Capítulo 16

1625 Palabras
El interior del jet privado de los Cavallaro era un transporte que no dejaba de mostrar cuan poderosa era esa familia. Los asientos estaban hechos de cuero de napa cosido a mano, acabados en madera de nogal africano y tecnología de vanguardia que permitía gobernar un imperio desde las alturas. Elio permanecía sentado en su butaca giratoria, con una tableta electronica en la mano izquierda y una taza de café n***o cuyo aroma amargo y denso llenaba la cabina presurizada. En una pantalla secundaria integrada en el mamparo, un analista político desgranaba las nuevas tensiones arancelarias en el Mediterráneo, pero Elio apenas le prestaba atención a la noticias de politica, sus ojos estaban fijos en un informe detallado que Lorenzo le había preparado meticulosamente: una hoja de ruta de los movimientos financieros de la organización, los asuntos pendientes con los sindicatos corruptos en los muelles de Livorno y las ganancias exponenciales de su primer mes como cabeza de la familia. Los números eran fríos, pero no mentían; su liderazgo, basado en la eficiencia y violencia selectiva, era mucho más lucrativo que el de su padre, pero también lo situaba en un lugar mucho más peligroso. Justo cuando apartaba el borde de la porcelana de sus labios, su telefono sobre la mesa de caoba vibró con una insistencia casi insolente, el nombre que iluminaba la pantalla hizo que su mandíbula se tensara y que el placer del café se evaporara instantáneamente, era una llamada que no le daba gusto recibir, pero que incluso el Don de la familia Cavallaro no podía permitirse ignorar sin desencadenar una crisis doméstica de proporciones épicas. —Madre —dijo Elio al responder, con un tono de voz neutro que no mostraba emocion ni afecto, casi como si estuviera negociando un cargamento con un socio comercial de poca confianza. —¿"Madre"? —La voz de Doña Carlota al otro lado de la línea era una mezcla de elegancia y reproche materno—. Ni una pizca de calidez para la mujer que te trajo al mundo y te protegió de los lobos, Elio. A veces creo que tengo una máquina de calcular diseñada en un laboratorio de Milán que un hijo. —Tengo una imagen que mantener, incluso ante ti, Carlota —respondió él con una sequedad que cortaba el aire—. Ya no soy el chiquillo de cinco años que buscaba tu aprobación o se escondía tras tus faldas. El mundo en el que me muevo, el que tú misma ayudaste a construir, no permite esas debilidades sentimentales. Además, me pregunto si por casualidad un "pájaro chismoso" de mi propia sangre ya te ha informado de mi decisión de tomar un par de semanas de vacaciones. Se hizo un breve silencio. Elio sabía perfectamente que Génova, su hermana menor, ya había corrido a contarle sus sospechas sobre su repentina desaparición, buscando en su madre una aliada contra el capricho de Elio. —No culpes a tu hermana, Elio —dijo su madre con un tono protector que escondía su propia curiosidad—. Ella está legítimamente preocupada por la estabilidad de la organización. Solo busca el bien de la familia, y hasta ella sabe que ausentarse ahora, cuando nuestros enemigos estan al acecho, es una señal de vulnerabilidad que no podemos permitirnos. Un Don que se esconde es un Don que invita a los lobos a atacar su hogar. —A Génova no le importa la estabilidad de la familia, madre —soltó Elio con una mueca de desdén que no necesitaba ser vista para ser sentida—. Le importa que yo siga aquí para proteger sus privilegios, para firmar sus facturas y para mantener a los enemigos a una distancia donde ella no tenga que oler el miedo. —Eres el Don, Elio. Somos blancos de personas muy poderosas, hombres que han esperado décadas para ver caer a un Cavallaro. Siempre van a buscar dañarte, y saben que la mejor forma de encontrar una grieta en tu imperio es a través de tus seres queridos, de los que compartimos tu mesa. Elio soltó una risa calmada, gutural y sin rastro de humor que habría helado la sangre de cualquier hombre fuerte, pero Carlota Cavallaro no era cualquiera; ella era la mujer que había sobrevivido a Cosimo. —Si a ti o a Génova las mataran mañana mismo, madre, yo no me derrumbaría —sentenció con una frialdad glacial—. Simplemente tendría más motivos de venganza y muchos menos obstáculos para acabar con mis enemigos de forma definitiva. Así que, créeme cuando te digo que ustedes no son exactamente mis "grietas" son mis responsabilidades, no mis puntos débiles. —¿Y entonces cuál es? —preguntó su madre con la rapidez de una cobra, intentando acorralarlo en su propia lógica—. Todo hombre tiene una, Elio. Incluso tu padre, con toda su