Capítulo 17

1694 Palabras
El sol de la mañana inundaba la habitación con demasiada claridad, una luz mediterránea tan pura y calida que parecía capaz de revelar hasta el más mínimo pecado oscuro de los rincones de la estancia. Emilia logró, tras varios intentos fallidos que terminaron con ella desplomada de rodillas sobre la alfombra de lana blanca, ponerse finalmente en pie. Sus piernas temblaban con una fragilidad alarmante, recordándole a una niña pequeña que apenas podia mantenerse de pie. El suelo bajo sus pies descalzos no se sentía sólido, sino que parecía temblar como la arena que era arrastrada por el mar que veía a lo lejos. Su primer instinto, casi animal, fue arrastrarse hacia el inmenso ventanal que dominaba la pared frontal. Apoyó las manos en el cristal frío para sostenerse y observó con una mezcla de fascinación y horror, el paisaje era una postal de serenidad paradisiaca, una belleza que se sentía como una burla cruel a su situación. Frente a ella se extendía una playa de arenas blancas y finas, salpicada por vegetación exuberante y plantas exóticas cuyos nombres desconocía, con palmeras que se mecían al ritmo de un viento invisible y constante. A la distancia, una piscina reflejaba el azul del cielo, y más allá, un jardín diseñado con tal precision que solo el dinero ilimitado podía comprar. Todo estaba sumido en un silencio desértico, no había guardias con uniformes tácticos, ni perros de ataque patrullando el perímetro, ni mucho menos alambradas electrificadas que delataran su condición de cautiva. Esa una ausencia total de vigilancia la desconcertó mucho más que si hubiera visto un ejército rodeando la propiedad y esa paz era casi una declaración de que no tenía a dónde huir. —Tengo que salir de aquí... —susurró para sí misma, sintiendo el ardor del pánico trepando por su espalda. Caminó hacia la puerta de madera pesada, apoyando el hombro en la pared de estuco blanco para no caer ante el mareo que la tambaleaba cada paso. Al abrirla con una cautela, asomó la cabeza esperando encontrar el rostro severo de un carcelero o el cañón de un arma, pero el pasillo de la lujosa villa estaba desierto. Siguió el rastro de luz natural por el corredor, arrastrando los pies sobre el mármol, bajando las escaleras peldaño a peldaño concentrada, enfocándose únicamente en llegar al vestibulo sin rodar por los escalones. El eco de sus propios pasos, pesados y torpes, era el único sonido que interrumpía el canto de las cigarras en el exterior. Al llegar al vestíbulo, se abalanzó sobre la imponente puerta principal, una pieza de bronce y madera que parecía la entrada de un templo, pero por más que tiró de las manijas con toda la fuerza que pudo reunir, esta no cedió ni un milímetro. Estaba cerrada por un mecanismo electrónico o simplemente era demasiado pesada para su cuerpo aun debilitado Frustrada y con las lágrimas empezando a nublar su vista, recorrió la planta baja buscando cualquier otra salida. Probó con las ventanas del salón de doble altura, pero todas tenían sistemas de seguridad y cerrojos ocultos que su mente nublada no lograba comprender. Finalmente, llegó a la cocina, un espacio forrado en mármol oscuro donde se podian ver algunas ollas de acero inoxidable colgando de un par de ganchos. Sobre la encimera, estaba una base de cuchillos que sus ojos no pasaron desapercibidos y sin pensarlo dos veces, tomó el más grande, un cuchillo de chef de hoja ancha, sintiendo una pequeña e insignificante victoria contra sus captores al lograr encontrar algo con que defenderse. Siguió rebuscando frenéticamente en los cajones, tirando utensilios al suelo, hasta que sus dedos dieron con un mazo de madera pesada para carne. "Suficiente", pensó con una determinación desesperada si no podía abrir la puerta, crearía su propia salida. Volvió al salón, con el corazón martilleando contra sus costillas y con la fuerza de su misma frustración y miedo acumulados, arrojó el mazo contra uno de los ventanales laterales. El estruendo fue ensordecedor, rompiendo la paz de la isla, el vidrio templado, diseñado para resistir tormentas, pero no impactos directos, se desintegró en miles de cristales diminutos que cayeron como una lluvia de diamantes rotos sobre el suelo de mármol. El ruido atrajo de inmediato a dos mujeres, empleadas domésticas de la villa que Lorenzo había mantenido para el servicio básico por orden de Elio. Al ver a Emilia de pie entre los vidrios rotos, despeinada y empuñando el cuchillo con manos temblorosas, ambas retrocedieron con las palmas en alto, en un gesto de rendición instintivo para no asustar a la pobre chica que parecia estar en medio de una crisis de psicosis. —¡Por favor, señorita! Deje eso ahora mismo, se va a lastimar los pies con los vidrios —suplicó una de ellas, una mujer mayor con un marcado acento siciliano, cuya voz denotaba más lástima que miedo. —¡Aléjense de mí! ¡Son unas secuestradoras! —gritó Emilia, apuntándoles alternativamente con