal de Elio, el que solo conocían los miembros del círculo más íntimo de la familia. —Es su hermana, Génova —anunció Lorenzo tras verificar la pantalla—. Es la quinta vez que llama en diez minutos. Insiste en hablar con usted; dice que no responde a sus llamadas privadas y que su paciencia se está agotando. —Dile que estoy ocupado en una reunión de seguridad o algo asi—respondió Elio sin molestarse en girarse, observando cómo las burbujas de un postre se deshacían. Lorenzo intentó seguir la orden con su habitual estoicismo, pero al otro lado de la línea, la voz de Génova Cavallaro se elevó en un tono tan altivo, arrogante y estridente que se escuchaba con claridad incluso a través del auricular, rompiendo la atmósfera de la ópera italiana que sonaba de fondo. —¡Pásame con mi hermano ahora mismo, Lorenzo! No olvides cuál es tu lugar en esta familia ni quién te paga el salario —gritaba la joven desde la villa de verano en la Toscana—. No me importa si está cenando con el Papa o torturando a un traidor, mi llamada tiene prioridad absoluta sobre sus "reuniones". Elio, visiblemente molesto por la interrupción de su celebración y por el tono que su hermana menor se atrevía a usar con su hombre de máxima confianza, suspiró con un fastidio que rozaba la ira. —Dame eso —ordenó Elio, extendiendo la mano hacia atrás con un gesto autoritario. Al tomar el teléfono, la voz de Génova lo recibió con un estallido de indignación inmediata. —¡Es increíble la falta de cortesía de Lorenzo, Elio! —exclamó ella, con el veneno goteando en cada sílaba—. Se atreve a cuestionarme y a ponerme trabas como si fuera un simple mensajero de la calle. Deberías enseñarle modales o buscar a alguien que sepa tratar a una Cavallaro con el respeto que se merece. Su arrogancia es simplemente insufrible. —Lorenzo solo hace su trabajo, Génova, algo que tú pareces desconocer por completo. Deja de actuar como una niña caprichosa que no recibe su juguete —cortó Elio con una frialdad que solía silenciar a hombres con el doble de experiencia que ella—. Ve al grano de una vez. ¿Qué es lo que realmente quieres a estas horas? —Me gustaría visitar tu villa esta semana —respondió ella, suavizando el tono con una rapidez que delataba su naturaleza calculadora—. Tengo algunos asuntos pendientes en Livorno, algunas compras y... ciertos eventos sociales que atender. Quiero visitar a mi hermano mayor ahora que es el nuevo rey del imperio. No querrás que la familia parezca desunida, ¿verdad? Elio hizo una pausa prolongada, mirando los restos de sangre del filete en su plato, que empezaban a enfriarse. —¿No deberías estar todavía guardando luto riguroso y llorando la muerte de nuestro padre? —preguntó él con un rastro de ironía cortante—. Apenas han pasado semanas desde el funeral. Génova soltó una carcajada cristalina, melódica y carente de sentimiento por el altavoz, una risa que revelaba la verdadera naturaleza de los Cavallaro. —Amaba a papá a mi manera, Elio, tú lo sabes mejor que nadie, pero seamos honestos, me alegra que Cosimo Cavallaro finalmente haya dejado el trono libre. Estaba viejo, se había vuelto paranoico y sus métodos estaban asfixiando mis... libertades. Era tiempo de sangre nueva, la tierra ya lo reclamaba. Elio cerró los ojos un instante, recordando quien era realmente Genova Cavallaro. Su hermana, la hija consentida que siempre obtenía lo que quería con un berrinche o una sonrisa falsa, en realidad solo amaba los privilegios ilimitados que el apellido le otorgaba. Recordó con amargura cómo, de niños, podían pasar semanas enteras sin ver a su padre, y cuando este finalmente volvía de sus "viajes de negocios", apenas los miraba o les hablaba, más interesado en sus registros de contabilidad, sus mapas de rutas de contrabando y sus acuerdos con la política corrupta que en el bienestar de sus propios hijos. Génova había aprendido bien la lección: el amor era una moneda de cambio, no un sentimiento. —Puedes ir a la villa si tanto te urge —dijo Elio con voz calmada—, pero no me encontrarás allí para recibirte con alfombra roja. No estaré en Livorno por un par de semanas. Hubo un silencio denso y cargado de sospecha del otro lado de la línea. Génova era astuta, mucho más de lo que Elio quería admitir, y poseía un instinto casi animal para detectar la debilidad o los secretos. —¿Un par de semanas? ¿A dónde demonios podrías ir ahora que acabas de tomar el control de Livorno? Imagino que debe haber reuniones urgentes con los otros capos, Elio. Hay territorio que asegurar en el sur y deudas que cobrar. Un Don no se toma vacaciones en su primer mes de mandato. —Son asuntos personales, Génova. Asuntos de una naturaleza que no te incumben y que no requieren tu supervisión —respondió él de forma inteligente, evadiendo la pregunta—. Lorenzo se encargará de que no te falte nada en mi villa de Livorno. Disfruta de la piscina y trata de no meterte en problemas. Sin esperar una respuesta que sabía que sería una nueva ronda de preguntas, Elio colgó la llamada con un movimiento seco y le devolvió el teléfono a Lorenzo, sin embargo, en la Toscana, Génova Cavallaro no se quedó tranquila observando la vista que tenia desde el jardin. Inmediatamente marcó el número de su madre, la viuda de Cosimo, una mujer que conocía cada rincón oscuro de la mente de su esposo muerto como la de su hijo. La conversación no fue larga, pero el tono era de una sospecha y una creciente alarma. No era común, ni lógico, ni aceptable que un Don que acababa de adquirir el poder absoluto de la organización criminal más peligrosa de Italia abandonara su territorio estratégico por "asuntos personales" justo cuando las otras familias de la Comisión estaban oliendo la sangre y buscando cualquier señal de distracción para atacar. Elio bebió el último sorbo de su copa de vino, consciente de que su ausencia levantaría sospechas que podrían desencadenar una guerra, pero con la mente puesta únicamente en el avión que, en ese preciso momento, ya debia estar despegando rumbo a su isla en Grecia, llevando consigo un tesoro cuyo valor era mas grande que la misma riqueza que poseia toda la familia Cavallaro.
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