crueldad, la tenía. Ningún imperio se sostiene sin un cimiento emocional, por muy enterrado que esté. Elio se quedó en silencio un segundo eterno. Su mente voló lejos del jet, atravesando el mar hasta la habitación blanca en Grecia, hacia la mujer que debia seguir dormida bajo los efectos de un sedante y que no era otra que su esposa, el alma que habia vuelto a él desde la muerte. Para no levantar sospechas en la mente analítica de su madre, apretó el puño hasta que el cuero de sus guantes hicieron un chirrido para cambiar la tension por completo. —La única persona que era capaz de hacerme derrumbar ya no existe —dijo con un aire calculador, inyectando veneno en cada palabra—. Y tú lo sabes mejor que nadie. Fue mi padre quien mandó a asesinarla porque la consideraba una distracción peligrosa para el heredero que quería formar. Dime, madre... ¿tú lo sabías? ¿Sabías lo que Cosimo planeaba para Amalia aquella noche? ¿O simplemente miraste hacia otro lado mientras la enviaban al matadero? Doña Carlota no respondió de inmediato. El silencio del otro lado de la línea fue la confirmación que Elio necesitaba para reafirmar su desprecio. —No estaré ausente por mucho tiempo —continuó Elio, rompiendo la tensión antes de que ella pudiera fabricar una mentira—. Si hay alguna emergencia real que requiera mi firma o mi sangre, volveré de inmediato. Mientras tanto, puedes estar tranquila, unas vacaciones bien merecidas no significan que esté huyendo de mis responsabilidades, sino que estoy asegurando que el Don tenga la mente despejada para lo que viene. Ah, y antes de colgar... mis condolencias por la muerte de tu "amigo", Pietro. Fue una lástima su accidente en lancha la semana pasada. Escuche que se resbalo justo hacia donde estaba el motor de la lancha, creo que debio estar muy ebrio cuando paso. Elio no esperó a que ella procesara su confesión, él había ordenado la ejecución del amante secreto de su madre como una advertencia de que nadie, ni siquiera ella, estaba fuera de su alcance. Colgó la llamada y dejó el teléfono sobre la mesa, volviendo a su café con una expresión molesta, mientras el jet comenzaba su descenso hacia las aguas turquesas. En la villa principal de los Cavallaro en Livorno, Doña Carlota se quedó unos segundos con el auricular aún pegado al oído, escuchando el tono de desconexión que zumbaba como una mosca atrapada. Sus ojos, envejecidos pero llenos de una astucia letal que los años no habían podido mitigar, se fijaron en la mujer que estaba de pie frente a ella. Era Agata, su sirvienta de confianza, una mujer de su misma edad que la había acompañado en cada parto, en cada funeral y en cada conspiración desde que ambas eran apenas adolescentes. Agata no era solo una empleada; era la única persona en el mundo a la que Carlota le confiaría su vida y sus secretos más oscuros. Doña Carlota le entregó el teléfono a Agata con un suspiro de desprecio. —Los hombres son unos imbéciles, Agata —murmuró Carlota, alisándose con manos temblorosas el vestido de seda negra—. Creen que por saber apretar un gatillo y dar órdenes a gritos pueden controlar el mundo. Elio cree que su frialdad lo hace invulnerable, cree que matar a Pietro me hará retroceder. —El joven Don fue educado asi, usted misma le regalo su primer arma, mi señora —comentó Agata con voz serena, una voz que ocultaba su propia peligrosidad detrás de la humildad del servicio. —Lo sé, Agata, pero lo que Elio no ha comprendido todavia es que no debe subestimar a nadie, ni siquiera a su madre. Las mujeres sabemos cuándo callar, cuándo sonreír y cuándo actuar mientras ellos se golpean el pecho como gorilas en una jaula —Carlota miró por la ventana hacia el jardín italiano perfectamente podado—. Necesito que averigües exactamente dónde está mi hijo, Agata, pero hazlo de forma discreta, utilizando los contactos que conservamos fuera de la red de vigilancia de mi hijo. Elio está ocupado asesinando a todos los hombres que le fueron fieles a su padre por encima de él; está limpiando la casa, no quiero que te mate por un error de cálculo, pero tampoco voy a permitir que juegue a los escondites conmigo. Agata asintió con una reverencia solemne, para evitar ver la agitación de su ama. —Se hará con la máxima discreción, Doña Carlota. —Más vale —concluyó la madre de Elio, recuperando su compostura de hierro—. Porque si mi hijo ha encontrado algo por lo que valga la pena dejar su imperio desatendido en su momento de mayor gloria, yo necesito saber qué es antes de que sus enemigos lo descubran y lo usen para destruirnos a todos.
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