el cuchillo mientras su cuerpo entero sufría espasmos de puro terror—. ¿Dónde me tienen? ¡Díganme cómo salir de este maldito lugar! Las mujeres se miraron entre sí, genuinamente confundidas, no parecían entender las acusaciones de "secuestro" porque esa Isla estaba destinada para que la familia Cavallaro descansara, asi que las unicas armas que los empleados habian visto, eran de los guardias de seguridad que vigilaban las playas para evitar visitas imprevistas. Solo seguían insistiendo, con una calma exasperante, en que se apartara del peligro, pero en ese instante, la figura imponente de Elio apareció en el umbral del salón, seguido por Lorenzo. Ambos habían escuchado el estallido del vidrio mientras llegaban por el camino principal luego de recorrer un camino en auto de 20 minutos desde la pista de aterrizaje de la isla. Emilia fijó la vista en él y sintió que el aire abandonaba sus pulmones. La imagen del huésped de la suite presidencial, aquel hombre que se había atrevido a tocarla con una familiaridad aterradora en el hotel, fue la pieza final que necesitaba para armar el rompecabezas de su secuestro. —¡Tú! —exclamó ella con una voz cargada de un odio puro—. Tú lo planeaste todo. Me secuestraste, me drogaste como a un animal y me trajiste a este sitio... ¿Qué quieres de mí? Elio no respondió de inmediato. No hubo disculpas, ni explicaciones lógicas, ni el más mínimo rastro de emoción o arrepentimiento en sus facciones. Solo avanzó hacia ella con pasos lentos y depredadores, ignorando los cristales que crujían bajo sus zapatos de piel. Emilia, en un acto impulsivo y desesperado por recuperar algo de control, arremetió contra él con el cuchillo. Elio reaccionó con una rapidez felina que desafiaba su aparente calma: extendió la mano con fuerza y sujetó la hoja del cuchillo directamente por el filo antes de que pudiera rozar su pecho. Emilia ahogó un grito de horror, esperando ver la sangre brotar y manchar el suelo, pero Elio llevaba sus inseparables guantes de cuero n***o, reforzados y diseñados para ocultar las cicatrices del pasado y protegerlo del presente. Con un movimiento brusco y experto, le arrebató el arma de las manos y la lanzó con desprecio hacia un rincón en el suelo. —Si vas a intentar matarme —dijo Elio con una voz tan baja, gélida y autoritaria que la hizo estremecer hasta la médula—, asegúrate de que tu único objetivo sea que yo no quede con vida para devolverte el golpe. De lo contrario, solo me haces perder el tiempo con tu melodrama. Mírate: has causado un caos innecesario, has destrozado mi propiedad y has aterrorizado a mis empleadas por una pura y simple tonta impulsividad. La frustración de Emilia, alimentada por el cansancio y la humillación de ser tratada como una niña caprichosa, estalló. Con la palma abierta y toda la fuerza que pudo reunir, le propinó una bofetada tan sonora que el eco rebotó en las paredes de mármol. La palma le ardió intensamente al contacto con la mejilla de Elio, pero él ni siquiera movió la cabeza ni parpadeó. Se limitó a clavar sus ojos severos en los de ella, una mirada que prometía consecuencias pero que no mostraba dolor. —Lorenzo, llévala a su habitación. Ahora —ordenó Elio sin apartar la vista de Emilia. Lorenzo dio un paso al frente, intentando mantener respeto y caballerosidad, poniendo una mano suave en su hombro para guiarla, pero Emilia, completamente fuera de sí y negándose a ser tocada de nuevo, le lanzó un golpe seco al rostro que lo obligó a retroceder sorprendido. Elio soltó un largo suspiro de agotamiento, su paciencia finalmente habia llegado a su limite ante la resistencia terca de la mujer que tenia enfrente. Sin decir una palabra más, rodeó la cintura de Emilia con un brazo de hierro, la levantó del suelo ignorando sus patadas y se la cargó al hombro como si fuera un costal de papas. Emilia forcejeó, gritó insultos que él ignoró y golpeó su espalda con los puños, pero Elio era una roca irrompible. Una de las empleadas, la misma que horas antes la había desvestido y le había puesto el vestido de seda, los guio en silencio de vuelta a la planta alta. Una vez en la habitación principal, Elio la dejó caer sobre el colchón con una brusquedad que le sacó el aire. —No saldrás de esta habitación sin mi permiso expreso y sin supervisión constante —sentenció Elio desde el umbral, su figura recortada contra la luz del pasillo—. Has demostrado que no se te puede confiar ni un cubierto de cocina sin que intentes destruir algo. Quédate aquí y trata de recuperar la cordura que pareces haber dejado en Roma. Lo último que Emilia vio, antes de que la pesada puerta de madera se cerrara con un golpe seco que resonó como una sentencia, fue el rostro de Elio encendido por un enojo frío y contenido, una mirada que le advertía que su libertad acababa de morir por segunda vez en su vida, y que esta vez, moverse mas alla de la habitacion, seria imposible.
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