Capítulo 15

1316 Palabras
Emilia sentía el mundo exterior como una serie de visiones ajenas, una especie de distorsion de sus sentidos, anestesiados por el olor de una draga demasiado fuerte como para hacerla sentir en una nube, no lograban procesar nada con coherencia. Primero, fue el ronroneo profundo, monótono y casi hipnótico de un motor de turbina que hacía vibrar el suelo bajo su cuerpo; luego, el zumbido sordo y persistente de una presurización que le taponaba los oídos, indicando una altitud y una velocidad que su cuerpo, acostumbrado a la gravedad de las calles romanas, no podía comprender. Ocasionalmente, el eco lejano de voces masculinas, graves y distantes, como si esas personas hablaran desde el otro lado de un muro de agua densa. En uno de esos breves lapsos de semi-conciencia, creyó escuchar una risa. Era un sonido seco, metálico, sin ningun rastro de empatía humana y en su estado desorientado, Emilia no supo si se reían de un chiste compartido entre sus captores o si la burla iba dirigida cruelmente hacia ella, quien se habia convertido en una especie de un trofeo sedado en camino hacia un destino desconocido. Intentó abrir los párpados, pero el mundo era una especie de mancha borrosa de sombras moviéndose, su cuerpo parecia comenzar a responderle, aunque su mente aun seguia confundida, ya podia sentir sus dedos, pero antes de que pudiera emitir el más mínimo gemido de protesta, sintió el frío roce de una mano sobre su brazo y el pinchazo casi imperceptible de una aguja fina hundiéndose en su piel. Alguien, una sombra silenciosa y letal, volvía a suministrarle una dosis para evitar que tuviera nocion del lugar en el que se encontraba. Asi, Emilia volvio a hundirse de nuevo, arrastrada por una sensacion que la hizo sentir pesada y sin control de su propio cuerpo. Cerro los ojos, esta vez, el sueño fue extraño. No era una pesadilla sobre su secuestro, sino una extraña vision sobre algo que no tenia logica en un momento asi. Escuchaba el repique constante, rítmico y solemne de las campanas de una iglesia antigua, un sonido que resonaba en su pecho como si fuera su propio latido cardiaco. A través de un velo de tul blanco y encaje que distorsionaba la luz del sol, veía la silueta de un hombre de hombros anchos y postura imponente, cuya voz, profunda y cargada de una devoción que rozaba lo fanático, recitaba un voto que la estremecio: “Amor eterno... fidelidad absoluta más allá de la muerte... hasta que el mundo mismo se consuma en el olvido”. Aquellas palabras, que en cualquier otro contexto habrían sido un motivo de alegria, le generaban a Emilia un extraño sentimiento de rechazo y náusea, una sensacion extraña que su mente no lograba entender, era como si esas promesas dulces fueran, en realidad, una mentira piadosa, un contrato firmado con su propia sangre o la advertencia de una tragedia que ella ya había vivido y olvidado por puro instinto de supervivencia. Sentía que el hombre del sueño no le juraba amor eterno, sino que le imponía una sentencia de muerte sobre su cabeza. Cuando finalmente abrio los ojos, una extraña luz blanca, pura y de una intensidad casi divina le golpeó el rostro como una bofetada de realidad. Emilia parpadeó con violencia, sintiendo los párpados pesados y pegajosos por la sedación prolongada, y la garganta tan seca que cada intento de tragar se sentía como si estuviera ingiriendo arena caliente del desierto. El cuerpo le pesaba una tonelada; cada músculo, desde los dedos de los pies hasta la mandíbula, parecía estar hecho de plomo fundido, y sus pensamientos se movían con la exasperante lentitud de un animal herido tratando de orientarse. Por un instante, la desorientación la engañó por completo, creyó que estaba en su pequeño y humilde departamento de Roma, que tal vez había dormido más de la cuenta tras una jornada pesada en el hotel y que tal vez habia olvidado apagar la luz antes de dormir por lo cansada que estaba o incluso que el sol del medio dia estaba entrando por su ventana sin cortinas, pero la realidad de lo ocurrido tras salir del trabajo volvió a su mente como un balde de agua helada, intento levantarse del susto, haciendo un enorme esfuerzo para tratar de levantarse que hizo que sus pulmones ardieran por la falta de oxígeno y asi apoyarse finalmente sobre sus codos. El sudor frío comenzó a perlar su frente mientras trataba de enfocar la vista a su alrededor. Definitivamente, no estaba en su casa. Se encontraba en una habitación, casi obscena por lo hermosa que era, con paredes de un blanco que parecían absorber el sonido y techos altos decorados con vigas de madera noble que olían a cedro y cera cara. Los muebles eran de un gusto exquisito, minimalista y vanguardista, gritaba riqueza y una exclusividad que no cualquiera podia tener. Al bajar la vista hacia su propio cuerpo, el terror se intensificó hasta volverse un nudo insoportable en su garganta, ya no llevaba su uniforme de camarera, en su lugar, vestía un camisón de seda blanca de tirantes finos. La tela era de una suavidad exquisita que se deslizaba sobre su piel como una caricia no deseada. Alguien la había desvestido mientras estaba indefensa, alguien había manipulado su cuerpo, reemplazando la ropa que la identificaba como trabajadora por esa imagen de "novia" o "prisionera de lujo" mientras ella vagaba por el viaje de las drogas. Como pudo, haciendo un esfuerzo de voluntad que creía perdida hace cinco años, logró sentarse en el borde de la cama, pero el mundo dio una vuelta completa, obligándola a cerrar los ojos con fuerza para no vomitar. Sus piernas no respondían de inmediato; estaban entumecidas, flácidas y sin fuerzas, una prueba de que la dosis de sedantes había sido masiva, casi como si temieran que si abria los ojos, incluso su alma podia salir de su cuerpo con tal de huir. Se quedó allí, sentada en un silencio que solo era roto por el sonido de su propia respiración entrecortada, mientras observaba el inmenso ventanal que se alzaba de suelo a techo frente a la cama, siendo la univa ventana que tenia del mundo, pero tambien de su nueva y aterradora realidad. A través del cristal, el espectáculo era sublime y aterrador al mismo tiempo: un amanecer sobre el mar y el cielo estaba teñido de tonos rosáceos, violetas y naranjas encendidos que se reflejaban en el agua cristalina, creando un horizonte infinito donde el cielo y el mar se fundían. La paz de aquel lugar solo era interrumpida por el lejano romper de las olas contra los acantilados. Aquel sonido le hizo tener una extraña sensación de deja-vú, por alguna razón que no podía explicar, aquella vista exacta de la luz dorada filtrándose por las persianas, el aroma a salitre mezclado con jazmín y la quietud casi sepulcral del lugar le recordaron los episodios recurrentes de sus sueños y a la silueta del hombre que la acechaba muy recuenrrentemente en sus visiones que no sabia si eran recuerdos o solo estaba volviendose loca. Se sentía como si, de manera imposible y cruel, hubiera regresado a un lugar conocido, un lugar donde alguna vez fue otra persona, pero por obvias razones, estar ahi le aterrorizaba, no solo por la forma en como habia llegado, sino porque su cuerpo tenia la necesidad de espacar de ahi, casi como si advirtiera que moriria si no se iba. Emilia se quedó inmóvil, observando cómo el sol ascendía lentamente, mientras esperaba a que el entumecimiento de sus miembros cediera lo suficiente para permitirle ponerse en pie y buscar una salida. Estaba atrapada en medio de la nada azul y temia que aquel sitio se convirtieran en realidad en su tumba o aun peor, en una jaula de otro donde alguien la usaria igual que a una prostituta.
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